Las últimas lluvias, combinadas con un viento huracanado, han arrancado nuestra higuera. Era un árbol antiguo, majestuoso, con la copa grande y el tronco lleno de cicatrices, de esos que parecen destinados a vivir para siempre.
Saber de su caída produce cierto asombro, como si las higueras centenarias, como las personas que amamos, nunca debieran morir. Y aunque no es el primer árbol que se desgaja por las inclemencias del tiempo, deja una sensación de tristeza y vacío.
Debe de ser que corren tiempos aciagos para la permanencia, ya sea de los árboles o de las ideas. Se espera que nos adaptemos a un mundo dinámico, fluido, casi inconsistente. Un mundo en el que cambiar de forma o de valores no es una opción, sino una seña de identidad, y nadie tiene que pensarlo demasiado o preocuparse por ello.
Tal vez así se expliquen sucesos tan poco comprensibles como la presencia de ciertos nombres en los archivos Epstein, esa recopilación de maldades que se ha ido publicando y que muestra una extraña mezcolanza de vínculos políticos e intelectuales de alto nivel con explotación sexual y corrupción.
Durante años, Jeffrey Epstein fue un anfitrión bien considerado, y en sus salones se encontraron representantes de la política internacional y las finanzas, pero también del pensamiento académico. Incluso después de su condena por abuso sexual en 2008 siguió manteniendo alianzas con universidades, financiando proyectos y organizando encuentros con científicos y escritores.
No podemos decir, por tanto, que su círculo, amplio y cosmopolita, estuviera compuesto solo de millonarios pervertidos, tecnócratas endiosados y miembros secundarios de la vieja realeza europea. De ahí que el escándalo no consista únicamente en lo que hizo, que ya es bastante, sino en a quién fue capaz de seducir.
De algunos de los implicados existían rumores, y de otros se pueden deducir motivaciones, redes e intereses. Pero luego se menciona a personas como Noam Chomsky, esos referentes que, al igual que los árboles centenarios, parecían hechos de una madera distinta, menos vulnerable al viento de las contradicciones… Y entonces la sala queda envuelta en el silencio.
Chomsky ha sido uno de los intelectuales más influyentes del último medio siglo, y su obra, un punto de referencia para quienes buscaban una crítica moral del poder. En su caso, la relación con Epstein no resulta problemática porque se le acuse de haber sido cómplice de ningún delito -no es el caso-, sino porque la autoridad moral se fundamenta en hechos más que en palabras, y relacionarse de forma cálida y continuada con un depredador sexual condenado, aceptar su intermediación financiera e incluso aconsejarle cuando las víctimas de sus atrocidades empezaban a clamar justicia, resulta profundamente incoherente con un perfil humanista como el suyo.
Será quizá que en determinados círculos la virtud resulta fácil de predicar pero difícil de mantener. Y cuando alguien que lleva toda la vida defendiendo la rectitud y la consistencia es invitado a salones donde la riqueza y la influencia sin límites están al alcance de la mano, incluso las convicciones más profundas empiezan a volverse relativas.
Tal vez entonces nuestro referente moral, que siempre ha desdeñado ciertas ideologías, siente algo nuevo en las entrañas. Es una sensación de urgencia, una codicia efervescente, como la de quien llega tarde a una fiesta y quiere compensar bebiéndoselo todo.
Cierra los ojos a la lógica de sus propias afirmaciones, dejándose llevar. No comprende en ese momento, aunque después le pasará factura, que la perversión moral que tanto ha perseguido adopta máscaras fascinantes, y que también él ha sido seducido sin remedio.
Así, Noam Chomsky reconoció que gracias a Epstein había tenido acceso a personalidades a las que sin su intermediación no habría podido llegar, calificando su amistad de valiosa y gratificante. A día de hoy, sin embargo, su esposa ha pedido perdón públicamente por esa relación, argumentando que fueron manipulados.
Y es que las muestras de estupefacción en el mundo cultural y académico no se han hecho esperar. Algunas han sido especialmente contundentes, como la de Vijay Prashad, amigo y coautor de dos libros con Chomsky, que ha criticado con dureza el vínculo, calificándolo de atroz e injustificable.
En estas situaciones surge a veces la famosa pregunta: ¿puede separarse al artista de su obra? De su obra, tal vez; pero lo que no puede disociarse es al hombre de su pensamiento. Porque no se trata solo de la solidez de nuestras ideas, sino de vivir conforme a ellas.
Poco a poco, la tormenta va amainando, aunque sus efectos perduran. Sabemos que el tiempo y el viento acaban por quebrarlo todo: a las higueras centenarias y a los seres humanos que admiramos. Pero cuando finalmente caen, cuando descubrimos que también estaban huecos, nos invade la consternación.
Porque hay cosas que son irreparables. Podemos plantar otra higuera, pero no enderezar la que ya se ha desplomado. Y lo mismo ocurre con la autoridad moral.