Ir al teatro es, en sí mismo, un ritual. Y no me refiero solo a sentarse en una butaca y mirar un escenario, sino a todo lo que sucede antes, durante y después.

La primera semana del Festival de Teatro de Málaga ha vuelto a recordárnoslo: el teatro no es consumo rápido ni entretenimiento pasivo; es una experiencia viva que se construye en tiempo real entre quienes están sobre el escenario y quienes lo habitan desde la platea.

Ir al teatro es salir de casa sabiendo que algo va a ocurrir ahí y ahora, solo una vez y de esa manera exacta. No hay repetición posible. El mismo espectáculo mañana será otro, porque otro será el público, otro el ánimo de los intérpretes y otro el aire que se respira.

Ahí reside una de sus mayores riquezas: el público no es un testigo silencioso, es una parte activa del hecho escénico. La energía que circula, las respiraciones compartidas, las risas que se adelantan o los silencios que pesan modifican la función.

​Durante la primera semana hemos visto propuestas muy diversas en lenguajes, tonos y estéticas, pero todas compartían algo esencial: la presencia. Esa presencia que hace imposible el aburrimiento cuando hay verdad.

Porque el teatro en vivo, cuando está bien hecho, no es aburrido; lo aburrido es la falta de riesgo, no el directo. En escena todo puede suceder, incluso el error, y esa posibilidad mantiene al espectador despierto, atento, implicado.

Hay un momento que para mí es fundamental en la liturgia teatral: el telón cerrado. Ese instante previo en el que las luces de la sala comienzan a bajar lentamente —no de golpe, como cuando apagamos el interruptor en casa—, sino de forma gradual, casi respetuosa.

La penumbra se instala poco a poco hasta llegar al apagón. Ese tránsito es clave: nos prepara. Nos separa del mundo cotidiano y nos dispone para entrar en otro plano de realidad; uno inventado, simbólico y profundamente humano.

Cuando la luz vuelve y el telón se abre —o cuando la escena aparece— ya no estamos en la misma realidad de antes. Hemos cruzado un umbral invisible. Esa es la magia del teatro: durante un tiempo acordado, aceptamos creer. Creer en historias que no son las nuestras y que, sin embargo, nos hablan directamente.

​El Festival de Teatro de Málaga ha reafirmado algo esencial: el teatro sigue siendo un espacio de encuentro, de pensamiento y de emoción compartida. Un lugar al que no se va solo a ver, sino a vivir. Y salir del teatro es volver al mundo con algo más dentro, aunque no sepamos explicarlo del todo. Eso, precisamente eso, es el ritual.