Tengo una amiga que lleva los últimos años de su vida dedicada a la exploración de su mundo interior. Dedica dos horas todas las mañanas a meditar y conectarse con la fuente y su objetivo máximo vital es su crecimiento interior.

Hace unos días quedamos para comer y mientras me relataba estar en su mejor momento y haber encontrado el equilibrio, le dio tiempo para coger el teléfono y gritar a uno de sus empleados y para perder la paciencia con el camarero que nos atendía porque el agua que trajo era sin gas. Automáticamente, después de estos desagradables episodios, continuaba explicándome cómo ya no siente culpa, es fiel a sí misma y está en su mejor momento.

La escena, que podría parecer anecdótica, es en realidad profundamente reveladora. No por mi amiga, que es solo un ejemplo, sino por lo que dice de nosotros como sociedad. Hemos convertido la autoayuda en un refugio cómodo desde el que mirarnos el ombligo mientras el mundo se vuelve cada vez más áspero, y además lo hemos hecho con una llamativa falta de pudor.

Nunca antes hubo tantas personas volcadas en trabajarse, sanarse o alinearse. Nunca se habló tanto de autocuidado, energía y bienestar emocional. Y, sin embargo, nunca pareció tan asumida la falta de empatía cotidiana, la brusquedad normalizada, el desprecio al otro cuando estorba mínimamente nuestro equilibrio personal.

La industria del crecimiento personal ha logrado algo muy rentable: desplazar el foco de lo colectivo a lo individual. Si algo no funciona, el problema está dentro de uno mismo. No se ha hecho suficiente trabajo interior, no se ha sanado lo necesario. El sistema, las condiciones materiales, las relaciones de poder o la desigualdad desaparecen del análisis.

Así, la culpa se disuelve, pero no en un ejercicio de madurez, sino de irresponsabilidad. Ya no se siente culpa, y se nota. Pero quizá la culpa, bien entendida, no siempre sea el enemigo. A veces es la señal incómoda de que nuestras acciones tienen consecuencias sobre otros.

El problema no es meditar ni cuidarse. El problema es utilizar todo eso como coartada moral. Como si mirarse por dentro eximiera de mirar alrededor. Como si el trabajo interior sustituyera al trabajo ético. Como si el equilibrio personal justificara el desequilibrio que provocamos fuera.

Hemos confundido paz interior con anestesia, serenidad con indiferencia, autenticidad con egoísmo. Todo envuelto en un lenguaje amable que sirve, en la práctica, para no hacerse cargo de nada que incomode.

Pagamos la cuenta y salimos del restaurante. Mi amiga se despidió con un abrazo profundo y sincero y se alejó caminando despacio, auriculares puestos. Yo me quedé unos segundos viéndola perderse entre la gente y, mientras retomaba mi camino, pensé que si la autoayuda sirve para sentirnos mejor sin tratar mejor a los demás, quizá no estemos arreglando nada. Solo aprendiendo a vivir más cómodos en un mundo un poco peor.