Filiarcado es un neologismo que acuñó el Dr. Enrique Rojas Montes, un reconocido médico psiquiatra y escritor español. En algunas de sus obras, este autor usó este término para describir un fenómeno social contemporáneo, que no es otro que la inversión progresiva de los roles de poder dentro de la familia.

No se trata de una ocurrencia semántica, ni de un concepto exagerado. El filiarcado es hoy una realidad palpable en muchos hogares y, muy especialmente, en la relación entre los padres y el colegio de sus hijos. Lo afirmo no desde la teoría, sino desde la experiencia directa, tanto en mi rol de profesor de Secundaria y Bachillerato como de líder del grupo Novaschool.

He vivido en primera persona situaciones que ilustran con realismo este fenómeno. Me refiero a casos en los que un alumno de Secundaria, ante la exigencia académica razonable de su centro escolar (a través de sus profesores), o bien ante una llamada de atención por un mal comportamiento, se refugia inmediatamente en sus padres, construye su propio relato «película» y, lo más preocupante de todo, los padres se lo creen a pies juntillas, sin el menor filtro.

El guion suele ser siempre el mismo. El alumno vuelve a casa con una versión de los hechos cuidadosamente narrada, donde él o ella aparece como víctima de una supuesta exigencia desmedida, incomprensión de su profesor o lo que considera un trato injusto o agravio comparativo, etc.

El mensaje que quiere trasladar a sus padres no es otro que el profesor le exige demasiado, que no le entiende y no valora su esfuerzo; vaya, que le tiene manía. Y los padres, lejos de relativizar en primera instancia y contrastar con su tutor lo ocurrido, lo primero que hacen es comprarse el relato completo y, lo peor, activan junto a su hijo o hija una defensa cerrada e incondicional que lo empodera aún más, si cabe.

Los padres, en ese caso, no entran en hacerles preguntas incómodas al relator (su hijo o hija) y, mucho menos, lo conducen hacia la autocrítica. Solo una certeza inamovible: «Mi hijo o hija tiene razón y nunca miente». Esto último lo he escuchado de labios de algunos padres y madres y, déjenme decir que, llegados a este punto, el amor a nuestros hijos verdaderamente nos ciega.

Claro que si se parte de una premisa errónea —que su hijo o hija nunca miente—, es ahí cuando el relato del hijo o la hija se convierte en verdad absoluta e incuestionable; ergo, el padre o madre renuncia a su función crítica, mediadora y educativa. En efecto, defender a un hijo no consiste en darle siempre la razón, más bien consiste en ayudarle a entender la realidad, incluso cuando no le resulta favorable.

Se empieza a escuchar con demasiada frecuencia en algunos padres el argumento de que «se le exige demasiado» a sus hijos en el colegio. Conviene decirlo con claridad: en la etapa de ESO, la exigencia académica está graduada, medida y diseñada con rigor pedagógico. No es arbitraria ni caprichosa.

Responde a un proceso progresivo, cuyo objetivo no es otro que el alumno aterrice en el Bachillerato o elija un itinerario profesional, y en esas etapas cuente con las competencias, los hábitos de trabajo y los conocimientos necesarios. Rebajar esa exigencia por presión familiar o por miedo al conflicto es pan para hoy y un serio problema para mañana.

He observado cómo algunos padres y madres se sitúan frontalmente del lado de sus hijos, incluso por encima de sus profesores, cuestionando su criterio, su metodología y, en ocasiones, su profesionalidad.

En esos casos —por suerte, una minoría— se olvida algo esencial: los docentes no son adversarios del alumnado, sino sus aliados naturales; además, suelen acumular años de experiencia gestionando aulas, adolescentes y ejecutando en primera persona el proceso enseñanza-aprendizaje.

Cuando un alumno aprende que basta con refugiarse en casa, adornar el relato y encontrar respaldo incondicional, el aprendizaje va en la dirección contraria, ya que el menor interioriza que no necesita asumir responsabilidades, que no necesita esforzarse más y que no necesita aceptar errores. Siempre tendrá a sus padres de su lado para desautorizar al profesor, que es un adulto incómodo para el menor. A esta situación no se le puede llamar educación, más bien, lo contrario.

Los padres deberían confiar ciegamente en los profesores, que son una autoridad en su desempeño y así lo recoge la ley. Claro que los docentes somos humanos y podemos equivocarnos, pero son equivocaciones que entran dentro de lo permisible. Quiero hacer una salvedad sobre lo de «ciegamente»: la experiencia docente no se improvisa, ya que los equipos educativos saben perfectamente qué exigir, cuándo hacerlo y por qué. Nadie exige por placer ni por sadismo académico. Se exige porque educar y formar es la razón de ser del profesorado.

Cuando los padres desacreditan al profesor delante de sus hijos, rompen uno de los pilares básicos del sistema educativo, que no es otro que la confianza entre familia y escuela. Y esa ruptura tiene consecuencias nefastas para el alumno, al perder este sus referentes, que son sus profesores y, de paso, se relativiza la autoridad de estos.

El filiarcado nace en el seno de las familias en las que los padres ejercen una sobreprotección mal entendida. Los padres y madres confunden querer el bien de sus hijos con evitarles, como sea, cualquier frustración. Pero la vida no funciona así. El menor debe aprender a gestionar la frustración cuanto antes, pues cuanto más tarde, más doloroso le resultará el aprendizaje.

No estoy desde aquí invocando volver a sistemas educativos de corte autoritario. Se trata de recuperar el equilibrio entre escuchar a los hijos, acompañarlos y apoyarlos, por supuesto, sin abdicar de la responsabilidad adulta ni desautorizar a quienes, junto a la familia, tienen la compleja tarea de educarlos.

Educar a un hijo es un acto de amor, pero también un acto de responsabilidad. Y esa responsabilidad es de los padres, en colaboración estrecha con los profesores.