Cada día nos llegan decenas —a veces cientos— de cosas que deberíamos leer, escuchar o ver: pódcast sobre inteligencia artificial, artículos sobre liderazgo, vídeos sobre neurociencia aplicada al rendimiento, charlas TED sobre cómo ser más productivos, entrevistas a gurús de la inversión o de la felicidad. Todo interesantísimo. Todo urgente. Todo imposible.

Y ahí estamos, a tope de power. Haciendo ejercicio con los auriculares puestos para escuchar una entrevista que “no te puedes perder”. Cocinando mientras otro experto te explica las claves del futuro laboral. Aprovechando el trayecto al trabajo para avanzar en un pódcast sobre neurociencia aplicada a la toma de decisiones o mejorando tu listening con algún mix de todo lo anterior, pero en inglés.

Y cuando por fin te sientas en el sofá por la noche, exhausta, llega tu momento favorito del día: repasar todos los links etiquetados para leer más tarde.

Solo que ese “más tarde” suele ser nunca.

Entonces aparece la culpa. Esa voz que dice: “Deberías estar más al día. Te estás quedando atrás”.

Y la otra, más sarcástica, que añade: “Seguro que justo en ese pódcast estaba la clave para entender el futuro de la humanidad, o al menos para seguir la conversación en la próxima comida de trabajo”.

Según la Universidad de California, cada persona recibe de media 34 gigabytes de información al día. Es decir, lo mismo que ocho temporadas completas de Juego de tronos. Pero en lugar de dragones y Targaryen, son datos, titulares, audios y frases inspiracionales.

El problema no es la información, sino nuestra incapacidad para digerirla.

Consumimos sin procesar. Leemos sin reflexionar. Escuchamos sin pensar.

Queremos estar informados, actualizados, preparados. Pero lo único que logramos es acumular sin comprender.

Nos hemos convertido en coleccionistas de conocimiento que nunca llegamos a abrir.

Como decía el sociólogo Zygmunt Bauman, “vivimos en una modernidad líquida”: todo fluye tan deprisa que no da tiempo a asentarse. Y eso incluye las ideas.

KOFOMO: el primo intelectual del FOMO

A este fenómeno yo lo llamo KOFOMO (Knowledge Fear Of Missing Out): el miedo a quedarte fuera del conocimiento, a no enterarte, a no saber de qué se habla.

Porque si el FOMO era el miedo a perderte una fiesta, evento o quedada social importante, el KOFOMO es el miedo a perderte el pie de página de un paper, el pódcast con las claves tecnológicas de mañana o el documental que lo explica todo sobre el último conflicto internacional.

Y lo peor es que el exceso de información no nos vuelve más sabios, sino más dispersos. Apenas recordamos dos o tres ideas de cada pódcast o artículo. Lo demás se evapora en cuanto llega la siguiente notificación.

Nuestro cerebro está tan ocupado intentando absorber conocimiento que ha dejado de generar pensamiento. Al menos así lo siento algunos días.

Y eso se nota en cosas cotidianas:

  • En la cena familiar, donde citas al autor de un libro o al actor de una película cuyo nombre no recuerdas.

  • En el grupo del cole, donde circulan artículos sobre crianza consciente y memes de “cómo lograr el equilibrio perfecto”, mientras tú solo querías saber a qué hora es la excursión.

  • O en X (la antigua Twitter), donde hay que revisar las polémicas del día para poder entender las conversaciones de mañana.


Sabemos un poco de todo, pero reflexionamos bastante poco sobre algo concreto.

Por eso yo reivindico el lujo de no saberlo todo, de no estar al día.

Quizá lo verdaderamente revolucionario hoy no sea saber más, sino pensar mejor. Hacer menos clics, pero más pausas. Y leer menos artículos, pero dejar que alguno te cambie.

No se trata de renunciar a la curiosidad, sino de reivindicar el derecho a no estar al día. El lujo de no saberlo todo. A aceptar que no pasa nada por no saber qué dijo el experto del momento, ni por no haber escuchado el último pódcast de liderazgo empático.

He hecho las paces con que no voy a estar al día de todo. Y curiosamente, desde que lo acepté, me acuerdo mejor de las cosas.

Quizá ese sea el secreto: menos streaming mental y más pensamiento en diferido. O, como diría Bauman, menos líquido y más sólido.

Bueno, eso… y seguir cotilleando un poco en X, que tampoco somos de piedra.