Es sorprendente el número de veces que leemos, a lo largo del día y en cualquiera de las redes sociales que utilicemos, algún tipo de situación en la que la persona que escribe la publicación, reel o tuit, dependerá de la red social, ha sido víctima de algún tipo de injusticia.
Podemos pensar, y con razón, que antes no teníamos estos canales de comunicación colectiva. Podríamos pensar así. También podríamos pensar que la emoción ha terminado por imponer unas reglas del juego en las que, lejos de ser diálogo con el mundo que nos rodea y acoge, ha terminado por imponer una agenda profundamente individualista y egocéntrica por obra y gracia del tecnocapitalismo. Es aquello que garantiza que el mundo sea Yo y sólo Yo.
Esta situación de victimización de la experiencia de la vida siempre depende de lo subjetivo y está muy ligada a la exageración emocional tan propia de este tiempo, esos estados nerviosos que han terminado por devorar casi todo.
Todo es tan grandilocuente que apenas encontramos espacio para la respiración del pensar reflexivo y crítico, espacio para dudar de aquello que estoy leyendo y sobre lo que me tengo que posicionar de manera inmediata porque, en caso contrario, me puedo convertir en sospechoso de no apoyar esa intensificación de la vida cotidiana. Con todo lo que implica, en nuestro tiempo, despertar algún tipo de sospecha. Rápidamente, te colocan en el bando que mejor le venga a cada cual.
Me resulta muy curioso todo lo que está sucediendo en torno a la respuesta desproporcionada a situaciones que encontramos en la vida adulta. Cualquier incidente o fricción en lo cotidiano se convierte en un ataque personal que, además, se debe contar rápidamente en redes sociales para sentir que se está vivo.
Ya sabemos aquello de la dopamina y los likes. Situaciones de la vida adulta que pueden ir desde perder un trabajo hasta un cobro indebido en la tarjeta de crédito. Es cierto que, en algunas ocasiones, y con el tono adecuado, mesurado, las redes sociales pueden agilizar procesos que, de otra manera, tardarían más tiempo en resolverse, pero no estoy abordando este tipo de situaciones.
Abordo esos contextos de emoción hiperbólica en los que adultos muestran un patrón de comportamiento infantil, en los que no asumen responsabilidad alguna en la situación acontecida y que, además, exigen la adhesión inmediata de otros y otras en su proceso de victimización constante.
La cosa da miedo: no sólo se renuncia a la profundidad que todo discurso humano solicita, sino que cancelamos la posibilidad de conocer la otra versión. Porque siempre hay otra versión. De hecho, el contexto real suele estar a medio camino entre ambas posturas. Quienes estamos en esto de la vida real lo sabemos.
Hace no mucho le comentaba a un buen amigo sobre un tuit que leí de una profesional que describía el fin de la relación con la empresa en la que trabajaba, un tuit escrito de manera muy épica, en el que solicitaba a sus seguidores – qué palabro- que compartieran por todos los medios posibles su situación. Mi amigo me preguntó por aquello que yo había hecho. Le dije, con total normalidad, que había compartido esta publicación. Él levantó la ceja y me preguntó por qué creí, sin conceder espacio a la duda, aquello que esta señora contaba. Me quedé sin respuesta. Y, créanme, no es fácil dejarme sin respuesta.
El resto de la noche la pasamos conversando sobre todos estos aspectos mencionados, sobre esa renuncia deliberada a la complejidad que toda situación incómoda solicita. Regresé a casa con cierto cargo de conciencia y con una idea que todavía baila en mi cabeza: Si todo el mundo termina por ser víctima de alguien, o de algo, a la hora de interpretar situaciones que forman parte de nuestras vidas de adultos – rupturas sentimentales, pérdidas de trabajo, enfermedades-, entonces: ¿dónde están los verdugos?