Era un atardecer de primavera cuando el joven profesor, tras cerrar su libro de historia, se dirigió a su clase con una mirada que desbordaba inquietud. No venía a hablar de guerras ni de tratados internacionales, sino de algo mucho más antiguo y, al mismo tiempo, más actual de lo que sus alumnos podían imaginar.

Escribió una sola palabra en la pizarra: Bushido. Algunos estudiantes fruncieron el ceño; otros miraron con desinterés. "Hoy vamos a hablar de honor, cortesía y compromiso", anunció y, de pronto, el silencio se hizo.

El Bushido, el código de los antiguos samuráis japoneses, no es un libro de leyes ni una colección de normas escritas. Es una filosofía de vida basada en siete virtudes: justicia, valor, benevolencia, respeto, sinceridad, honor y lealtad.

Durante siglos, guio la conducta de hombres de espada, pero también de hombres de palabra. Era un marco ético que elevaba la responsabilidad individual al nivel de arte moral.

¿Puede algo tan aparentemente lejano como el Bushido inspirar una democracia moderna y avanzada? La respuesta, aunque sorprenda, es sí.

Porque una democracia no se sostiene solo sobre leyes e instituciones, sino sobre la calidad humana de sus ciudadanos. Y en un tiempo en el que la inmediatez, la polarización y el egoísmo erosionan los pilares del civismo, recuperar el sentido profundo del respeto, el compromiso con la verdad, el autocontrol y el servicio a la comunidad no es una excentricidad, sino una necesidad.

Nuestra sociedad ha puesto demasiado el foco en los derechos, y demasiado poco en los deberes. Se reivindica la libertad sin exigir la responsabilidad, se exige respeto sin practicarlo, se espera justicia sin implicarse en su construcción.

En este contexto, los antiguos códigos de honor, como el Bushido, nos recuerdan que no puede haber democracia sana sin ciudadanos nobles y que no puede haber justicia sin personas justas.

Para que una democracia sea verdaderamente avanzada, su base debe ser una ciudadanía educada en valores. Y esa educación no empieza en las urnas ni en los parlamentos, sino en las aulas, en las familias, en las conversaciones cotidianas y en los ejemplos que dan los políticos a la sociedad civil y la que los adultos damos a los más jóvenes.

No se trata de imitar rituales del pasado ni de idealizar culturas ajenas, sino de redescubrir principios universales que hemos descuidado.

El civismo, la honestidad, la cortesía, la valentía moral, la lealtad al bien común. Todas y cada una de ellas siguen siendo las columnas invisibles que sostienen la democracia y le permite evolucionar y mejorar.

Una sociedad civil avanzada no se mide solo por su prosperidad, sino por su decencia compartida. Y esa decencia se construye, día a día, con ciudadanos responsables, respetuosos, comprometidos y éticos.

El coraje cívico es la base de cualquier transformación real, para ello, es imprescindible defender lo correcto incluso cuando no sea popular o políticamente correcto.

Una ciudadanía que se guíe por el interés general por encima del interés individual o partidista, ayudará sin duda a fortalecer las instituciones democráticas.

La importancia de las formas y la calidad de la convivencia

En una época donde la inmediatez ha relegado a la reflexión y el ruido ha sustituido al diálogo, conviene recordar una verdad tan simple como poderosa: las formas importan.

No son un simple ornamento social, ni una herencia protocolaria sin valor. Las formas son la arquitectura del respeto. Son el modo en que canalizamos nuestras diferencias, gestionamos los desacuerdos y reconocemos la dignidad del otro, incluso cuando no compartimos sus ideas.

En una sociedad compleja y plural como la nuestra, donde conviven personas de distintos orígenes, pensamientos, creencias y formas de vida, la armonía no se impone: se construye. Y esa construcción empieza en lo cotidiano: en cómo saludamos, en cómo escuchamos, en cómo disentimos sin ofender, en cómo convivimos sin imponernos.

Por eso, fomentar la cortesía y el civismo no es un lujo conservador, sino una necesidad profundamente moderna y una obligación que nos deberíamos imponer.

Una convivencia de calidad es el verdadero cimiento del progreso. Sin ella, no hay debate democrático posible, no hay educación que eche raíces, no hay justicia que sea sentida como legítima. Y para que esa convivencia sea fértil, debe basarse en una ciudadanía formada no solo en conocimientos técnicos, sino también en habilidades cívicas.

En este sentido, la formación para el pensamiento crítico, el diálogo y la participación se convierte en el gran antídoto frente a la manipulación emocional y la superficialidad de ciertos discursos.

Nos hace más libres porque nos permite discernir. Nos hace más responsables porque nos exige argumentar. Y nos hace más justos, porque nos conecta con la experiencia del otro sin necesidad de imponerle la nuestra.

Cuando una sociedad prioriza el grito sobre la palabra, el insulto sobre el razonamiento o la humillación sobre la escucha, se rompe el tejido invisible que nos une: el de la confianza mutua y el reconocimiento recíproco.

Por eso, insistir en el valor de la cortesía, del respeto en el trato, del cuidado de las formas, no es mirar al pasado con nostalgia, sino mirar al futuro con visión.

Solo una sociedad que se habla con respeto puede pensar con libertad. Solo una ciudadanía con criterio puede defenderse de la manipulación. Solo una convivencia basada en el civismo puede sostener una democracia digna de ese nombre.

Y tal vez por eso, más que nunca, las formas no son secundarias. Son el fondo con otro nombre.

Porque no se construye un país mejor solo con leyes más justas, sino con personas más éticas. Y en eso, el Bushido, como otros códigos antiguos de conducta, puede ser una luz en la penumbra del desencanto.

Tal vez haya llegado el momento de forjar una nueva espada, no de acero, sino de valores. Y de enseñar a los jóvenes que la verdadera modernidad no está en la tecnología que manejamos, sino en la nobleza con la que debemos convivir.