Qué sucede cuando nombramos la realidad. Cuando ponemos nombre a las cosas. A lo que nos sucede y a lo que sucede. Realidades distintas que solicitan lenguajes distintos.
Pienso, por ejemplo, en ese instante en el que dos mundos son nombrados en simultáneo y que nacen, en paralelo, a la luz de la vida, planetas que convivirán bajo el amparo de un único sol posible.
Pienso, por ejemplo, cuando una hija te nombra por vez primera: “Mamá”. Ya eres otra, en otro mundo, no hay escapatoria, peaje ni atajo. Cuando una hija te nombra, por vez primera, en realidad, está creando un mundo nuevo deslumbrante, solar. Hermoso. Los hijos nos construyen castillos en los que poder protegernos de la intemperie. Nos dan la vida. La nombran.
Este texto comenzó a gestarse en la calle Mesones, en una madrugada granaína. Entonces no sabía que estaba siendo escrito, tampoco supe que la llama primera la prendió el escritor Jesús Montiel mientras conversábamos sobre nuestros hijos y fracasos, sobre la importancia de la travesía y la trascendencia de la herida; sobre léxicos familiares y la levedad de las personas cobardes que desaparecen cuando nos atrevemos a abrir la boca para soplar sobre su memoria.
Montiel escribe cosas como esta: “El rostro de la gente que desconfía se parece a un lago en el que ha caído un pájaro muerto por un disparo”. Caminar junto a su cuerpo es comprender la poesía que arde en él, la lucha por ocupar un lugar en el mundo que se entienda desde la talla de la bondad y la belleza, sin ceder espacio alguno a la docilidad de la crueldad. “Las palabras son piedras pero fueron pájaros”.
Decía que siquiera intuía que este texto estaba siendo escrito. Conforme la semana pasaba, con sus prisas y bailes, con sus destierros y renuncias, el texto era y estaba porque había sido nombrado y hay cuestiones, como personas, que están a todas horas y en todas partes. Son inevitables. El texto era conocedor de la partitura, la misma que Pablo García Casado ha llevado a poesía implacable en ‘Cada uno es mucha gente’ (Visor, 2025), libro que se comprende desde un feroz ejercicio de intimidad que le permite elaborar una voz coral que arroja sobre este presente y del que surge una sospecha, una certeza y un misterio.
La sospecha: nos estamos equivocando con las palabras que elegimos para nombrarnos. La certeza: los hijos son hallazgo y conquista. El misterio: el único posible, el del amor.
Pudiera parecer que el lenguaje nos fuera dado por la verdad de los tiempos. El lenguaje es cosa de valientes, por eso el mediocre lo utiliza para generar cortinas de ruido, vía de agua. Para mentir y deformar.
Hay que ser muy audaz para nombrar según qué mundos y a las personas que los habitan. Damos por hecho el milagro del lenguaje. Tras cada palabra hay una luz que espera ser mirada. Qué cosa tan hermosa. El lenguaje es el hogar de lo posible.
Pero decía que este texto estaba siendo escrito. Viajó a través de distintas geografías, de la mano de diversos nombres de hombre que son llave y desafío para este tiempo, que se piensan desde el amor y la ternura, desde el cuidado a los hijos.
Capaces de entregarse al miedo de la vida, el mismo que nos deja desnudos cuando la mano de un hijo coge la tuya. Desde ese instante ya sabes que nunca más podrás estar solo. Y así ha de ser porque hay personas que, como el amor, están a todas horas y en todas partes.