En mi anterior columna elogiaba el silencio y, aún a riesgo de parecer persona de criterio pendular, me permitiré en esta defender que el silencio debe tener unos límites. Espero que al final de la lectura sepan apreciar que no hay contradicción entre lo uno y lo otro.
La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann presentó a finales de los setenta lo que ella llamaba la “espiral del silencio”. En pocas palabras: callar por miedo al rechazo. Inaceptable. El poder de lo políticamente correcto sobre nuestro criterio y nuestra capacidad de expresarlo. La aversión a resultar impopular o simplemente controvertidos. Que nadie pueda poner el foco sobre nuestras opiniones si estas se salen del tiesto. La autocensura en definitiva.
Hemos aceptado que hay temas intocables para no incomodar a nadie. Es más, consideramos no tocar esos temas un signo de educación. Lo que es educado es saber tratarlos de forma correcta, sin molestar a nadie, sin resultar agresivos, ni displicentes, ni perdonavidas.
La práctica del silencio refuerza la percepción de que existe una opinión dominante. Podemos hacer alusión a la “mayoría silenciosa”, pero reconozcamos que en nuestro mundo lo que no se expresa no existe.
Hablamos de incluir la diversidad, de políticas de diversidad. Étnica, cultural, religiosa, sexual, biológica… Mientras no sea de opinión cualquier diversidad es buena.
El matemático Adrián Paenza nos lo explica en su conferencia “El placer de tener un problema no resuelto en la cabeza”. Nos pasamos los primeros 12 meses de la vida de un hijo enseñándole a hablar y a caminar y los siguientes 12 años esperando que se quede quieto y callado.
Igual que decimos que queremos que todo el mundo desarrolle un criterio propio, pero esperamos que luego no lo comuniquen. No vaya a ser inadecuado, imprudente, revolucionario.
Da por otra parte igual lo que se diga. No se refutan las opiniones. Se aplica la descalificación “ad hominem”. Ninguna opinión de quien no sea de los míos es digna de consideración. Porque los que no son los míos son los enemigos y el enemigo es despreciable en sí mismo. En España ya sólo quedamos rojos o fascistas.
Eso nos lleva a la cultura de la cancelación. Su ejemplo más actual es el caso de Karla Sofía Gascón y sus tweets antiguos. Presentamos la Santa Inquisición o la cultura del puritanismo como algo rechazable, pero se hacen presentes a diario a través de corifeos de lo políticamente correcto (obviamente alineado con la cultura woke) que se presentan como moralmente superiores sin ningún complejo.
ESIC me permitió durante 5 cursos ser profesor de Espíritu Crítico. El objetivo era que jóvenes entre 18 y 21 años fuesen capaces de construir su propio criterio, ampliando sus fuentes de información, huyendo de los prejuicios previamente construidos, escuchando opiniones muy diversas, siendo coherentes y honestos, sabiendo defender esos criterios y convencer a otros huyendo de la manipulación. Imposible lograrlo desde el silencio.
En esas clases usaba una Carta de Ortega y Gasset. Para los niños españoles. Escrita en 1928. Si este artículo los lleva a leerla ya habrá sido de utilidad. Por si no los lleva a ello les dejo tres perlas. “No hagáis nunca caso de lo que la gente opina. La gente es toda una muchedumbre que os rodea -en vuestra casa, en la escuela, en la Universidad, en la tertulia de amigos, en el Parlamento, en el círculo, en los periódicos. Fijaos y advertiréis que esa gente no sabe nunca por qué dice lo que dice, no prueba sus opiniones, juzga por pasión, no por razón.”
“No os dejéis jamás contagiar por la opinión ajena. Procurad convenceros, huid de contagios. El alma que piensa, siente y quiere por contagio es un alma vil, sin vigor propio”.
“En toda lucha de ideas o de sentimientos, cuando veáis que de una parte combaten muchos y de otra pocos, sospechad que la razón está en estos últimos. Noblemente prestad vuestro auxilio a los que son menos contra los que son más”.
Expresemos pues abiertamente lo que pensamos. No sólo cuando estamos en nuestra “tribu”. Enriquezcamos la sociedad y recuperemos la capacidad de disentir educadamente. No aceptemos otros límites que los de la educación. Huyamos del adoctrinamiento y del adocenamiento.