Anda casi todo el mundo sorprendido por las malas formas y pésima educación de la cúpula que, gracias a las elecciones democráticas, gobierna desde mediados de enero los Estados Unidos de América. No hay nada que objetar a la decisión soberana del pueblo norteamericano, por supuesto, pero la crudeza de los mensajes, la soberbia, la ramplonería y el autoritarismo parecen demostrar que los peores augurios con respecto al renovado mandato de Donald Trump se pueden quedar cortos.
A estas alturas la grosería no puede ser noticia, pero sí que lo es la tremenda falta de compasión de la que hacen gala unos dirigentes dispuestos a jugar con la suerte de millones de personas sin pestañear, sin dejar de celebrar con sus familias la comida tradicional del Día de Acción de Gracias, sin mostrar la mínima empatía exigible hacia el resto del mundo, sobre todo hacia los más débiles de ese resto del mundo que les parece despreciable y superfluo.
La humillación al presidente de Ucrania en sede institucional -nada menos que en el sacrosanto Despacho Oval- ha supuesto la caída del caballo que ya pocos necesitaban para su definitiva conversión paulina. Las redes que aún sigo -me di de baja en X hace meses- se han llenado de mensajes lastimeros y de ilustraciones de apoyo a Ucrania, que podría correr un destino similar al de Polonia tras el pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939.
The Atlantic, una revista estadounidense que merece la suscripción de 80 dólares al año, ha publicado varios artículos sobre lo que estamos presenciando desde nuestros cómodos sofás en este recién iniciado 2025. En uno de ellos leí la frase que da título a este artículo: parece que se ha impuesto esa lógica del siglo XIX según la cual el más fuerte hace lo correcto.
Sin embargo, cualquier paralelismo con tiempos pasados, sea el declive del imperio romano, sea la situación mundial en los años 30 del siglo XX, debe ser tomada con precaución. Como nos advierte Santiago Gerchunoff en un librito más que recomendable (Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo, publicado por Anagrama), ni es correcto abusar del calificativo de “fascista”, ni es adecuado recurrir a esa concepción profética de la Historia según la cual ciertos episodios del pasado tendrían un paralelismo en el presente. Cuidado con los atajos y los simplismos.
Es cierto que el listado de medidas impulsadas desde la administración Trump pone los pelos de punta a los verdaderos creyentes de ese sistema imperfecto llamado democracia: amenazas de deportaciones masivas, desmantelamiento de las estructuras profesionales gubernamentales, abandono de agencias internacionales, liquidación de la cooperación al desarrollo, apoyo incondicional a líderes tan dañinos para el orden internacional y los derechos humanos como Putin o Netanyahu. La difusión de un video en el que la inteligencia artificial mostraba la conversión de los restos de la Franja de Gaza en un resort de lujo es otra de las perlas ensangrentadas con las que nos ha golpeado ese grotesco promotor inmobiliario que ejerce de 47º presidente de los todopoderosos Estados Unidos de América.
No es nada personal, son sólo negocios. La frase mítica de El Padrino parece estar en el frontispicio de la política exterior norteamericana, en vez de aquel clásico “conócete a ti mismo” del frontispicio del templo de Apolo en Delfos. Pero nadie conoce a nadie, no hasta ese punto (nobody knows nobody, not so far), como nos enseñaron los hermanos Coen en Muerte entre las flores, y en estos momentos una parte importante de la humanidad informada y sensible se pregunta hasta dónde llegarán los ocupantes de la Casa Blanca, y también qué se puede hacer, más allá de abandonar una red social o dar la cara en grupos de wasap dominados por la intransigencia extremista.
Hay algunos movimientos en marcha. La ciudadanía puede expresarse a través de la política, que no sólo incluye votar: también asistir a manifestaciones, o firmar manifiestos, o militar en asociaciones independientes que planten cara a los desmanes arbitrarios del poder. Pero también está la opción de los consumidores, que con sus pequeñas decisiones de gasto pueden lanzar señales nítidas sobre lo que quieren y detestan.
En los Estados Unidos, miles de personas se están sumando a todo tipo de organizaciones humanitarias de la sociedad civil para apoyar a sus semejantes, a vecinos y desconocidos amenazados por la deportación o el despido.
Asimismo, en toda Europa se han desplomado las ventas de Tesla, cuyo famoso y fogoso propietario, padre de 14 hijos con 4 parejas diferentes, se parece cada vez más al Dr. Strangelove, aquella criatura de la obra maestra de Kubrick (Teléfono rojo, volamos hacia Moscú) que en plena amenaza de apocalipsis nuclear proponía una salvación selectiva (científicos inteligentes y una buena cabaña de mujeres atractivas para procrear con ellas) que es hoy el sueño húmedo de la banda tecnofeudalista que domina Silicon Valley.
Sí, yo también cancelé mi suscripción del Washington Post mucho antes de que Bezos interviniera en su sección de opinión para dictar nuevas instrucciones y mostrar apoyo al gobierno. La democracia muere en la oscuridad era el lema del Post, hoy mancillado por el servilismo cobarde de su propietario.
No, nunca tuve cuenta en Amazon, prefiero el comercio local. También he decidido apoyar el periodismo veraz con algunas suscripciones, colaborar con campañas humanitarias, contribuir desde mi pequeño y seguro rincón del mundo a la legítima resistencia civil contra lo que considero una amenaza cierta que va a esparcir sin compasión ni piedad demasiado dolor y sufrimiento por este mundo que habito.
Pero soy muy consciente de que no es suficiente, de que no lo será, y me pregunto hasta dónde estaré dispuesto a llegar, cuánta comodidad estoy dispuesto a sacrificar para intentar detener o amortiguar lo que se nos viene encima. Ya lo dijo Ferlosio: vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Pero no con mi complicidad, no en mi nombre.