No me puedo creer lo que aceleradamente está sucediendo sin la necesaria reflexión. Aún no entiendo cómo las élites a la cabeza de la UE están empeñadas en estrellarse contra la lógica, la cultura y el deseo de sus poblaciones. La gente quiere paz y el retorno a la diplomacia. La gente no quiere ver muerte, ni sufrimiento, ni miseria, ni inversiones millonarias en endeudarnos para comprar armas que no tenemos y emplearlas en conflictos que no deseamos.

Me he preguntado dónde se perdió el hilo. Cuándo la política se puso por delante de los valores, en su época la fe. Enrique VIII de Inglaterra fue el primero. Les costó la cabeza a todos los disidentes incluido Tomás Moro.

Tengo muy claro que nuestra suerte cambió el día que un hugonote navarro de Pau, otro Enrique, dijo que París bien valía una misa. El día que aquella dinastía capaz por ambición y poder, por avaricia, cambió de credo, si llegaba a España nos hundiría.

Fernando VII, el más inútil de nuestros monarcas, no fue el primero, solo el peor de su estirpe en Hispania. Pudo irse a América, como el rey de Portugal se fue a Brasil y dejó a su hijo, a la vuelta, de emperador de un Brasil independizado de buenas sin que los anglos lo hicieran trozos.

Sanmartín, tras su encuentro en Guayaquil con Bolívar, en el que se dan cuenta de que son instrumentos de Inglaterra y sus logias, escribe al Rey para organizar una Monarquía constitucional en Hispanoamérica, pero el felón no hace ni caso.

Antes, el mejor alcalde de Madrid y uno de los peores reyes de Hispania, Carlos III, convenientemente persuadido, expulsa a los Jesuitas, que no creían que la política estuviera por encima de los valores, que se habían dejado la vida en la Contrarreforma para afianzar los valores de nuestra ética frente al protestantismo, que no se doblaban y que habían extendido entre la gente, de cientos de razas y pueblos, la convicción acuñada en Salamanca y promovida por Francisco Suárez de que el rey es rey porque el pueblo, que es el soberano, le cede el poder, pero si no gobierna bien, y deviene tirano, se le puede quitar la corona y hasta la vida.

Nadie quería una guerra en Iraq, las calles se llenaron de jóvenes de toda ideología manifestándose en contra. Nos habían enseñado que nosotros no quitamos la vida. Tras casi mil asesinatos terroristas de ETA, nadie se había metido con una escopeta en una herriko taberna, ni había acechado a la puerta de un juzgado para tomarse la justicia por su mano.

¿Éramos imbéciles? Los herederos de Numancia, las Navas, de Tempel, de Cartagena de Indias, de la Coruña, de Bailén, de Filipinas, los de Vergara… ¿éramos unos mansos? No, somos un pueblo valiente con valores. Los asesinos deben ser apresados, juzgados y condenados conforme a la ley, con garantías procesales. Felipe González tuvo en Bidart a la cúpula de ETA junta y pudo haber ordenado liquidarlos. Pero no lo hizo. Los GAL no eran populares en ninguna parte. ¿Por qué? ¿Somos idiotas?

Nosotros, y cuando digo nosotros me refiero a pueblos del sur del muro de Adriano, el Rin y el Danubio, me refiero a irlandeses, algunos franceses, bastantes italianos, españoles, e hispanoamericanos, no inventamos aquello de “foreign affairs are not nice”.

Nosotros abominamos de eso de que los países no tienen amigos ni aliados, solo intereses. Nosotros nunca entendimos por qué Francia pactaba con los Otomanos para debilitarnos a pesar de conseguir que cayera Constantinopla, los Balcanes, Grecia, y estuvieran varias veces a las puertas de Viena. ¿La política y el poder por encima de las vidas de cientos de miles de cristianos?

El comercio con Asia cerrado y controlado por los Otomanos nos abrió la puerta a dar la vuelta a África y a buscar las costas de la Especiería cruzando el Atlántico. Los cosmógrafos y matemáticos portugueses tenían razón. Colón estaba chalado. La distancia a la costa de China desde Iberia era inasumible en un barco de la época. Pero Colón, que sabía que no había llegado a Cipango, ni las Indias sino a un continente nuevo, vino de vuelta con indígenas esclavos, la Reina Isabel se los hizo devolver. Todos eran hijos de Dios y súbditos de la Corona.

Nadie nos ha quitado de la cabeza que estamos aquí para hacer el bien, para amar y ser amados, para ser buenas personas. Nadie aún nos ha metido en la cabeza que la prioridad no es recibir sino dar. Nadie aún nos ha convencido de que el éxito nos redime ni de que la prueba de que Dios está con nosotros en nuestro éxito. Dios no estuvo con Stalin, ni con Hitler, ni con el rey Leopoldo en Congo, ni con Churchill cuando hizo en Sudáfrica los primeros campos de concentración, ni con los que arrasaron Tasmania y Australia, ni con los que en 50 años diezmaron a las tribus del Oeste norteamericano, ni con los que bombardearon Hiroshima y Nagasaki. Nosotros no somos ni mejores ni peores que nadie. No somos santos, nos equivocamos, pero nuestra brújula moral, lo que aceptamos o nos indigna, lo que creemos incorrecto, malo o injusto es diferente.

Muchos de nosotros no estamos yendo a la exégesis, ni a las encíclicas, muchos ni a misa y muchos son agnósticos o ateos, pero pocos de nostros creemos que nuestros actos no son importantes. “Por sus obras los conoceréis”. No creemos en la predestinación ni en los pueblos elegidos, ni en que unos hombres son más ni menos que otros.

Creemos en la infinita libertad del hombre para hacer el bien o el mal. Sabemos que no basta con no hacer el mal. Creemos en el libre albedrío. Creemos que nuestra conciencia, y nuestra alma, el que crea que la tenga, se salva por nuestras obras, no por nuestra fe ni nuestros éxitos, y mucho menos si estos son materiales o económicos. Hemos superado el ojo por ojo. Creemos en la redención, en el perdón, en la caridad, en el amor. No podemos soportar eso de que la geopolítica es así y que hay gente que debe sufrir o morir aplastada injustamente para que ciertos estados o a sus oligarquías les vaya bien. ¿Se acuerdan de lo del rico y el ojo de la aguja?

Nuestro poso civilizatorio es muy anterior al edicto de Tesalónica del emperador hispalense Teodosio. Llevamos Grecia, Roma, Tiro, Sidón, Sagunto, Numancia, Jerusalén, Cartago y Damasco en nuestra cultura. Ahí tenemos a aquellos comuneros que dejaron vida y hacienda en Villalar.

Aparentemente hay una ola de recuperación de valores, pero veo a protestantes, luteranos, calvinistas, supuestos católicos aparentemente unidos en contra de lo woke, pero son agua y aceite. O nos engañan. Nosotros creemos que ninguna bandera vale la vida de nadie, que el pueblo elegido es la humanidad, que no podemos subir pisando a otros, que la guerra es mala y se debe evitar, que los países son soberanos y no se les puede expoliar, que ningún hombre puede disponer de la vida de otro y que el pueblo es el único depositario de la soberanía.

Hispania fue el primer territorio continental que se incorpora a Roma, le cuesta 200 años dominarla, pero aquí se refugia el tío de Julio César, Cayo Mario, cuando las clases populares se enfrentan a los optimates, aquellos que habían acumulado tanta riqueza y poder que aspiraban a imponer a toda Roma su domino. ¿Les suena? Aquí Quinto Sertorio en Huesca (no en León como dicen los que defienden que fue cuna del parlamentarismo) monta un Senado con patricios romanos hispanos y con Celtíberos. De ahí nace Pompaelo (Pamplona) donde Pompeyo establece su ejército para atacar y destruir a Mario y su sede de Osca. Cuando en Aragón escucho “navarro ni de barro”, típica inquina entre vecinos, me acuerdo de Málaga y Sevilla, pero también me pregunto si no vendrá de aquellos tiempos en que los optimates aplastaron a los populares desde Pamplona.

El vicepresidente de los EE. UU. les pegó un repaso a los líderes europeos recordándoles que habían perdido los valores. Me sorprendió que nadie rechistara tras Gaza, Siria, Sudán, Afganistán, Ucrania… Me sorprendió tras todos los escándalos que ha protagonizado su jefe, desde la liquidación de impuestos hasta pagar a alguien para que no diga que han mantenido algún tipo de relación. Pero claro, aquí tenemos mucho por lo que avergonzarnos en nuestros poco ejemplares dirigentes.

Nunca la política debió estar por encima de los valores, de la fe fundacional de los pueblos, del no matarás, del amarás al prójimo como a ti mismo, ni del mandato ecológico de mejorar la creación. Nunca debimos dejar que decaiga la principal fuente del derecho, el Derecho Natural.

Nunca los optimates debieron ganar, pero cíclicamente lo hacen. Julio César, el sobrino de Mario, ganó 5 veces las elecciones a cónsul de Roma, con un sistema inédito. Presentar un programa y cumplirlo. ¿Les suena? Llegaron los optimates a ofrecerles más de 600 millones de euros, al cambio de hoy según cálculos del gran Santiago Posteguillo, para que no se presentase más a las elecciones. ¿Les suena?

Los senadores a los que perdonó tras la guerra civil con Pompeyo le apuñalaron en los idus de marzo. Catorce años tardaron los populares en acabar con todos los que le apuñalaron, incluido Cicerón. No gustó a los optimates que César inventara el periodismo y que pusiera en el Foro un acta con lo que votaba cada senador. Ya no podían ir por Roma, como si nada, tras votar leyes injustas con el pueblo.

Hubo que esperar a que otro hispalense, Trajano, general respetadísimo por el ejército y casado con una aristócrata de la Galia, completara los planes de César. Primer cambio de dinastía imperial sin guerra civil. Trajano habló con el adversario que ya era viejo, le dio lo que quería, una buena carrera para su hijo, guerra evitada.

El gran Marco Aurelio nació en Roma, pero de familia hispana también de Itálica, no se pierdan las Meditaciones. Miren a los Estoicos, mírenle a él o al bético Séneca. Sigue habiendo estoicos en nuestros pueblos. Yo tengo varios muy cercanos. El estoicismo vuelve a estar de moda. Tolerancia y autocontrol, la eudaimonía (felicidad o bienaventuranza) y la sabiduría en aceptar el momento tal como se presenta, al no dejarse dominar por el deseo de placer, la recompensa inmediata o el miedo al dolor; en definitiva, se trata de emplear la mente para comprender el mundo y acogerse al plan de la naturaleza prescindiendo de los bienes materiales, de trabajar juntos y tratar a los demás de manera justa y equitativa. ¿Les suena?

Cada cierto tiempo, una élite enriquecida, más instruida, intenta construir un ethos que justifique que el mundo es así y es justo, que los que no tienen es porque no se han esforzado suficiente, que levantan muros, que señalan razas, que juzgan tu piel o tu acento o que simplemente dicen que no hay para todos y que la propiedad privada o la libertad están por encima de la igualdad, la dignidad o de la vida. Cada cierto tiempo unos nuevos optimates dan una patada a la escalera.

Hay al menos 400 millones de españoles de los dos lados del Atlántico que compartimos historia, lengua, cultura y ethos, que sentimos como profundamente injustos los abusos de los optimates o de los líderes pagados por ellos que no cumplen sus programas y seguimos creyendo en las doctrinas de Salamanca, que Rafael Altamira llevó al derecho internacional. La soberanía es del pueblo.