Una imagen de José, voluntario, al teléfono.
Un día con los voluntarios del Teléfono de la Esperanza de Málaga: "Estamos en la era más conectada y con más soledad"
La entidad, que este 2026 cumple medio siglo en la ciudad, abre las puertas de su sede en la calle Hurtado de Mendoza para enseñar lo que casi nadie conoce: una red de 130 voluntarios, un chat que sostiene a los adolescentes y una forma de escuchar que tarda más de un año en aprenderse.
Más información: Cuando nadie más escucha: 15.373 personas acudieron al Teléfono de la Esperanza en Málaga en 2025
El hombre llegó formal vestido, tal y como se vestiría alguien para acudir a una cita en un juzgado. Algo tímido, abrió la puerta de la sede del Teléfono de la Esperanza de Málaga, repitiendo que su familia era normal, que ellos eran gente normal, con una voz que denotaba ansiedad. Cada minuto que pasaba de conversación, sus ojos se empañaban más y más hasta romperse como un niño pequeño.
Su hija adolescente había empezado a hablar de quitarse la vida y él no sabía cómo sostenerlo, solo quería pedir ayuda para no perderla. Quien lo recibió aquella tarde fue Alba Gálvez, trabajadora social del Teléfono de la Esperanza de Málaga, que lo describe como un padre grande, desesperado y perdido, incapaz de ayudar a su hija por mucho que hablara con ella.
La menor sufriría, presuntamente, acoso en el colegio, y el hombre, en un gesto de valentía, buscó información sobre dónde ir para que les ayudaran.
Aquella escena, cuenta Alba, le ha marcado muchísimo. Es un ejemplo que resume bien cómo funcionan en el número 3 de la calle Hurtado de Mendoza. Son abrazo, son abrigo de un sufrimiento que no entiende de perfiles, de nombres ni de clases sociales.
"Esto le puede pasar a cualquier familia", insisten quienes atienden cada día las llamadas, los chats y las entrevistas. Por esa razón el Teléfono de la Esperanza ha decidido abrir su sede a EL ESPAÑOL de Málaga y mostrar lo que ocurre del otro lado de la línea por su 50 aniversario.
Mucho más que un teléfono
La asociación nació el 1 de octubre de 1971 en Sevilla de la mano del sacerdote Serafín Madrid, que tomó la idea del teléfono de ayuda que los samaritanos habían puesto en marcha en Inglaterra tras la Segunda Guerra Mundial.
A Málaga llegó el 24 de abril de 1976, fecha de la primera llamada atendida en la ciudad. Este 2026, por tanto, la sede malagueña celebra su 50 aniversario con un programa de actos que se prolongará durante todo el año.
Hoy la entidad cuenta con 29 sedes en España y su servicio más conocido sigue siendo la atención telefónica gratuita, anónima y disponible las 24 horas de los 365 días del año.
Su presidente, Juan Sánchez, lleva años reivindicando que el teléfono es solo la punta de un trabajo mucho más amplio. "Si esto fuera solo atención telefónica, con un despacho y una persona nos bastaría", plantea.
Los más de 600 metros cuadrados de Villa Esperanza acogen consultas de psicología, trabajo social, orientación familiar y asesoramiento jurídico, además de grupos de duelo, talleres de autoestima, un club de lectura, un programa de teatro y un servicio específico para mayores en soledad. El ambiente que se vive en su interior es mágico. Sonrisas que se devuelven por cada esquina, buen rollo, y sobre todo, mucha positividad.
Un número, no un nombre
La atención presencial casi siempre empieza en el teléfono. Quien descuelga es un orientador, y José Baquedano es uno de ellos, la primera pieza de un engranaje que decide quién pasa de una llamada anónima a cruzar la puerta de la sede.
"El orientador deduce que esa persona, por esa intervención en crisis, tendría la necesidad de que se la atendiera aquí", explica el presidente, Juan Sánchez. A partir de ahí se activa un protocolo pensado para que nadie tenga que identificarse.
El presidente del Teléfono de la Esperanza de Málaga y voluntarios.
La pieza clave de ese protocolo es un número. "Se le da un número. Usted es el 37N", ilustra Sánchez. Ese código acompaña a la persona durante todo el proceso, también en la entrevista posterior con el psicólogo o el trabajador social, de modo que puede contar lo que le ocurre sin dar jamás su nombre.
"Aquí le podemos atender de forma gratuita y anónima", insiste. La misma lógica abre otras vías de entrada, como los grupos de duelo o el taller de apoyo a personas que han intentado quitarse la vida.
Todo el despliegue del que es testigo esta casa se sostiene sobre una cuenta frágil. La asociación presta sus servicios de forma gratuita, y a la vez tiene que reunir cada mes los 12.000 y 13.000 euros que cuesta mantener Villa Esperanza abierta.
De ahí que dos palabras se repitan en boca del presidente. "Captación de voluntarios y captación también de socios económicos", enumera Juan Sánchez, que reivindica una entidad "eminentemente de voluntariado". El 50 aniversario funciona también como altavoz para salir a la calle y darse a conocer, porque buena parte de su trabajo permanece invisible para el ciudadano.
Un reto aparte es sumar gente joven a ese voluntariado. Los perfiles veteranos, muchas veces ya jubilados, disponen de tiempo, y los más jóvenes se mueven en otra etapa vital que obliga a ofrecerles tareas más flexibles y concretas.
La entidad insiste en que merece la pena, sobre todo en el chat. "Nadie mejor que otro joven, que otro adolescente, para terminar de convencerle de cosas que no debe hacer", defienden, convencidas de que la cercanía generacional es, en sí misma, una herramienta de prevención.
El chat
Hace unos tres años la asociación detectó un hueco. Los jóvenes no llamaban. Para cubrir esa ausencia puso en marcha un chat que funciona de 18.00 a 00.00 y que ahora estudia ampliar desde las 12.00 del mediodía para seguir dotándoles de herramientas que, con el tiempo, salvan vidas.
El cambio de canal lo explica una resistencia muy concreta de la generación más joven. Coger el teléfono obliga a poner voz a las emociones delante de un desconocido, un paso que muchos adolescentes no están dispuestos a dar. La pantalla, en cambio, rebaja la vergüenza. "Detrás de la pantalla todo el mundo es más valiente, para lo bueno y para lo malo", resumen desde la entidad.
Los números confirman ese giro. De las más de 15.300 intervenciones registradas el pasado año, 2.548 llegaron a través del chat, un canal que el teléfono no recogía hasta hace poco.
Cerca de 500 de esas conversaciones tenían que ver con ideaciones suicidas que sus protagonistas confiesan por escrito con mucha más facilidad que por voz. La psicóloga clínica Aurelia González, una de las coordinadoras de este servicio, calcula que en torno al 80% de las intervenciones del chat se relacionan con la conducta suicida y autolítica entre gente joven y adolescente.
Detrás de esas cifras, González señala dos fenómenos entrelazados. Uno es la soledad. "En la era en la que más conectados estamos, estamos más solos", reflexiona, sin demonizar las redes y advirtiendo a la vez de sus inconvenientes.
El otro es una frustración que, a su juicio, se ha disparado en la adolescencia y que muchos chicos intentan resolver por la vía rápida. Las autolesiones, apunta, han crecido de forma notable. El acoso escolar aparece como una de las causas más frecuentes de esas conversaciones, casi siempre asociado a la conducta suicida.
Aprender a escuchar tarda más de un año
La pieza central de toda esta estructura es el voluntariado, hoy formado por 130 personas. Llegar a coger una llamada o atender un chat exige una formación larga y exigente que se organiza en tres módulos a lo largo de más de un año.
El primero mira al propio voluntario. "Lo primero es el autoconocimiento personal", explica el presidente. Solo después se trabaja qué cambios necesita hacer cada uno y, por último, cómo afrontar las distintas crisis que pueden presentarse en el teléfono, en el chat o en un despacho.
No es lo mismo atender una consulta presencial que descolgar un teléfono o sostener una conversación escrita. Son tres maneras distintas de acompañar, y por eso se entrenan por separado.
A lo largo del año, las reuniones de equipo y las sesiones clínicas funcionan como sostén de quienes están en primera línea. Ningún voluntario afronta solo una llamada que sale mal. Lo que sienten se comparte y se elabora con el resto, una idea que en esta casa repiten como condición para poder seguir.
Prácticas
Esa formación atrae también a estudiantes. La sede mantiene convenios con la Universidad de Málaga, la UNED y la UNIR, y este curso que acaba de culminar ha acogido a 27 alumnos de prácticas solo en Psicología, además de otros de Trabajo Social, Pedagogía, Marketing y Administración.
En la visita a la casa de la Esperanza de Málaga saludamos a Alfredo, un trabajador en prácticas que reconoce que ha aprendido mucho de la experiencia.
Para aprender a escuchar, dice, hay que conocerse muy bien y entender los propios sentimientos. Además, hay que adaptarse al perfil de la persona que está al otro lado de la línea. "Si es un adolescente, el vocabulario se adapta a ellos. Nos forman para poder ser lo más cercanos con ellos", dice. Si hay que decir "bro", se dice, y no pasa nada. La cuestión es ganarse la confianza de la persona que necesita ayuda.
También pasan por las charlas en colegios, la coescucha junto a un orientador veterano, el chat y el programa de mayores. La demanda, cuentan desde el Teléfono de la Esperanza, supera con creces las plazas que pueden ofertar.
Más allá de los muros
El trabajo desborda los muros de Villa Esperanza. La entidad acude a institutos y colegios a dar charlas de prevención del suicidio, que enfoca desde la autoestima y la educación emocional, y forma a informantes clave en los distritos municipales. Colabora con la universidad en el aula de mayores y participa en el plan contra la soledad de las personas mayores, a quienes atiende en la sede y a los que después hace seguimiento telefónico en sus casas.
El vínculo del Teléfono de la Esperanza con los institutos tiene nombres propios, y uno de ellos es el de Remedios Gálvez, otra de las `psicólogas voluntarias, que conoció la organización tras recibir la visita del Teléfono de la Esperanza en el centro donde trabajaba como orientadora. "Yo conocí el teléfono precisamente por las necesidades de los adolescentes", recuerda.
Aquel contacto le cambió la manera de trabajar. "Me ha enriquecido una barbaridad, y a mi trabajo, gracias a muchos de estos voluntarios", agradece. Hoy sigue colaborando de forma puntual, con un esfuerzo personal que asume sin rechistar. "Te enriquece más que el sueldo del instituto, te lo prometo", confiesa.
De esa doble experiencia, la del aula y la del teléfono, nace su convicción de que la prevención del suicidio adolescente empieza mucho antes y en otro lugar. "Esa es la prevención de los adolescentes, que los padres hagamos prevención", sostiene, y junto a Aurelia, ambas recomiendan a las familias el curso de crecimiento personal. La segunda fue usuaria, de hecho, de uno de ellos, motivo por el que entró al Teléfono de la Esperanza.
Sobrevivientes
Una de las líneas más delicadas es la atención a los sobrevivientes, las personas que han intentado quitarse la vida y, sobre todo, el entorno de quienes lo han hecho. Familiares, amigos y compañeros forman parte de la población de riesgo, un efecto que se agrava en los centros educativos, donde la pérdida de un alumno desestabiliza a toda su clase.
La fotografía que dibujan desde el teléfono coloca a los adolescentes en el centro de la preocupación. La pandemia actuó como detonante. "Sobre todo desde la pandemia se han disparado la problemática adolescente", coinciden las voluntarias. El chat se ha convertido en el canal donde esa generación se atreve a hablar, como confirman esos datos.
A esa realidad se suman dinámicas propias de la edad. La adolescencia es el momento en que cada chico define su identidad, su sexualidad y su manera de relacionarse, un terreno inestable en el que las crisis afloran con facilidad. El acoso escolar agrava el cuadro, y lo hace, advierten, por imitación. "Igual que el bullying es muy contagioso", razonan sobre unos comportamientos que se aprenden en el aula, también las autolesiones.
Cómo contar el suicidio
La visita deja también una reflexión sobre el papel de los medios. Durante años pesó la idea de que era mejor no hablar del suicidio. Desde el Teléfono de la Esperanza defienden lo contrario. "Lo que no se sabe, no existe", sostienen, y lo que no se nombra ni se sensibiliza ni se previene. La clave está en cómo se cuenta.
Reclaman rigor frente al sensacionalismo, recuerdan que existe un código de buenas prácticas, piden incluir siempre los recursos de ayuda disponibles y reivindican retirar el estigma de la ideación suicida. Le puede ocurrir a cualquiera en una circunstancia determinada, subrayan, y de ello se puede salir.
Después de años de escucha, algunas historias se quedan dentro. Una de las voluntarias recuerda a una adolescente extranjera afincada en la provincia a la que atendió por teléfono cuando apenas se entendía con sus padres. Aquella chica, que llegó a estar al borde del suicidio, terminó regresando a su país y mantuvo el contacto con ella durante años.
Es el reverso de un trabajo que también acumula despedidas y que estas voluntarias describen sin montar ningún drama. "Aquí no se juzga a nadie, pase lo que pase", repiten, persuadidas de que su tarea no consiste en dar respuestas, sino en ayudar a que cada persona halle sus propias herramientas.
"Si dejo esto, dejo mi vida", confiesa Remedios, una de las voluntarias presentes en la conversación. Es la mejor síntesis de por qué, medio siglo después, esta casa sigue abriendo sus puertas cada día.
Si necesitas ayuda
La conducta suicida se puede prevenir y pedir ayuda es un signo de fortaleza. Si tú o alguien de tu entorno atraviesa un momento de crisis, existen recursos gratuitos y confidenciales:
Línea 024 de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad. Gratuita, confidencial y disponible las 24 horas, los 365 días del año.
Teléfono de la Esperanza de Málaga: 952 26 15 00, atención 24 horas. Chat de la Esperanza en telefonodelaesperanza.org, de 18.00 a 00.00.
Emergencias 112 en caso de riesgo vital inminente.