Berta (a la derecha) junto con unas amigas.
Berta, la feminista y "atea por la gracia de Dios" que es cofrade sin creer: "Me enamoré del Cristo de Humildad y Paciencia"
La malagueña, que creció en Carretera de Cádiz, ha tenido claro su pensamiento religioso desde muy pequeña, aunque ahora es hermana de esta corporación y se sienta más que integrada en su grupo de trabajo, sobre todo, en su bolsa de caridad.
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La casa de Berta Guerrero es el sinónimo perfecto de lo acogedor, de lo familiar, de lo de siempre. Nada más cruzar el arco de la puerta, me recibe un labrador dorado enorme, de mirada noble y nombre carnavalero. "Es Ares, por Martínez Ares", explica Berta, mientras me invita a sentarme en un sillón.
Desde el otro lado del salón, su madre, Berta Victoria, de 91 años, sigue cada uno de mis movimientos con atención, pero en riguroso silencio. Está sentada frente al televisor, viendo a Juan y Medio. Tiene unos ojos enormes, redondos, muy brillantes. De esos que parecen haberlo visto ya todo en la vida. Sus arrugas cuentan su historia. Berta sabe que su madre lo ha dado todo por ella y tiene claro que cuidarla hasta el final es, ahora, la forma más justa de darle las gracias por haberle dado vida.
En la mesa empiezan a dibujarse las primeras señales de la hospitalidad que transmite esta familia: una bandeja generosa de torrijas —mitad de leche, mitad de vino— y café humeante. Berta se arropa con una manta y aparta con cuidado el libro que estaba leyendo, Cumbres borrascosas. La fibromialgia, unida a su cansancio crónico, la han obligado a coger la baja y sus tardes se resumen a estar en su hogar con la compañía de buenos libros, su madre, y su pareja, que sirve el café con una sonrisa.
La afición por la lectura le viene de cuna. "Mi madre se llama Berta porque mi abuela, que era muy lectora, estaba leyendo un libro donde la protagonista se llamaba así cuando estaba embarazada", cuenta. En las paredes, decenas de fotografías familiares observan la escena. Los nietos ocupan gran parte del salón. La familia, en casa de Berta, no es un simple adorno: es el centro de todo.
En uno de los marcos hay una imagen peculiar. Doña Berta aparece completamente tapada por estampas religiosas. "¿Y esto?", pregunto entre risas. Berta se adelanta: "Mi madre odia cómo sale en esa foto y cada vez que llegaba una estampita nueva a la casa, mi familia la iba colocando encima de ella en la foto, para que no se queje cada vez que se levanta".
Su familia ha sido siempre de la Cofradía de la Sangre. El Miércoles Santo es un hervidero de gente en su casa. Se cocina pasta, "de todo tipo, porque los hay delicados" y entre todos se preparan para la gran procesión. Pero Berta no sale. Es atea, dice, "por la gracia de Dios". Pese a que casi todas las personas a las que adora salen el Miércoles Santo, ella prefiere disfrutar de todo lo que provoca un día tan especial en ellos y ayudarles en todo lo necesario. Prefiere quedarse con compartir su felicidad y lamentarse por no sentir lo mismo que todos. "Juro que me encantaría, pero no puedo".
"Soy atea"
En su caso, el ateísmo no llegó, como pasa en muchos casos, por un enfado puntual ni por un giro repentino de la vida. Llegó pronto. Casi desde que empezó a hacerse preguntas y a usar la razón. "A mí me caía tan bien el personaje de Jesucristo, que cuando empiezas a enterarte y te vas haciendo mayor, te peleas con Dios y te peleas con la Iglesia porque se lo cargan", cuenta. "Yo desde niña veía todo lo que era la Pasión y yo decía: es que el padre fue un cabrón con el hijo, no entiendo para qué iba a salvarnos, no nos lo merecemos".
"Me duele ver cómo Dios utilizó a Jesucristo y dijo: todo esto que has hecho es muy bonito, pero ahora te voy a demostrar que los hombres son tan malos que lo que tú quieres no puede ser. Y te van a encajar en una cruz... y tú te lo vas a comer. Y yo, que soy tu padre, lo voy a ver precioso. Pues no", reflexiona.
Desde ahí empezó su distancia con la religión. También con una Iglesia concreta, la institución. “La Iglesia es la que tiene que ejemplarizar todo lo que me cuentan… y en este país se ha cebado con media población durante muchos años”, sostiene. "A mí hay una Iglesia que me parece bonita, la que ayuda a la gente que lo necesita; pero muy a mi pesar no es la mayoría".
Sus raíces
Berta creció entre Puerta Blanca, La Paz y La Luz, con una geografía sentimental muy de Carretera de Cádiz y una conciencia política que, como ella misma dice, "nace en La Luz". Allí, en la vocalía de Juventud de la asociación de vecinos, entre chavales jóvenes y un ambiente muy obrero, "muy rojo", se fue haciendo.
Esa mirada política atraviesa todo lo que cuenta. También su forma de relacionarse con la Iglesia. Porque Berta, aun siendo atea, no le ha cerrado la puerta en la cara a la religión. Reconoce que ha conocido sacerdotes que sí le han dejado huella. Habla de uno, en el instituto, un "cura obrero", ligado a la teología de la liberación, "pero en malagueño", que estaba "el primero cortando la carretera con nosotros y haciendo pancartas cuando veía algo injusto".
Eran tiempos de transición y en La Paz, relata, vivía una familia de ultraderecha que no dudaba en "repartir hostias" a los de izquierda. "Hicieron una lista negra y el primero que estaba ahí era el cura. Yo he tenido muy buena relación con personas de la iglesia, partiendo de la base de que yo hablo hasta con las piedras y trato de llegar hasta el final con el diálogo", añade.
Luego llegó otro, don Ángel, en Carranque. Berta lo recuerda por lo que hizo cuando empezaron a llegar a Málaga las primeras oleadas de inmigrantes. Mientras otros se limitaban a mirar, él reconvirtió los espacios de catequesis en un centro de acogida. "Toda la iglesia de Carranque es muy grande, entonces la zona de abajo la reconvirtió en el primer centro de acogida que tuvo Málaga", cuenta. "Las misas las daba ahí y los inmigrantes estaban en la misa. El cura les dejaba la iglesia para que ellos adoraran a sus dioses y cantaran. Para mí eso es lo que debe ser la iglesia".
Recuerda que en la época de comuniones, una madre se quejó de la presencia de "personas negras en las fotos de los niños". "Y ahí Berta no se puede callar, como siempre", expresa. "Yo decía: ¿va a resultar que aquí, que sois tan católicas y venís tres años de catequesis, la única a la que le ha caído bien Jesucristo soy yo? Parecía yo la ferviente cristiana, en lugar de ellas".
Un acorde disonante
Dice la comparsa La Oveja Negra de Martínez Ares: "Soy distinto, diferente, un alma descarriada, siempre voy a contracorriente, tengo la lengua afilada. El guijarro en el zapato, el acorde disonante, un traídor para los callaos, la vergüenza de mi sangre. Cuando sopla carnavales, soy el verso que molesta, a las columnas vertebrales de una sociedad que apesta".
Creo que no hay unos versos que representen más lo que me transmite Berta hablando. Tiene una personalidad arrolladora, dice lo que piensa sin pensar en el qué dirán. Pero a la vez, es la que se preocupa más por la gente, por que no te falte nada. Porque estés cómodo y con una sonrisa en la cara.
Un detalle de la cocina de Berta.
Semanasantera
A Berta la Semana Santa siempre le ha gustado. Mucho. "A mí me encanta. Me parece una fiesta de primavera, una tradición", dice. "Esto no se trata de ideología ni mucho menos. Al que le guste un poquillo el teatro, al que le guste un poquillo la orfebrería, el arte, la escultura… es que es todo a la vez en la calle", dice, de una de las pasiones.
En casa siempre han cumplido a rajatabla también con la gastronomía de estos días: el potaje de garbanzos, las torrijas, el bacalao con tomate o las tortillitas de bacalao. "Como persona que disfruta en la cocina, me gusta más esta época del año que la Navidad", expresa. Pero jamás se le pasó por la cabeza hacerse hermana de una cofradía. Estuvo cerca de la Sangre, esa cofradía de su familia, ayudando en lo que tocara, llevando a sus niñas de pequeñas, entrando y saliendo... Pero nunca sintió la llamada de formar parte. "Nunca me llamó la cofradía. Nunca", insiste.
Hasta que llegó la Cofradía de Humildad y Paciencia. Berta conoce el barrio de la Cruz de Humilladero porque es por donde ha paseado durante años con Ares, cuando este estaba algo más joven y se podía permitir rutas más largas. Además, años atrás, una de sus comparsas ensayó en el edificio de la casa de hermandad y empezó a observar cómo iba funcionado la corporación. Pasó unos años viviendo en Zaragoza y al volver, se quedó alucinada: "Fíjate, yo pasaba por la plaza y decía: mira los cabrones lo que han hecho aquí", recuerda con una sonrisa. Veía ambiente, niños, gente, vida y barrio, sobre todo barrio. "Siempre había algo. Y no lo diría en pasado. Siempre hay algo allí".
Cristo de Humildad y Paciencia.
Pero un día, algo que no sabe descifrar aún en el presente, le pegó "una torta". "No sé qué pasó. Pero cuando vi por primera vez al Cristo de Humildad y Paciencia, obra de Ruiz Montes, me enamoré perdidamente", relata. La primera vez que lo vio fue en redes. "Todo el mundo estaba poniendo cosas y yo decía: qué barbaridad, qué bonito", cuenta. Ahí quedó todo. Hasta que un día lo vio en persona y el flechazo ocurrió.
Ese momento lo recuerda con una intensidad que todavía la emociona, aunque no llega a llorar porque, como ella dice, "nunca echo lágrimas, soy una piedra". Se dio cuenta que la forma en la que estaba tallada la imagen le permitía decirle al hijo lo que llevaba tantos años reprochándole a su padre, todo esto, mirándole a los ojos. "Creo que su mirada te provoca ganas de decirle que los humanos somos unos hijos de puta, que no merecía la pena que hiciera nada para defendernos".
Después vino el encuentro a solas en la iglesia. Ella habla de aquel día como de algo muy difícil de explicar. Había ido sola, buscando aire, buscando también una especie de "conversación pendiente". Entró mientras había un acto de la cofradía, con la iglesia llena, y terminó colocándose en un rincón. "No sé qué me pasó".
Lo que pasó fue que la que se define como una piedra, lloró. Ella, la que insiste varias veces en que no llora nunca. "Yo todo lo que no había llorado en mi psicóloga, porque no estaba trabajando en esa época de mi vida, lo lloré en ese momento", cuenta. "Yo no veía a la gente. Yo solo veía que estábamos él y yo".
Cuando salió, escribió unas líneas en redes sociales. Un puñadito de palabras. Las justas. "Yo tenía una conversación pendiente con este señor y hoy la he tenido. Iba a ver un trozo de madera muy bonito, pero un trozo de madera no es", publicó junto a una imagen del Señor.
Más tarde, al coger el móvil, un amigo le escribió: "¿Tú has visto la que has liado?". En la cofradía habían visto aquel mensaje que había sido compartido por grupos y había emocionado a muchísima gente. "Ha llorado todo el mundo", le dijeron. Ella no sabía siquiera si lo que había escrito podía sentar mal. "No sabía hasta qué punto eso era bueno o malo. Porque no dejas de ser una atea y para ciertos círculos de la Iglesia tú eres un demonio".
Pero no. Ocurrió lo contrario. Recibió agradecimiento. Recibió cariño. Y poco después supo algo más. Que para la cofradía su reacción había sido también una confirmación de que la nueva imagen estaba llegando donde querían que llegara. "Antonio, el hermano mayor, luego me dijo que a él le había costado mucho trabajo que esta nueva imagen se aceptara; ahora me dice que el Cristo es mi colega", recuerda. "Entonces yo era como el ejemplo más grande de cómo una persona atea se acerca a la cofradía precisamente por lo que transmite la imagen".
En una zambomba navideña terminaría, además, conociendo a Ruiz Montes, su escultor, sin saber de entrada que era él. Un amigo le dijo: "Berta, ven, que este chaval quiere hablar contigo". Y aquel chico joven, educado, amable, le habló de la obra, de lo que había sentido al saber lo que ella había escrito. "Para él fue muy grande que alguien que lo que ve es un trozo de madera sintiera eso", cuenta Berta. "Y para mí fue muy grande hablar con él". Ella recuerda especialmente una frase que le soltó entonces: "Te está llamando".
Berta se ríe al recordarlo. "Y yo le dije: sí, pero hay que pasar por el padre y yo al padre no lo puedo soportar". Si el Cristo fue el fogonazo que encendió la chispa, la cofradía terminó de atraparla por otra vía. La de la gente. Entró de lleno a la corporación justo cuando se preparaba la salida extraordinaria de la Virgen por el 25 aniversario de su llegada al barrio. Para ella, que es de meterse hasta el fondo en todo lo que hace, aquello fue un paraíso. "A mí hacer cosas me flipa", dice.
Berta haciendo flores con una compañera.
"¿Qué hay que hacer aquí?", dijo en su primer día. Le comentaron que tenía que hacer flores de papel. Y a eso que se puso. "Si algo he hecho para esta cofradía han sido flores, muchas flores. Puse a toda mi familia a hacer flores de papel para decorar en la salida extraordinaria", recuerda riendo, mientras que reflexiona sobre que la mayoría de cosas que ha hecho para su hermandad han sido para la Virgen, pese a que lo que la acercó fue el Señor. "Será mi feminismo, que me recorre las venas", dice entre risas.
Habla de aquel verano yendo a la hermandad por las tardes, compartiendo mesa, tijeras, alambre, conversaciones, calor y barrio como uno de los mejores veranos de su vida. "Es que no he conocido a ninguna persona fea aquí", repite. "Es que son tan bonitos todos". Asegura que ella se ponía a hacer flores en una esquina de la mesa y a sus laterales no dudaban en ponerse otros hermanos. La mesa se iba llenando poco a poco de flores, pero también de historias de vida, problemas, dolores... "Me enamoró mucho esa forma de entender la hermandad".
Cree que la acogida y el ambiente desde el minuto uno que empezó en la hermandad fue como si la conocieran allí de toda la vida."En cuanto llegas, a ti ya te quieren, te acogen, te tratan como una hermana más, me ven como una compañera, sin ningún tipo de etiqueta".
Y ahí aparece el otro gran eje de su historia. La bolsa de caridad de la hermandad. A Berta le interesa el barrio. El servicio real. La ayuda concreta. Le interesa más eso, dice, que cualquier ornamento. Por eso, cuando en la cofradía le plantean la creación de una bolsa de ayuda social, siente que ahí hay un sitio hecho para ella. "Antonio me dijo: si a ti te gusta la labor de barrio, tengo una pensada para ti", cuenta. "Y a mí me encantó la idea", añade.
Así quedaron las flores.
"Si resulta que hay una familia necesitada que viene diciendo 'se me ha roto la nevera', se le compra la nevera", explica. "Y si hace falta una lavadora, se compra una lavadora. Y va mi gente de mi bolsa de caridad y se las montan". En el caso de que un ascensor del barrio esté averiado, toman nota de la cantidad de mayores que se quedan aislados y tratan de echarle un cable con la compra, recogida de medicinas o para acudir al médico. "Eso para mí es hacer barrio. Y se lo digo a muchos amigos de grupos políticos en los que he estado. Eso es lo que me hubiera gustado hacer con ellos", sostiene.
No renuncia a su mirada crítica. Sabe que, en teoría, muchas de esas funciones deberían asumirlas las administraciones. Pero también sabe que la vida real no espera a que lleguen los recursos. "Las bolsas de caridad quitan que el ayuntamiento se meta ahí, que es el que tenía que estar", reconoce. "Pero es que si no está, y si tú por mí y yo por ti… pues qué pasa, que el que se jode es el que menos se lo merece".
Todo lo que dice, lo dice con argumentos y conocimiento de causa. Ella misma pasó una etapa muy dura económicamente, después de cerrar un negocio que le ayudaba a subsistir. "A mí quien me ayudó a comer fue el economato que hacen las cofradías en Capuchinos", recuerda. "Yo tenía que pagar 12 euros, pero por 12 euros me llevaba una compra de unos 50". Se acuerda incluso de los detalles de Navidad. "Tenías tus langostinos y tus mantecados. No te hacían sentir pobre". Por eso ahora siente que, de algún modo, está devolviendo algo de lo que le dieron. "Yo cuando estaba allí decía: esto lo tengo que devolver alguna vez. Pero jamás me imaginé que fuera desde una cofradía".
Dentro de Humildad y Paciencia, además, nunca ha escondido quién es. Todo lo contrario. Cuando entró en el grupo de WhatsApp de colaboradores, lo primero que soltó fue casi un aviso. "Yo soy atea", dijo. Pero nadie la miró por encima del hombro, al revés. "Yo, por ejemplo, no puedo rezar porque no lo siento. Estaría engañando", explica. Para ella, fingir sería una falta de respeto mayor que no rezar. Pone un ejemplo que le toca de cerca. Nunca quiso ser madrina de bautizo de sus sobrinas porque no quería mentir delante de un cura prometiendo una fe que no tiene. Con la cofradía pasa igual. "Yo no rezo. No lo siento", insiste.
Berta, con su hermandad, el día que se le impuso la medalla de hermana.
Este año, Berta, que viste durante la entrevista un polar de su Virgen de Dolores y Esperanza, está muy dolida por dentro, pero también por fuera. Durante la Cuaresma, no soportaba ver en redes sociales todo el trabajo que sus hermanos y compañeras de la cofradía estaban haciendo mientras ella estaba en el sofá aquejada de sus dolores. "Es como si tuvieras un yunque encima, estoy cansada las 24 horas del día", lamenta.
Y su vacío se nota en Humildad y Paciencia. El propio hermano mayor, Antonio Río, hace poco le dijo que ya le gustaría a él tantos ateos como ella en las cofradías, ya que proyecto que toca, proyecto en el que se implica al máximo. Por su enfermedad, ahora mismo le es imposible sostener tantos horarios, reuniones y esfuerzos que para otra persona igual pasan de inadvertidos. "Me pone muy triste no poder estar al máximo, espero volver a la carga el año que viene con más fuerzas", reconoce.
Aun así, sigue pendiente de todo lo que puede. Viendo los mensajes de sus grupos de WhatsApp. Pensando en la barra del Rinconcito de la Aurora, ese pequeño bar que monta la cofradía para sacar fondos y que en Cuaresma ha destinado lo recaudado a la bolsa de caridad. "Yo hubiera querido estar todos los días poniendo bebidas, soy así de friki; sufro un montón", admite.
La Virgen
Otro de los momentos que guarda con más emoción fue la invitación que le hicieron para acudir al acto de vestir a la Virgen de los Dolores y Esperanza. La recibió de Eva, camarera mayor, en plena preparación de la salida extraordinaria. A Berta le pareció casi excesivo el detalle. "Yo tenía síndrome de la impostora desde que entré", reconoce. Aunque hubiera estado todo el verano trabajando, aunque hubiera hecho flores día y noche, aunque su familia hubiera terminado ayudándole también en casa, seguía sintiendo que quizá no merecía vivir algo tan íntimo.
Al final fue y lo vivió como una de las experiencias más especiales de su vida. No quería dejar de mirar. Cuenta muy despacito cada detalle del acto. El silencio sepulcral. Las pocas mujeres que se responsabilizaban de un momento tan único. El vestidor como único hombre. El respeto al guardar turnos para ir vistiéndola paso por paso. "Yo me senté en silencio absoluto", recuerda. "Me quedé anonadada viendo cómo la desvisten y cómo la visten. Cómo la perfuman". A ella le tocó quitar la falda. Cuando la señalaron, miró incluso hacia atrás, pensando que se referían a otra persona. "Es tan íntimo, tan bonito…". Y volvió a llorar.
Berta, con sus compañeras.
Lo que la conmueve no es solo la estética. Es la vulnerabilidad de la talla de la Virgen. "La ves tan chiquitita, tan vulnerable", dice. "Y luego piensas que lleva collares, medallas, y rosarios que no son más que promesas de tanta gente… y a mí la fe de tanta gente me parece algo grandioso". Ella, que no la tiene, la admira. "La envidio y la admiro", insiste.
Ahora tampoco puede trabajar, con lo que disfruta, en sus propias palabras, de su fregona y de la gente que le rodea. Hace unos años se sacó las oposiciones como limpiadora de la Diputación de Málaga. Trabaja en un centro de salud mental, dedicado especialmente a personas con graves discapacidades. "Pude elegir La Térmica, pero pensé menos en mí y más en lo que podía provocar en ellos como una trabajadora más", dice, mientras los llama "mis niños" aunque muchos tengan la edad de su madre o la suya. Los describe con ternura brutal, como una madre. "Ellos, con las cuatro cosas que les digo, son felices", dice. "Y a mí me gusta mi trabajo porque nosotros somos lo que ellos tienen, muchos no tienen familia", Ese mismo impulso es el que la llevó, casi sin darse cuenta, a Humildad y Paciencia. No fue la fe, fue la gente del barrio. Fue la ayuda social. El amor al prójimo.
En el salón, mientras Ares se vuelve a acomodar a su lado, subiendo con dificultad al sofá, y el café se enfría poco a poco, Berta se arropa mejor con la manta. Su madre sigue atenta a la televisión, ajena a todo lo que se está contando a su alrededor. "¡Mira, mira!", dice de repente. Una banda de Cornetas y Tambores aparece en pantalla. Ella también sabe reconocer lo que le gusta de la Semana Santa. "Cree que son mis amigos de Alhaurín el Grande, pero se ha equivocado", dice Berta con una sonrisa.
Durante toda la conversación, durante más de hora y media, trato de averiguar en qué cree Berta. Y me voy de su casa teniéndolo claro: ella no cree en Dios, pero cree, y mucho, en la gente que ayuda sin mirar a quién.