Alberto, Gemma y Summer Yan

Alberto, Gemma y Summer Yan Cedida

Sociedad

El viaje de Gemma de China a España para pasar 7 días sin pantallas: "En Shanghái fuera del colegio no se relacionan"

La niña vive en una ciudad de 25 millones de habitantes que prevé superar en 2026 el 90% de penetración del 5G entre sus usuarios.

Más información: La vida sin pantallas de Ana y Javier durante 10 días: "Escuchamos el partido por radio y nos perdimos por Alcalá"

Publicada
Las claves

Las claves

Gemma, una niña de 10 años que vive en Shanghái, participó en un campamento en Cantabria para pasar siete días sin pantallas y en contacto con la naturaleza.

En su vida cotidiana en China, Gemma está muy expuesta a la tecnología y sus relaciones sociales fuera del colegio son limitadas.

Durante el campamento, Gemma superó miedos, hizo nuevas amigas y disfrutó de actividades al aire libre sin deberes ni dispositivos electrónicos.

La experiencia refleja una tendencia creciente entre las familias de buscar alternativas al ocio digital para fomentar relaciones reales y contacto con el entorno natural.

En Shanghái viven cerca de 25 millones de personas y, entre sus interminables hileras de rascacielos, resulta difícil encontrar un pedacito de cielo azul.

Mucho más complicado es hallar un río en el que bañarse, caminar entre árboles o pasar varios días lejos del ruido de una de las ciudades más pobladas y tecnológicas del planeta.

La dimensión digital de China también se mide en cifras difíciles de imaginar. El país cuenta con más de 1.100 millones de usuarios de internet, mientras Shanghái aspira a superar durante 2026 el 90% de penetración del 5G entre sus usuarios particulares.

Participantes del campamento

Participantes del campamento Rural Kamp

Las pantallas forman parte de la vida cotidiana, del trabajo y también de las aulas desde edades muy tempranas. Desde allí llegaron este verano a Madrid Alberto, Summer Yan y su hija Gemma, como hacen cada año para pasar aproximadamente un mes de vacaciones en España.

Después de una primera parada en la capital, la familia buscó para la niña una experiencia que le permitiera alejarse de las pantallas, convivir con otros menores y reforzar el vínculo con sus raíces españolas.

Alberto es español, Summer Yan es china y ambos residen en Shanghái desde el año 2000. Él trabaja como director para Asia de la bodega Marqués de Murrieta.

Gemma tiene 10 años y sus padres querían que durante sus vacaciones tuviera la oportunidad de practicar el idioma, conocer mejor la cultura del país de su padre y vivir durante unos días de una manera muy diferente a la que mantiene habitualmente en China.

Cuentan que el año pasado intentaron apuntarla a un campamento relacionado con el teatro, que a Gemma "le encanta" pero finalmente fue suspendido.

Este año buscaron por internet hasta encontrar Rural Kamp, una iniciativa desarrollada en Cantabria y a la que acuden niños procedentes de distintos puntos de España.

Insectos & ríos

La experiencia de este campamento dura una semana y su precio parte de los 429 euros, dependiendo de la antelación con la que se realice la reserva. La mayoría de los participantes llega desde Madrid y otras provincias del norte, aunque también acuden menores procedentes de Barcelona, Valladolid y otros puntos del país.

En el caso de Gemma, el viaje fue considerablemente más largo: más de 10.000 kilómetros separan Shanghái de España. El balance de la familia ha sido especialmente positivo: "Antes le daban miedo los insectos y ahora se baña en el río", resume Alberto.

Durante el campamento, los niños apenas tuvieron contacto con las pantallas. Solamente hicieron dos excepciones: un día pudieron ver un partido de España y, en otra jornada, una película.

Participantes del campamento

Participantes del campamento Rural Kamp

El resto del tiempo estuvo dedicado a las excursiones, los juegos, las actividades, las comidas compartidas y la convivencia con otros menores.

Tecnología a diario

La experiencia contrasta con la vida cotidiana de Gemma en Shanghái. En casa dispone de aproximadamente media hora a la semana para utilizar el teléfono y acceder a WeChat, la aplicación de mensajería más extendida en China.

Sin embargo, aunque sus padres limitan su uso doméstico, la tecnología forma parte de su rutina fuera de casa. En el colegio trabaja con un iPad y utiliza ordenadores para realizar las tareas escolares.

Alberto describe una ciudad llena de rascacielos en la que los niños pasan muchas horas en espacios interiores, mirando libros, tabletas y ordenadores: " En Shanghái, si te fijas en los niños casi todos usan gafas, están todo el tiempo conectados", explica.

La miopía infantil se ha convertido en un problema creciente en China. Las autoridades sanitarias del país llevan años recomendando que los menores pasen más tiempo al aire libre y reduzcan los periodos prolongados de esfuerzo visual.

Alberto también observa diferencias importantes en la forma en la que se relacionan los niños. En Shanghái, asegura, gran parte de su vida social se concentra en el colegio y en las actividades académicas: "Fuera del colegio no se relacionan", afirma.

Gemma, por ejemplo, nunca ha participado en una fiesta de pijamas. Durante el campamento, en cambio, ha convivido una semana completa con otros niños. De la experiencia se lleva nuevas amigas y una manera de relacionarse muy distinta a la que mantiene habitualmente en China.

Sin deberes

Durante su estancia también pudo disfrutar de algo poco frecuente en su vida escolar: siete días sin deberes. En China, explica su padre, las obligaciones académicas no siempre terminan al salir del colegio. Incluso durante los fines de semana, muchos menores asisten a clases particulares o continúan realizando tareas: "la exigencia es muy alta".

En el campamento, Gemma pudo aparcar temporalmente esa rutina. No tenía que completar ejercicios, conectarse a una plataforma educativa ni utilizar un ordenador para estudiar, aunque es una alumna de "todos notables" destaca Alberto.

La estancia también le permitió hablar español diariamente y conocer mejor algunas de las costumbres del país de su padre. La gastronomía fue otro de los aspectos que más valoró la familia: durante esos días pudo probar platos españoles y compartir las comidas con el resto de participantes.

Pantalla por río

José Manuel Colsa, uno de los fundadores de Rural Kamp, asegura que en cada edición se produce una transformación que puede observarse desde el primer hasta el último día: "El primer día ves a muchos niños que llegan abrazadísimos a sus padres, casi con reparo o miedo a soltarse. Sin embargo, el último día la escena se repite, pero al revés: se van llorando porque no quieren separarse de sus nuevos amigos ni irse del campamento", explica.

Para los organizadores, el medio rural no es únicamente un escenario atractivo en el que pasar unos días. Lo consideran una herramienta educativa que favorece la autonomía, la convivencia y el contacto directo con el entorno.

"Hacer cosas de toda la vida, como ir a bañarse al río, explorar o simplemente estar en contacto con la naturaleza, les cambia la perspectiva y les conecta de una forma que la rutina diaria no permite", sostiene Colsa.

Participantes del campamento

Participantes del campamento Rural Kamp

La iniciativa trata de recuperar experiencias que durante décadas formaron parte habitual de la infancia, pero que han ido perdiendo terreno ante el crecimiento del ocio digital y el uso cotidiano de teléfonos, tabletas y ordenadores: "En una sociedad que va cada vez más rápido y está hiperconectada a las pantallas, nuestra misión al organizar este proyecto es crear un puente de vuelta a lo esencial", señala.

Rural Kamp también "pretende contribuir a mantener activos los entornos rurales y demostrar que los pueblos pueden desempeñar un papel importante en la educación de las nuevas generaciones", comenta Jose Manuel.

"Buscamos que cambien la pantalla por el río, el barro y la convivencia pura. Al final, el mayor éxito para nosotros es que, cuando esos niños vuelvan a sus casas en la ciudad, se lleven consigo un pedacito de esa libertad, de esa calma y de un respeto profundo por nuestro entorno natural", añade.

Relaciones reales

La experiencia de Gemma y su familia refleja una tendencia cada vez más extendida entre los padres: buscar campamentos y actividades que permitan a sus hijos alejarse durante unos días del teléfono móvil, recuperar el contacto con la naturaleza y relacionarse sin una pantalla de por medio.

Otro ejemplo es Modo Avión, el programa impulsado por la Comunidad de Madrid, que este verano ha celebrado una nueva edición en la finca El Encín, en Alcalá de Henares.

En total, 180 adolescentes de entre 12 y 17 años han pasado en julio diez días sin teléfonos móviles ni otros dispositivos tecnológicos. Durante su estancia sustituyen las redes sociales y las notificaciones por talleres, deporte, excursiones y actividades en grupo.

Participantes del campamento

Participantes del campamento Rural Kamp

Algunos participantes reconocían echar de menos acciones tan cotidianas como escuchar una canción o mantener sus rachas en TikTok y Duolingo, aunque con el paso de los días esa necesidad iba perdiendo fuerza.

"No dices: ‘Lo necesito’", resumía uno de los adolescentes después de varios días sin consultar el móvil.

"Es una buena forma de que de verdad nos veamos nosotros y veamos cómo somos, porque en el móvil la gente puede mentir más fácilmente y aquí nos vemos cara a cara", afirmaba Clara, otra de las participantes.

El regreso

En unos días, Gemma y sus padres volverán a China. Allí, la niña recuperará su rutina escolar, el iPad, los ordenadores, los deberes y una vida cotidiana inevitablemente ligada a la tecnología.

Pero Gemma regresará con algo que no tenía cuando llegó: nuevas amigas, más contacto con el español y la experiencia de haberse bañado en un río pese a que antes le daban miedo los insectos.

Toda la familia volverá a Shanghái y volverán a estar conectados, aunque, después de esta experiencia, quizá un poquito menos.