El martes, el ministro Grande-Marlaska daba por cerrada la mayor crisis migratoria en la historia reciente de Ceuta: 70.000 de los 72.000 migrantes que entraron la semana pasada ya habían regresado a Marruecos, con "respaldo europeo" y una caída del 30% en las entradas irregulares a España en lo que va de año.

El relato oficial es de éxito de gestión. Ese mismo día, la Generalitat Valenciana denunciaba enterarse "por la prensa" del reparto de los menores no acompañados que Ceuta ya no puede atender.

Y la propia nota del ministerio, en su ficha de resumen, sitúa la crisis "en mayo de 2026", dos meses y medio antes de que ocurriera. Un Gobierno se despista al fechar correctamente su propio balance en la página oficial, no está en condiciones de que le compremos la palabra "cerrada".

Denunciar este hecho no implica negar la catástrofe humanitaria. Hay casi un centenar de muertos en el agua de ambos países y hay menores separados de sus madres, y eso es real y es horrible. Atenderlo es una obligación que no admite discusión.

Pero la confusión entre lo que dice el Gobierno, lo que denuncian las comunidades autónomas y los periodistas y ciudadanos sobre el terreno cumple una función: traslada el foco desde la pregunta relevante, que es por qué no estábamos preparados, hacia la gestión de la consecuencia, que siempre es más fotogénica que la prevención.

El halcón obtiene ventaja relativa inmediata frente a cada paloma que encuentra

Y esa pregunta que se trata de evitar tiene una respuesta que la teoría de juegos evolutiva lleva medio siglo describiendo. En 1973, John Maynard Smith y George Price formalizaron un problema que cualquier sistema cooperativo descubre tarde o temprano: una población compuesta enteramente de "palomas", individuos que nunca escalan el conflicto, que ceden antes que confrontar, es presa fácil para un solo mutante "halcón".

El halcón obtiene ventaja relativa inmediata frente a cada paloma que encuentra, y esa ventaja se traduce en más recursos, más presencia, más capacidad de repetir la estrategia.

No hace falta que los halcones sean mayoría. Basta con que existan y con que nadie los detecte ni los penalice. Richard Dawkins lo resumió de otra manera pero con la misma contundencia: el altruismo incondicional, sin reciprocidad condicional que lo sostenga, no es una estrategia evolutivamente estable. Se extingue.

David Sloan Wilson y Elliott Sober añadieron la pieza que falta para pensar esto a nivel de grupos y no solo de individuos: un grupo puede sostener cooperación interna real (y de hecho lo hace mejor que uno puramente individualista) pero solo si desarrolla mecanismos para suprimir a quien se aprovecha desde dentro, el free rider. Sin esos mecanismos, el grupo cooperador pierde frente a quien sí los tiene.

Christopher Boehm, estudiando sociedades igualitarias de cazadores-recolectores, y Sergey Gavrilets, modelizándolo matemáticamente después, identificaron cuáles son esos mecanismos en la práctica: detección de quien no coopera, castigo, y coaliciones que se forman específicamente para neutralizar al agresivo antes de que domine al resto.

España es la paloma sin defensas por culpa de un gobierno negligente

El igualitarismo no es un estado de naturaleza pacífico. Es una arquitectura defensiva que hay que construir y mantener activamente.

Aplicado a Ceuta, el "halcón" no es la persona que cruza el Estrecho a nado. Es el actor que puede jugar esa estrategia porque no está sujeto a las mismas restricciones que su contraparte.

Marruecos puede abrir o cerrar el flujo migratorio en 48 horas cuando le conviene presionar en la negociación del Sáhara (el propio PSC lo ha admitido esta semana como "chantaje"), precisamente porque no está atado a un marco de procedimiento y derechos que le obligue a actuar de otra manera.

España sí lo está, y ahí está la asimetría real: no es que a un país le importen más los derechos humanos que al otro, aunque así sea, es que uno de los dos jugadores tiene grados de libertad que el otro no tiene.

La devolución en caliente, avalada por el Supremo y por el propio Tribunal Europeo de Derechos Humanos en 2020, exige que haya un elemento físico de contención que el migrante intente superar de forma clandestina. Quien cruza a nado, sin tocar valla ni barrera, queda fuera de esa figura legal.

Por eso España instala ahora una barrera neumática y boyas en el mar: no para impedir el cruce, sino para tener, por fin, un objeto físico que interceptar y que permita aplicar una ley que ya existía.

¿Por qué no existía esa barrera antes? La principal misión del Estado, ejecutada por el gobierno es proteger el territorio y a los ciudadanos. Esa protección, por definición ha de suceder a priori, antes de que sobrevenga el peligro. No después.

Si el Gobierno deja de cumplir esa misión, el sentido de la existencia de un Estado deja de tener sentido. Cuando los ciudadanos sufrimos la pérdida de poder adquisitivo, los problemas sociales sin resolver, las cifras maquilladas, y el peso de los impuestos, tenemos derecho a preguntarnos ¿para qué pago?

Y de llegar a la conclusión que no es para defendernos. Los 25 millones que el Gobierno va a dedicar a los menores marroquíes expuestos por sus padres en el mar estarían muy bien si el Gobierno hubiera cuidado de los ciudadanos españoles que han visto destrozadas sus casa y comercios y se han encerrado en casa muertos de miedo.

España es la paloma sin defensas por culpa de un gobierno negligente. Protegerse no implica carece de valores.

El tiempo que está tardando en dotarse de la coalición institucional (diplomática, legal, física) necesaria para que la cooperación con Marruecos no sea explotable unilateralmente es una muestra de la vulnerabilidad a la que nos ha expuesto Sánchez. ¿Hasta cuándo?