Fotomontaje de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de China, Xi Jinping
China en España: la mayor oportunidad industrial de la década… y la nueva dependencia estratégica
España está viviendo una transformación industrial de primer orden. En los próximos dos años, el país recibirá inversiones chinas en automoción eléctrica y baterías que no tienen precedente en nuestra historia industrial reciente.
Al mismo tiempo, España se está convirtiendo, casi en silencio, en uno de los grandes laboratorios industriales de China en Europa, dentro de un proyecto a largo plazo con un liderazgo muy claro en Pekín. La cuestión es si estamos, ante la mejor noticia industrial de la década, o ante el inicio de una nueva dependencia estratégica.
¿Cuáles son los datos?
CATL y Stellantis construyen la mayor gigafactoría de baterías de España en Figueruelas (Zaragoza), con una inversión de 4.100 millones de euros y más de 3.000 empleos directos.
Hunan Yuneng, uno de los mayores fabricantes mundiales de materiales catódicos LFP, confirmó en mayo de 2026 una planta en Mérida (Extremadura) con 800 millones de euros de inversión, 500 empleos directos en primera fase y subvenciones públicas de 200 millones.
El mayor error que puede cometer España ahora, es no aprender de Alemania.
Hithium firmó con el Gobierno de Navarra en abril de 2026 un acuerdo para instalar una fábrica de baterías con 405 millones de euros y hasta 1.000 puestos de trabajo.
BYD, Chery, Great Wall Motors y otros actores intensifican planes de producción y distribución en España, no ya como exportadores sino como fabricantes dentro del mercado europeo.
Sobre el papel, es una ecuación difícil de rechazar: empleo industrial en zonas castigadas, uso de plantas infrautilizadas, nuevas inversiones en logística y, sobre todo, la oportunidad de que España recupere peso en el mapa europeo de la automoción en el momento en que el sector se está redefiniendo globalmente.
Pero el núcleo para entender la geopolítica es la competencia, y nunca se ofrecen oportunidades sin condiciones. Por eso, la pregunta estratégica relevante no es, si esta inversión es "buena" o "mala" en términos binarios, sino, ¿qué pasará con el margen de maniobra de España y de Europa dentro de diez o quince años, si hoy aceptamos esta ola sin un modelo claro de autonomía industrial y tecnológica?
Formulado de otro modo, ¿se utiliza a España como flanco sur de la estrategia china para entrar en el mercado europeo de la automoción eléctrica, sin pagar el coste político en Berlín o París?
Desde Pekín, España es una jugada impecable
Para entender lo que está ocurriendo en profundidad, conviene mirarlo un momento desde la perspectiva de quien lo diseña; y lo diseña Pekín.
China llega a esta década con tres imperativos estructurales simultáneos:
El primero es un exceso de capacidad industrial en los sectores de mayor crecimiento (vehículos eléctricos, baterías, paneles solares, componentes de la cadena de transición energética) que su mercado interno no puede absorber.
El segundo son los aranceles crecientes en Estados Unidos y Europa, de hasta el 35% en algunos fabricantes de vehículos eléctricos chinos, que encarecen la exportación directa al mercado occidental.
El tercero es la necesidad de anclar presencia física en los mercados más regulados y políticamente relevantes del mundo, para mitigar futuras tensiones comerciales y generar dependencias difícilmente reversibles.
Si no se corrige el diseño actual, España puede llegar a 2035 como uno de los países europeos con mayor peso en industria eléctrica y, al mismo tiempo, menor control efectivo sobre los eslabones críticos de su cadena de valor.
España ofrece una combinación muy jugosa para China: plantas con capacidad ociosa, salarios y costes competitivos dentro de la UE, posición logística privilegiada hacia Europa y África y un clima político receptivo.
Fabricar en España, además de una decisión industrial, es una decisión estratégica que convierte producción china en producción “europea” a ojos de Bruselas, elimina aranceles y sitúa a China dentro del mercado que más dificultades está teniendo para competir con ella.
Desde la racionalidad de largo plazo, es una jugada impecable. Y reconocerlo debe ser el punto de partida de cualquier análisis honesto.
Pero veamos el espejo alemán.
Porque el mayor error que puede cometer España ahora, es no aprender de Alemania.
Durante dos décadas, una parte determinante del éxito industrial alemán descansó sobre una premisa aparentemente sólida: acceso preferente al mercado chino para su automóvil premium y su maquinaria industrial. En Volkswagen, China llegó a representar más de un tercio de las ventas globales. En empresas químicas como Covestro (ex división de Bayer especializada en polímeros avanzados), la exposición a China superaba el 20%.
Ese acceso financió beneficios extraordinarios, empleo estable y superávits comerciales durante años. Por eso nadie lo cuestionó con seriedad mientras funcionaba.
El coste oculto apareció más tarde y fue diverso; en concreto, Berlín tardó en criticar decisiones de Pekín en Hong Kong y Xinjiang cuando los interlocutores del Gobierno tenían en mente decenas de miles de puestos de trabajo vinculados a ese mercado.
Cuando la estrategia industrial china -made in China 2025- pivotó hacia los sectores donde Alemania era dominante como los de la automoción, ingeniería y tecnología limpia, los fabricantes alemanes descubrieron que habían contribuido a financiar y acelerar a sus competidores más peligrosos.
Hoy, la industria automotriz alemana enfrenta un punto de inflexión serio, dado que las importaciones chinas de vehículos, superan ya a las exportaciones alemanas, un sector que representa el 4% del empleo alemán está en caída y el número de quiebras en la cadena de proveedores ha aumentado de forma considerable.
Claramente el error alemán no fue cooperar con China, sino confundir una relación comercial muy rentable a corto plazo, con una arquitectura sostenible a largo, sin preguntarse qué pasaría cuando los incentivos de ambos actores dejaran de estar alineados.
España está hoy en el punto de partida del ciclo alemán, no en su punto de llegada. Esa es la ventaja. También la advertencia.
Y… ¿quién controla la cadena?
Más allá del automóvil, el factor decisivo es quién controla los materiales y tecnologías que hacen posible esta nueva industria. China no solo fabrica coches y baterías. Aporta aproximadamente el 69% de la producción mundial de tierras raras y el 90% de su procesamiento y refinado.
Controla el 94% de la fabricación mundial de imanes permanentes, esenciales para motores eléctricos, turbinas eólicas y la práctica totalidad de los vehículos eléctricos, turbinas eólicas y la práctica totalidad de los vehículos eléctricos.
China piensa en décadas, mientras que en Europa pensamos en trimestres o ciclos electorales de 4-5 años.
Domina la cadena de suministro de baterías de ion-litio, hasta el punto de que la Agencia Internacional de Energía ha calificado como "riesgo sistémico" para la transición energética global.
El Plan XV Plan Quinquenal 2026-2030 lo formula sin rodeos: reforzar el control sobre exportaciones de tierras raras y minerales críticos, como palanca estratégica activa. No es una amenaza hipotética, porque ya en 2025, los controles de exportación provocaron fallos de stocks reales en mercados externos.
Para España esto implica que si las plantas de baterías que se están construyendo en Zaragoza, Mérida y Navarra dependen de materiales catódicos, tierras raras e imanes cuyo suministro está bajo control estratégico de Pekín, la "autonomía industrial española", es en buena medida, una soberanía aparente. El eslabón más débil de la cadena está antes de la fábrica, no dentro de ella.
Hay tres riesgos estructurales (principales)
Hagamos el ejercicio y aceptemos que la inversión llega y que, en términos de PIB y empleo a corto plazo, es obviamente, positiva. La cuestión para un país mediano como España es identificar dónde se concentra el riesgo estratégico real.
El riesgo se concentra, como mínimo, en tres planos:
El de la gobernanza de la cadena de decisión. Si la I+D aplicada, el diseño de celdas de batería, el acceso a materiales críticos y parte de la propiedad de activos clave reside en grupos cuya cadena de mando real responde a Pekín, el margen de decisión local se reduce en la misma proporción.
En un escenario de tensión del estilo de sanciones, crisis en el Estrecho de Taiwán o nuevas normativas, la pregunta no será nada abstracta: ¿a quién responden de verdad las plantas?
Condicionamiento político indirecto, porque cuando una economía regional o nacional, depende de decenas de miles de empleos vinculados a un actor concreto, las decisiones sobre regulación, aranceles o posicionamiento estratégico se vuelven más complejas, por definición.
No es necesario que nadie ejerza presión explícita, porque la dependencia crea sus propios mecanismos de moderación. Alemania lo experimentó durante veinte años antes de reconocerlo públicamente.
Efecto expulsión sobre capacidades propias, dado que, si España se especializa en ser el "suelo industrial bien situado y subvencionado" de actores extranjeros, sin desarrollar simultáneamente propiedad intelectual, ecosistemas propios de I+D y proveedores locales de valor añadido, el resultado puede ser un país muy activo como ensamblador, y muy limitado como generador de tecnología propia.
Ninguno de estos riesgos es inevitable, dado que todos dependen de las condiciones con que se estructure esta ola de inversión.
Más allá de China, pensemos en la ausencia de un modelo estratégico europeo
Desde luego aquí reside el diagnóstico más incómodo … y útil.
China tiene un plan industrial explícito, coherente y ejecutado con disciplina, que se concentra en dominar los eslabones críticos de la cadena eléctrica global (baterías, vehículos, paneles, imanes, tierras raras) y utilizarlos como palanca de poder económico, tecnológico y geopolítico. Lean el Plan Quinquenal mencionado.
Estados Unidos tiene otro antagónico; limitar esa dominación mediante la Ley de Reducción de la Inflación (IRA), reconstruir capacidades propias en semiconductores y energías limpias, y utilizar el acceso a su mercado como condición para que sus aliados reduzcan dependencias críticas de Pekín.
¿Y Europa?
Europa ha avanzado en regulación (Green Deal, taxonomía, normativa de vehículos eléctricos, aranceles al automóvil chino) pero sigue sin un consenso robusto sobre qué quiere fabricar en casa, qué está dispuesta a externalizar y bajo qué condiciones acepta que actores externos, controlen activos estratégicos en su territorio (antes de que se vuelva en su contra).
No se debería regular para los objetivos del presente , dejando un problema creado, para decisores a dos décadas vista.
En España, cuando cada Gobierno regional acepta inversión con la lógica del empleo y el corto plazo, por supuesto comprensible políticamente, pero insuficiente estratégicamente, pero sin condiciones estructurales claras, está decidiendo sin decidir. Y les recuerdo que en geopolítica, las no-decisiones tienen consecuencias tan reales como las decisiones explícitas.
Si no se corrige el diseño actual, España puede llegar a 2035 como uno de los países europeos con mayor peso en industria eléctrica y, al mismo tiempo, menor control efectivo sobre los eslabones críticos de su cadena de valor.
Qué haría una España estratégica
Desde la admiración y el respeto a esa gran nación que es China, la buena noticia es que España todavía está a tiempo de hacer las cosas de manera diferente. El flujo de inversión no ha hecho más que empezar. El margen de negociación existe hoy; dentro de cinco años, cuando las plantas estén construidas y los empleos generados, será mucho más estrecho.
China piensa en décadas, mientras que en Europa pensamos en trimestres o ciclos electorales de 4-5 años.
Por eso, en JPA vemos cuatro líneas de trabajo que marcan la diferencia entre receptor pasivo y actor estratégico:
Gobernanza mixta real, no cosmética; en proyectos de baterías, centros de I+D y nodos logísticos críticos, asegurar presencia significativa de socios europeos (tanto públicos como privados) con capacidad real en los órganos de decisión, no solo participaciones simbólicas.
Transferencia tecnológica con métricas verificables, no limitando la negociación a empleo y metros cuadrados. Estableciendo objetivos claros de formación, desarrollo de proveedores locales y generación de know-how que permanezca en España cuando la coyuntura cambie.
Diversificación de origen, combinando activamente inversión china con coreana, japonesa, norteamericana y europea en los mismos sectores críticos, de manera que ningún actor único domine la cadena de valor de una industria estratégica completa.
Y cláusulas de resiliencia y seguridad, incorporando mecanismos que permitan al Estado o a la UE intervenir en caso de crisis grave del estilo de sanciones, conflicto militar, interrupción de suministros de minerales críticos etc, para asegurar la continuidad de la producción esencial. No entendiéndolo como medidas hostiles, sino como gestión profesional del riesgo soberano.
Les comparto, además, una conclusión que es, en realidad, el comienzo de una conversación
En los próximos años, habrá titulares positivos relativos a empleo industrial recuperado en regiones que lo necesitan, nuevas inversiones anunciadas, inauguraciones de plantas, cifras de exportación que mejoran. Todo eso es bienvenido y real.
La cuestión es qué se dirá en 2040 cuando, en plena crisis geopolítica, un Gobierno español tenga que decidir si apoya nuevas sanciones europeas al automóvil chino, normas más estrictas sobre contenido europeo o una reorientación acelerada de la cadena de suministro… sabiendo que parte de su industria más estratégica depende de decisiones que se toman a 10.000 kilómetros.
China está haciendo exactamente lo que debe hacer una potencia que piensa en 2050, convirtiendo su capital, tecnología y su control de materiales críticos en influencia estructural duradera. Es un imperativo legítimo y no hay nada reprochable en eso. Es inteligencia estratégica aplicada.
Sin embargo, la pregunta es si España y Europa están dispuestas a hacer lo mismo, pensando en 2040, no solo en el próximo trimestre, o próximo año.
Ya conocemos el patrón. Con el petróleo árabe en los años setenta, nadie diseñó conscientemente la dependencia. Con el gas ruso, todos los analistas llevaban quince años advirtiendo y nadie actuó a tiempo. En ambos casos, la dependencia no la construyó nadie contra nosotros, sino que la construimos nosotros mismos, decisión a decisión, sin darnos cuenta. ¿Nos adentramos entonces en una Dependencia 3? 0?
La manera inteligente de relacionarse con China no es elegir entre entusiasmo ciego o rechazo ideológico, sino construir marcos de colaboración donde ambos ganen sin que Europa pierda su capacidad de decidir.
La oportunidad de esta vez, es que sabemos lo que viene. El reloj está corriendo.
*** Jose Parejo es CEO y fundador de Jose Parejo & Associates (JPA), firma de inteligencia estratégica que asesora a consejos de administración e instituciones en análisis geopolítico aplicado, riesgo político y toma de decisiones en entornos de alta incertidumbre.