Ayer, 6 de mayo, las bolsas europeas subían en torno al 3% y el petróleo Brent se hundía un 10%. No había ningún acuerdo firmado entre Washington y Teherán. No había retirada de tropas ni comunicado oficial.

Es cierto que había rumores de negociación, y también un alto el fuego que lleva semanas siendo violado y un estrecho de Ormuz todavía parcialmente bloqueado. Por supuesto, los titulares de los medios seguían siendo, como desde el 28 de febrero, bastante pesimistas. Los mercados, mientras tanto, habían decidido otra cosa. Esa paradoja la explicaba en La Brújula de la Economía, mi compañero de tertulia, José Ramón Iturriaga.

Al parecer, este desfase entre la narrativa informativa dominante y el movimiento de los activos financieros no es una anomalía ni una señal de que los inversores ignoren la realidad. Es un patrón conocido, documentado y con una explicación estructural que merece atención, especialmente en un momento de saturación informativa donde distinguir señal de ruido se ha vuelto una competencia escasa.

Barton Biggs, economista de Morgan Stanley, dedicó un libro entero, Wealth, War & Wisdom (2008), a documentar ese patrón en la Segunda Guerra Mundial. Su tesis es que los mercados no anticiparon el fin de la guerra, sino que anticiparon los puntos de inflexión, y lo hicieron con semanas o meses de antelación respecto a lo que percibían tanto los medios, como los líderes políticos y la opinión pública.

La bolsa de Londres tocó suelo en junio de 1940 y empezó a recuperarse antes de los días más oscuros de la Batalla de Inglaterra, cuando los alemanes bombardeaban la ciudad y preparaban la invasión. El Dow Jones marcó mínimos en abril y mayo de 1942, semanas antes de que la victoria en Midway cambiara el curso de la guerra en el Pacífico.

Las acciones de Berlín alcanzaron su máximo cuando las patrullas alemanas avanzadas podían ver las torres de Moscú, mucho antes de que nadie hablara de Stalingrado. En los tres casos, el mercado no sabía lo que iba a ocurrir. Pero procesaba, antes que nadie, las probabilidades de que ocurriera.

El mecanismo que explica esa ventaja epistémica no es la sabiduría de ningún analista en particular, sino la arquitectura del sistema. Los mercados son dispositivos de agregación distribuida. Se trata de miles de actores con dinero real en juego, que incorporan simultáneamente señales heterogéneas, desde datos de tráfico marítimo o conversaciones con aseguradoras, hasta posicionamiento de flotas y movimientos diplomáticos no publicados.

El mercado no sabía lo que iba a ocurrir. Pero procesaba, antes que nadie, las probabilidades de que ocurriera

Y por supuesto, como diría Taleb, hay skin in the game, quien se equivoca, paga. Ese mecanismo corrector, brutal y automático, no existe ni en los medios de comunicación ni en las redes sociales, donde el incentivo es la intensidad emocional, o el alineamiento político, no la precisión probabilística.

Lo que hace particularmente instructiva la crisis de Ormuz de 2026 es que los mercados no han contado una sola historia, sino dos simultáneas y aparentemente contradictorias.

Por un lado, el petróleo ha seguido la guerra casi literalmente. De los 70 dólares antes del conflicto, escaló hasta los 126,40 el 30 de abril, precio máximo desde 2022, y ha oscilado violentamente con cada incidente en el estrecho. Las bolsas, en cambio, absorbieron el golpe inicial en marzo, cuando el Ibex 35 retrocedió un 7%, y luego protagonizaron una recuperación que llevó al S&P 500 y al Nasdaq a marcar máximos históricos en plena guerra.

Pero si lo pensamos bien, la paradoja es solo aparente. El petróleo descuenta semanas, es decir, la interrupción física del suministro es inmediata y medible. La renta variable, por su parte, descuenta años, es decir, los inversores calculan que el conflicto es geográficamente contenible y que la economía subyacente, que está impulsada por resultados empresariales que superaron las previsiones en el primer trimestre, sigue su trayectoria. Es la lectura del mismo hecho desde dos activos diferentes.

Ahora bien, este mecanismo tiene límites que conviene mencionar. Por ejemplo, en conflictos sin estructura de resolución reconocible, sin partes con intereses económicos medibles y sin información procesable sobre el desenlace, los mercados oscilan sin señal estable y muchas veces amplifican el ruido en lugar de filtrarlo. Y hay un caso límite que se saca siempre que se quiere invalidar el argumento cuando se aplica sin matices. ¿Por qué nadie (o casi nadie) previó la crisis financiera de 2008?

En ese episodio los mercados no fallaron en leer la realidad, sino que, de alguna manera, la generaron. Los instrumentos financieros validados por razones políticas crearon el riesgo sistémico que luego fueron incapaces de anticipar. Usarlos como referencia en ese contexto no habría sido prudencia, habría sido el problema mismo.

El contraste entre la cobertura mediática de la crisis de Ormuz y el comportamiento de los mercados no invita, por tanto, a sustituir un sistema por el otro sino a leerlos en paralelo sabiendo qué pregunta responde cada uno. Los medios y las redes son susceptibles de manipulación ideológica. Los mercados, cuando funcionan en sus condiciones óptimas, calculan la probabilidad del futuro.

Eso sí, el análisis del mercado “suena” más frío y menos humano que los titulares que nos llevan a temer por nuestra seguridad económica. Y ya se sabe, nada como el miedo para que los ciudadanos acepten cualquier medida económica que, con la excusa de la guerra, van a terminar pagando ellos, y las futuras generaciones.