Europa vuelve a hablar de soberanía tecnológica, y lo hace con una mezcla de urgencia, ambición y, también, una cierta dosis de autoengaño. La idea no es nueva: lleva años flotando en Bruselas, alimentada por escándalos de privacidad, abusos de posición dominante y una dependencia casi total de infraestructuras digitales controladas desde Estados Unidos.

Pero lo que estamos viendo ahora es diferente. Ya no es solo retórica regulatoria. Es política industrial, dinero público y una narrativa cada vez más explícita: no podemos seguir siendo una colonia digital.

El problema es que decirlo es fácil. Dejar de serlo, no tanto.

Europa depende de Estados Unidos en prácticamente todas las capas críticas de la economía digital. Desde la nube, dominada por Amazon, Microsoft y Google, hasta los chips avanzados, pasando por los sistemas operativos, las plataformas de desarrollo, las herramientas de inteligencia artificial y, por supuesto, las grandes plataformas de consumo.

Incluso cuando creemos estar usando soluciones “europeas”, muchas veces lo hacemos sobre infraestructuras que no lo son. La soberanía tecnológica europea, en ese sentido, es hoy mucho más aspiracional que real.

Las startups europeas construyen sus productos sobre APIs de OpenAI o Google porque son las que funcionan

La reacción institucional ha sido clara: regulación, por un lado, e inversión, por otro. La Digital Markets Act y la Digital Services Act han intentado poner límites al poder de las grandes tecnológicas.

La AI Act aspira a convertir a Europa en el referente mundial en gobernanza de la inteligencia artificial. Y, en paralelo, se anuncian inversiones millonarias en centros de datos, capacidades de computación y proyectos de inteligencia artificial “made in Europe”.

Todo ello acompañado de un discurso que insiste en la autonomía estratégica como condición para la seguridad, la competitividad y, en última instancia, la democracia.

Pero hay una contradicción evidente que apenas se discute: Europa quiere independencia sin renunciar a la comodidad de la dependencia.

Las grandes empresas europeas siguen contratando servicios en la nube de proveedores estadounidenses porque en muchos casos son, sencillamente, mejores, más escalables y más baratos. Las startups europeas construyen sus productos sobre APIs de OpenAI o Google porque son las que funcionan.

La clave no está en desconectarse, sino en reducir vulnerabilidades críticas y ganar capacidad de decisión

Los gobiernos almacenan datos sensibles en infraestructuras que, en última instancia, están sujetas a legislación norteamericana que no garantiza absolutamente nada. Y cuando se habla de crear alternativas europeas, el entusiasmo suele diluirse en cuanto aparecen los costes, la falta de escala o la burocracia.

España es un buen ejemplo de esta ambivalencia. Por un lado, se posiciona como hub de centros de datos, atrae inversiones y habla de liderazgo en inteligencia artificial en el sur de Europa. Por otro, ese liderazgo se construye, en gran medida, como anfitrión de infraestructuras de empresas extranjeras.

No deja de ser significativo: aspiramos a ser soberanos, pero celebramos cuando vienen otros a desplegar su infraestructura en nuestro territorio.

La cuestión clave es si Europa puede, de verdad, competir en este terreno o si su papel va a ser otro. Porque la soberanía tecnológica no se decreta, se construye, y hacerlo exige algo más que regulación y subvenciones.

Exige asumir riesgos, aceptar fracasos y, sobre todo, apostar por campeones propios con una ambición global que Europa no siempre ha demostrado tener.

Durante años, el continente ha confiado en que su capacidad normativa compensaría su debilidad industrial. El famoso “Brussels effect”: si no puedes liderar la innovación, lidera las reglas.

Y, en parte, ha funcionado. Europa ha marcado estándares en privacidad, competencia y, ahora, probablemente lo hará en inteligencia artificial.

Pero regular no equivale a competir. Y el riesgo es evidente: convertirnos en un espacio donde se decide cómo deben comportarse las tecnologías… que otros desarrollan.

Hay, además, un elemento geopolítico que añade presión: con un desequilibrado en la Casa Blanca, la relación transatlántica ya no es tan predecible como antes. Las tensiones comerciales, los cambios políticos en Estados Unidos y la creciente rivalidad con China obligan a Europa a replantearse su posición.

La dependencia tecnológica deja de ser sólo un problema económico para convertirse en un problema de seguridad. Y eso cambia las prioridades.

Sin embargo, conviene evitar una lectura simplista. La interdependencia no es necesariamente negativa. De hecho, forma parte de cómo funciona la economía global. Pretender una autosuficiencia total en tecnología no solo es irreal, sino probablemente indeseable. La clave no está en desconectarse, sino en reducir vulnerabilidades críticas y ganar capacidad de decisión.

Eso implica elegir bien las batallas. No tiene sentido intentar replicar todo lo que hacen las big tech estadounidenses. Pero sí puede tenerlo apostar por áreas estratégicas donde Europa tenga ventajas o pueda desarrollarlas: ciertas aplicaciones industriales de la inteligencia artificial, infraestructuras públicas digitales, estándares abiertos, o modelos que integren mejor valores como la privacidad o la transparencia.

El problema es que eso requiere foco, coherencia y, sobre todo, tiempo. Y Europa no siempre ha demostrado ser especialmente hábil en ninguna de esas tres cosas.

Mientras tanto, el discurso de la soberanía tecnológica seguirá creciendo. Es atractivo, políticamente rentable y conecta con una preocupación legítima. Pero si no se traduce en decisiones concretas y, sobre todo, en resultados, corre el riesgo de quedarse en lo que tantas veces ha sido: una aspiración bien intencionada que choca contra la realidad de un mercado global dominado por otros.

La pregunta, en el fondo, no es si Europa quiere ser soberana tecnológicamente. Es si está dispuesta a hacer lo necesario para serlo. Y eso, como casi siempre, implica costes que aún no parece del todo dispuesta a asumir.

***Enrique Dans es profesor de Innovación en IE University.