Torre Eiffel
No hay nada más nocivo que un burgués con mala conciencia y una bicicleta subvencionada entre las piernas. Así, el ufano sustituto de Anne Hidalgo en París, cierto Emmanuel Grégoire.
Las elecciones municipales de Francia, que han vuelto a teñir de verde fosforito y rosa pálido –cada vez más pálido– el mapa político de las grandes concentraciones urbanas del país, novísimos feudos amurallados donde los ganadores locales de la globalización moran indiferentes a la suerte de las periferias que subsisten extramuros de sus precios inmobiliarios prohibitivos, si algo reflejan es la culminación de un proceso de secesión espiritual, el de esas élites satisfechas y cosmopolitas en relación a la vieja República renqueante y sus añejos ideales nacionalistas, los de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
La izquierda francesa, la misma que no hace tanto aspiraba aún a la liberación de la humanidad bajo el estandarte de la Razón universal, ha acabado optando por encerrarse en sus carísimos dúplex de marfil para, desde allí, gestionar su exquisita decadencia ecosostenible, siempre de espaldas al vulgo desdentado y lepenista que la acecha desde el resentimiento de los extrarradios suburbiales.
Porque la victoria de esa izquierda exquisita en las secciones censales con los precios por metro cuadrado más altos de Europa, nadie se engañe, no es la de los trabajadores y las clases populares, sino la de una pequeña aristocracia del saber práctico, la integrada en las cadenas transnacionales de valor que ha descubierto en el ecologismo y las bicis eléctricas de diseño la coartada perfecta para practicar un clásico de nuevo cuño.
Así, Francia, laboratorio político del que siempre conviene desconfiar por su sesgo hacia el narcisismo exhibicionista y el exceso retórico lindante con la charlatanería, ha quedado fracturada en dos tras esos comicios del domingo pasado. Otra vez, pues siempre ocurre lo mismo, al punto de que ya es tradición.
La izquierda caviar que a estas horas todavía sigue comentando con entusiasmo su épica victoria en la Francia urbana
Por un lado, las grandes metrópolis multiculturales y gentrificadas; por otro, la Francia que nunca sale en las guías turísticas, la que contempla con estupor creciente cómo sus élites capitalinas se preocupan más por el carril bici en el Boulevard Saint-Germain que por el precio del diésel que le permita llegar cada mañana al puesto de trabajo.
Una élite, la de esos ciclistas urbanos expertos en dietas no calóricas y consumo sostenible, la misma que se horroriza ante la vulgaridad estética del populacho iletrado y desposeído que engorda las filas de la Agrupación Nacional, que hace tiempo que cambió la lucha de clases por la lucha de frases.
Lo suyo, ya se sabe, es el discurso para envolver la nada con muy vistoso papel de celofán progresista. Una nada adanista que ha terminado por hacer del urbanismo de vanguardia una implacable herramienta de ingeniería social.
Así, al encarecer el acceso al centro de las ciudades mediante restricciones verdes, peatonalizaciones ubicuas y un sinfín de reglamentos ideados para la penalización de los desplazamientos en automóvil, han convertido los ensanches históricos de las grandes urbes, con París a la cabeza, en territorios vedados para el vulgo, los franceses de a pie ajenos al grupo cada vez más restringido que integran los elegidos, esos que pueden permitirse pagar cinco euros por un café en cualquier bar normalito al salir del trabajo, todo antes de dirigirse a pie a su piso familiar de cien metros cuadrados y un millón y medio de euros.
He ahí, por lo demás, la izquierda caviar que a estas horas todavía sigue comentando con entusiasmo su épica victoria en la Francia urbana. Esa Francia enamorada de su superioridad moral, la de las élites que viven en una burbuja de servicios subvencionados y purismo ambiental, siempre protegidas del país real por esos infranqueables muros invisibles que constituyen los precios de la vivienda.
Solo Madrid y Lisboa ilustran hoy una tendencia contraria a esa ortodoxia dominante
Por lo demás, cuanto acaba de ocurrir en una muy pequeña parte de la superficie urbana de Francia, la formada por la capital y otras contadas metrópolis integradas en las cadenas transnacionales que generan intangibles de alto valor agregado a escala global, es lo mismo que ya se vio antes en aglomeraciones con características parejas.
Hablamos de sitios como Londres, Roma, Ámsterdam, Bruselas, Barcelona, Copenhague, Estocolmo o la Nueva York de ese ya icónico musulmán progre, Mandani (solo Madrid y Lisboa ilustran hoy una tendencia contraria a esa ortodoxia dominante). Y es que no solo comparten un mismo perfil socioeconómico, sino también similar sociología electoral.
Lo de ahora en París, por ejemplo, no deja de resultar un calco casi perfecto en términos políticos de lo acontecido hace unos meses en Nueva York. En todos los casos, estamos asistiendo a un novedoso, paradójico y muy contraintuitivo modelo de alianza política interclasista.
Es ese en el que se reúnen bajo un mismo paraguas electoral tanto los de arriba y muy arriba, por un lado, como los de más abajo, por el otro. Una extraña convergencia de los extremos, la que dota de peso electoral a esa nueva izquierda descafeinada que triunfa en las metrópolis globales.
Élites formadas por jóvenes directivos y trabajadores del conocimiento con habilidades de alto nivel en los sectores punteros de la economía digitalizada se mezclan con un electorado procedente de los grupos más pobres y nacionalmente desarraigados, estrato donde siempre representa un peso relevante la población de origen inmigrante y cultura de matriz no occidental.
Los nuevos pobres y los nuevos ricos agrupados tras una misma bandera. Y frente a ellos, las clases populares tradicionales y de estirpe autóctona, el público objetivo de la añeja izquierda clásica durante los dos últimos siglos que precedieron al XXI, encuadradas ahora en las filas de la extrema derecha chauvinista. En fin, siempre les quedará París.
*** José García Domínguez es economista.