Esta semana, el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, ha disuelto el Parlamento andaluz y ha convocado elecciones. El PSOE andaluz ha decidido que María Jesús Montero es la mejor candidata posible para liderar el partido en las elecciones del 17 de mayo. Probablemente tienen razón. Y ahí está exactamente el problema.

Porque Montero es, por méritos propios, una candidata extraordinariamente mala. Hagamos un breve pero sustancial recorrido por sus “hazañas”. Como consejera de Hacienda de la Junta, a pesar de que la legislación andaluza la designaba explícitamente como la autoridad competente para impulsar acciones judiciales destinadas a recuperar importes defraudados a la Hacienda autonómica, no impulsó ninguna para recuperar los 680 millones que el Tribunal Supremo confirmó como malversados en los ERE, el mayor caso de corrupción institucional de la democracia española.

Como consejera de Salud, el gasto sanitario andaluz cayó cerca de 1.500 millones entre 2009 y 2013, se perdieron casi 8.000 efectivos en el SAS y se ocultaron cientos de miles de pacientes en listas de espera. Como ministra de Hacienda, ha avalado más de noventa subidas fiscales mientras negaba públicamente estar subiendo impuestos.

Y cuando el TSJC absolvió a Dani Alves, declaró una "vergüenza" que la presunción de inocencia estuviera "por delante" del testimonio de las víctimas, provocando un rechazo unánime de todas las asociaciones de jueces y fiscales del país.

Podría seguir. Pero para qué. Lo interesante es la pregunta que este inventario plantea: ¿cómo es posible que un partido que gobernó Andalucía durante 37 años consecutivos, que controló durante décadas cada palanca institucional de la comunidad más poblada de España, llegue a 2026 con 30 diputados y su mejor baza sea alguien con ese historial?

El criterio de ascenso se desplaza desde quien mejor gestiona a quien mejor encaja en la red

La respuesta no está en Montero, muy a pesar de su descomunal ego. Está en el bucle que la ha producido.

Primer eslabón: cuando un partido gobierna con recursos institucionales ilimitados durante décadas, deja de necesitar talento. Lo que necesita es lealtad. Es decir, el criterio de ascenso se desplaza desde quien mejor gestiona a quien mejor encaja en la red.

Quien no hace preguntas incómodas, quien cubre las espaldas al que tiene el poder de promoverle. Esa es la lógica adaptativa de cualquier organización que no rinde cuentas ante una competencia real. Y, en el caso español, es el santo y seña de Pedro Sánchez.

Segundo eslabón: la cantera se degrada sin que nadie lo perciba. Cada promoción por lealtad excluye a alguien por competencia.

Multiplicado por miles de nombramientos y décadas de gobierno, el resultado es una élite política perfectamente adaptada al sistema clientelar e inadaptada a cualquier otra cosa. El PSOE-A llega a 2026 sin un solo líder creíble que no cargue con el peso de aquel sistema. Montero es el resultado.

Montero abandona el Gobierno para jugárselo todo por Andalucía, pero mantiene su escaño en el Congreso para conservar su condición de funcionaria y su reserva de plaza en el hospital Virgen del Rocío

Tercer eslabón: la cultura lo convierte en invisible. Lo que en una comunidad de vecinos sería escándalo, como ascender al que te debe favores en lugar del más capaz o proteger al corrupto de la casa antes que al erario, en se asume como fidelidad.

La cultura en la que nos movemos hace el bucle transparente, es decir, nadie lo percibe como deterioro porque lleva tanto tiempo ahí que parece natural. Por eso Montero puede presentarse a defender la sanidad pública andaluza sin que su partido pestañee. 

Cuarto eslabón: el sistema se vuelve incapaz de autocorregirse. Cuando llega el momento de renovar el liderazgo, quienes deciden son exactamente quienes el propio bucle ha seleccionado.

Y lo hacen según los mismos criterios que los seleccionaron a ellos. Por eso no se ha producido ningún liderazgo renovador creíble. Y ahí está Montero, bajada de las nubes, como candidata ideal. Y única posible. 

Hay un detalle que resume todo esto: Montero abandona el Gobierno para jugárselo todo por Andalucía, pero mantiene su escaño en el Congreso para conservar su condición de funcionaria y su reserva de plaza en el hospital Virgen del Rocío. La candidata que nos dice que en estas elecciones "nos jugamos la salud y la vida" se guarda la red. 

Benito Arruñada publicó un libro el pasado noviembre cuya tesis central es que nuestras instituciones no fallan solo por culpa de los políticos, sino porque reflejan nuestras propias preferencias como ciudadanos. Tiene razón. Pero hay una capa más en el argumento que el caso Montero ilumina con especial crudeza: el deterioro de las élites no es solo consecuencia de malas preferencias ciudadanas.

Es también consecuencia de un sistema que, durante décadas, ha tenido todos los incentivos para producir exactamente este tipo de élite. Un sistema donde la lealtad premia más que la competencia, donde el coste de la inacción ante la corrupción es cero, donde la cultura absuelve al de casa antes de leer el sumario.

Los bucles de retroalimentación que explican el deterioro de las élites no necesitan villanos. Solo necesitan que cada actor responda racionalmente a los incentivos que tiene delante.

Y cuando eso ocurre durante el tiempo suficiente, el resultado es un partido que ya no puede producir otra cosa más que una mala candidata.

El 17 de mayo los andaluces decidirán. Pero la pregunta más interesante no es si Montero gana o pierde. Es si alguien, en cualquier partido, tiene incentivos reales para preguntarse cómo se ha llegado hasta aquí. Porque mientras el bucle siga girando, la respuesta a esa pregunta también es la mejor disponible.