Panel de la bolsa

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Opinión

El mercado entra en pánico: ¿momento de vender o de comprar?

Manuel Pinto
Publicada
Actualizada

Los mercados financieros han vuelto a reaccionar con nerviosismo ante el aumento de la tensión geopolítica. Como suele ocurrir en estos episodios, el patrón se repite: incertidumbre, caídas y un deterioro rápido del sentimiento inversor.

La pregunta es inevitable: ¿es momento de vender para protegerse… o de empezar a comprar?

Para abordar esta cuestión, conviene separar el análisis en dos horizontes temporales: el corto y el largo plazo.

El corto plazo: miedo justificado, pero incompleto.

El consenso actual del mercado es claro. Si el conflicto se prolonga, el shock energético podría intensificarse, reavivando presiones inflacionistas y afectando negativamente al crecimiento económico global. Este escenario es real y no debe subestimarse.

Además, este tipo de shocks introduce un riesgo adicional especialmente incómodo para los bancos centrales: la estanflación. Un entorno de menor crecimiento combinado con presiones inflacionistas limitaría su margen de actuación, obligándolos a mantener una política monetaria restrictiva durante más tiempo del deseado, lo que incrementaría la presión sobre el consumo, la inversión y, en última instancia, sobre los mercados financieros.

Estados Unidos se enfrenta a una deuda que ya supera los 39 billones de dólares

Sin embargo, centrarse únicamente en él implica ignorar una variable clave: la creciente presión interna en Estados Unidos, tanto política como financiera.

Desde el punto de vista político, el desgaste en la popularidad de Donald Trump introduce incentivos claros para evitar un conflicto prolongado que impacte en el coste de vida o en la estabilidad económica.

Pero es en el plano financiero donde la presión resulta más evidente. Estados Unidos se enfrenta a una deuda que ya supera los 39 billones de dólares, con aproximadamente un 25% de la misma pendiente de refinanciación en los próximos doce meses. A esto se suma un entorno de tipos elevados, con el bono a dos años cerca del 4%, lo que incrementa de forma significativa el coste de financiación.

El resultado es un aumento progresivo del peso de los intereses dentro del presupuesto público, en un contexto en el que, además, la fortaleza del dólar está ampliando el déficit comercial.

Este conjunto de factores no es teórico. Ya ha condicionado decisiones en el pasado reciente. Sin ir más lejos, en abril de 2025, tras el denominado “Día de la liberación”, el repunte de los rendimientos obligó a un cambio de postura en la política comercial estadounidense.

La historia financiera muestra que los momentos de mayor tensión suelen coincidir con las mejores oportunidades de entrada, no porque el riesgo desaparezca

La lección es clara: el mercado de bonos —el más importante del mundo— actúa como un mecanismo disciplinario.

En este contexto, cabe plantear un escenario alternativo al dominante: que la combinación de presión social y tensión en el mercado de deuda fuerce una desescalada más rápida de lo esperado.

Y si eso ocurre, los mercados no esperarán confirmación. Simplemente subirán.

El largo plazo: la memoria del mercado

Más allá del ruido a corto plazo, la historia reciente ofrece una referencia útil. En 2022, las economías desarrolladas afrontaban un entorno complejo: inflación elevada (7,5% en Estados Unidos y más del 5% en Europa a comienzos de año), endurecimiento monetario y un fuerte shock energético derivado del conflicto en Ucrania.

A pesar de ello, los mercados comenzaron a recuperarse en un plazo de pocos meses, incluso con la guerra aún en curso.

La explicación es estructural: los mercados no reaccionan al presente, sino a las expectativas futuras. Cuando los peores escenarios están suficientemente descontados, el siguiente movimiento suele ser al alza.

Hoy, además, el punto de partida presenta algunas diferencias relevantes. La inflación está más contenida, los tipos de interés ya se encuentran en niveles restrictivos y el sistema energético global es más flexible y diversificado que en aquel momento. Esto no elimina los riesgos, pero sí sugiere que las economías están mejor preparadas para absorber un shock.

A ello se suma un elemento adicional: en las crisis económicas tradicionales, la respuesta suele ser monetaria —más liquidez, más estímulos—. En un contexto como el actual, la respuesta puede ser también física: aumento de la oferta energética, liberación de reservas estratégicas o intervención directa en rutas clave.

Como apunta Ray Dalio, el control del Estrecho de Ormuz es un factor determinante. No sería descabellado pensar que, en algún momento, la estabilización de esta vía —por ejemplo, mediante la presencia directa de Estados Unidos— actúe como catalizador para el final del conflicto. Probablemente, llegado ese punto, ninguna de las partes declarará una derrota. Pero el mercado tampoco lo necesita.

Conclusión: el precio del miedo

En última instancia, la cuestión no es si el entorno es incierto —lo es—, sino si esa incertidumbre ya está reflejada en los precios.

La historia financiera muestra que los momentos de mayor tensión suelen coincidir con las mejores oportunidades de entrada, no porque el riesgo desaparezca, sino porque el mercado lo sobredimensiona en el corto plazo, que por supuesto tiene sus motivos para estar donde está.

Para mí el verdadero desafío para el inversor no es evitar la volatilidad, sino interpretar cuándo el miedo deja de ser información… y pasa a ser oportunidad.

Porque, como ocurre con frecuencia, el mayor riesgo no es la caída.

Es quedarse fuera cuando todo gira.

***Manuel Pinto es analista de XTB