La verdadera fortaleza de Irán está en colapsar el estrecho de Ormuz y su capacidad de golpear a los emiratos del norte de Arabia Saudí. Sin esas variables la guerra es un conflicto local iraní-israelí, que acabaría con el desgaste de los dos bandos.

Lo que preocupa al mundo es la deriva económica del ataque de EEUU e Israel. En particular el efecto sobre los precios de los carburantes.

El grueso de los países desarrollados, incluyendo a China, dependen de la producción petrolífera y de gas de la península arábiga, cuyo paso natural es el estrecho de Ormuz. Probablemente el menos afectado es el continente americano, lejos del conflicto, tienen suficiente producción propia para prescindir del petróleo asiático. Más aún, desde que Trump ha satelizado a Venezuela a su favor.

Si Irán consigue parar ese tráfico marítimo durante mucho tiempo todos lo pasaremos mal.

La solución es parar la guerra o abrir el estrecho de Ormuz.

El derecho internacional hoy es más un deseo que una realidad, una inanidad que se aplica según los intereses fácticos en juego

La derrota total de Irán y su cambio de régimen es complicada. Ocupar un territorio de 1.648 kilómetros2 (3,3 veces España) y 93 millones de habitantes (el doble de España) no es fácil. De hecho, es la mayor incógnita en esta guerra. Cambiar su régimen, de base religiosa, es complejo.

No hay duda de la superioridad de EEUU en armamento, en calidad y cantidad. Pero sí hay dudas sobre la capacidad de ocupar el terreno. El pentágono, consciente de ello, hasta la fecha, no parece tener intenciones de desembarco de infantes en territorio iraní.

La derrota de EEUU, y su retirada total, es improbable y necesitaría mucho tiempo.

Mientras tanto, los Ayatolás ocupando la costa norte del estrecho de Ormuz, pueden secuestrar las economías del mundo desarrollado.

El domingo pasado parecía que los Ayatolás dejarían de atacar a los emiratos y permitirían el paso de las embarcaciones. Ahora, con la elección de Mojtaba Jameini, del ala dura, no parece posible.

Cualquier embarcación que viaje por el estrecho de Ormuz es atacable desde la ribera norte. Basta un soldado y un lanzacohetes. Por eso es urgente evitarlo.

La solución es una congelación bélica de esa zona ¿Quién la ejecuta?

El presidente francés, Emmanuel Macrón, propuso una coalición internacional “defensiva” para asegurar la circulación por el mismo; congelar el conflicto EEUU/Israel-Irán en la zona de estrecho.

Existen bases jurídicas internacionales para esa congelación bélica del estrecho de Ormuz. Según la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (COVEMAR) el derecho de paso comercial no se puede suspender por los estados ribereños.

Irán firmó el COVEMAR, pero no lo ha ratificado. Lo interpreta a su manera. No quiere el paso de barcos hostiles, buques de guerra norteamericanos e israelíes. Considera que no los protege el derecho internacional marítimo.

¿Qué pasa si buques franceses o de otra nacionalidad del occidente son atacados escoltando en misiones de paz a transportes comerciales?

¿Se podría considerar una declaración de guerra? De momento Macron ha desistido en aplicar COVEMAR. no parece que el Derecho internacional pese mucho.

Los contrarios a la guerra, lo mismo que piden el respeto a la legalidad internacional por parte de EEUU, deberían hacerlo con los Ayatolás.

No lo han hecho con la violación de los derechos humanos de los iraníes por parte de su gobierno. ¿Lo harían por los derechos “comerciales” de los barcos de países que no están en el conflicto?

¿Quiénes están fuera del conflicto? ¿Los que han dicho que no participarían en operaciones de ataque y dejan su territorio a bases de EEUU?

La conclusión: el derecho internacional hoy es más un deseo que una realidad, una inanidad que se aplica según los intereses fácticos en juego.

Ya lo dijo Úrsula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea delante de su cuerpo diplomático y es lo que piensa, aunque luego rectificó para ser políticamente correcta. Según sus palabras iniciales, apelar al derecho internacional en el nuevo orden internacional, es una ingenuidad y yo añado: en el caso de Sánchez un truco electoral.

** J. R. Pin Arboledas es profesor del IESE.