Hay una forma muy sofisticada de resignación: se llama realismo histórico. No suena a lamento, sino a lucidez documentada.
Hace unos días, el economista Jesús Fernández-Villaverde recordaba que la burguesía madrileña “no dio para más” en 1848, 1868, 1876, 1917 o 1931; que la Transición fue, en buena medida, fruto de accidentes favorables y tutela exterior; y que si el 23-F hubiera tenido protagonistas menos incompetentes, la historia habría podido torcerse.
La tesis es incómoda y, en parte, convincente: España habría dependido más de coyunturas que de acumulación institucional sólida.
Conviene conceder algo esencial: nuestra trayectoria no ha sido lineal ni acumulativa. El siglo XIX ofrece un repertorio de oportunidades modernizadoras frustradas.
Las desamortizaciones no generaron una amplia clase media rural; la racionalización agrícola fue incompleta; la industrialización llegó tarde y de manera desigual; los intentos liberales chocaron con estructuras sociales rígidas y con una polarización temprana que impedía coaliciones estables. No faltaron intelectuales brillantes ni reformistas sinceros; faltó continuidad y capacidad de cooperación sostenida.
El triunfo de las élites puede llevar a la endogamia y la corrupción
El siglo XX no resolvió del todo ese patrón. La Restauración estabilizó sin incluir; la República no logró consensos duraderos; la Guerra Civil rompió las élites; el franquismo modernizó la economía sin liberalizar la política; y la Transición fue un pacto excepcional, pragmático, nacido del miedo al retorno del conflicto y del cálculo racional de actores que entendieron que perderlo todo era peor que ceder algo. Fue un logro, sí, pero también una contingencia afortunada.
Hasta aquí, el realismo histórico es útil. El problema aparece cuando el diagnóstico deriva en ontología nacional, es decir, cuando pasamos de “esto ocurrió” a “esto somos”.
La historia deja entonces de ser análisis para convertirse en identidad. Y las identidades, cuando son fatalistas, exoneran. Y eso es uno de los pecados del pesimismo español. La mediocridad se naturaliza.
Para pensar esto con más rigor conviene recordar la teoría de las élites de Vilfredo Pareto quien defendía que siempre gobierna una minoría organizada y que la estabilidad depende de la circulación de las élites. Para Pareto, cuando se enquistan las élites, el sistema se degrada y cuando se renuevan, puede revitalizarse.
Por otro lado, como nos enseñó Robert Michels en su ley de hierro de la oligarquía, sabemos que toda organización tiende a concentrar el poder. Así que el triunfo de las élites puede llevar a la endogamia y la corrupción.
La Transición fue posible porque el agotamiento de la dictadura generó un consenso mínimo
La cuestión es qué tipo de élites emergen y bajo qué incentivos. Aquí está el núcleo del debate: ¿surgen élites de mayor calidad porque el sistema recompensa la competencia técnica, la virtud cívica y la cooperación? ¿O son las élites las que diseñan reglas que mejoran o empeoran esos incentivos? La respuesta honesta es circular: reglas y élites coevolucionan.
En un equilibrio institucional de baja calidad, como el nuestro, el clientelismo es racional, la polarización es rentable y la virtud cívica no compensa. En ese entorno, no prosperan necesariamente los mejores, sino los más adaptados al juego. Y quienes prosperan tienen pocos incentivos para reformarlo.
España parece haber oscilado históricamente entre episodios de reforma y largos periodos de amortiguación. Por amortiguación me refiero a tener suficiente capacidad para evitar el colapso, gracias al apoyo de la red familiar, a la pertenencia a la Unión Europea, pero insuficiente presión para provocar reformas profundas. No se derrumba el edificio, solamente se parchea, y si funciona el parche, se desactiva la urgencia.
La decadencia no siempre estalla; a veces se institucionaliza. Se normaliza el deterioro del debate público, y lo que es peor, se asume la colonización partidista de organismos y se tolera la corrupción episódica como ruido de fondo.
Tal vez el contraste con Estados Unidos, donde trabaja Fernández-Villaverde, puede intensificar el pesimismo comparativo. Porque EEUU también sufre polarización y captura, pero cuenta con una acumulación institucional más larga y profunda.
Comparar trayectorias puede inducir la sensación de inferioridad estructural. Sin embargo, la pregunta relevante no es si somos peores, sino si hemos aprendido.
Y aquí hay otra lectura de nuestra historia: España ha reaccionado cuando el coste de no hacerlo se ha vuelto insoportable. La Transición fue posible porque el agotamiento de la dictadura generó un consenso mínimo. Nuestra sociedad aprende no tanto por virtud espontánea, sino por necesidad.
El problema es que el aprendizaje institucional es discontinuo y doloroso. Y no hay garantías de que el hartazgo produzca élites mejores. Puede producir, también, populismos más eficaces en capitalizar el malestar. La presión cambia el equilibrio, pero no determina su dirección. Y en esas estamos.
De ahí la pregunta incómoda y demoledora ¿y si nuestro sistema tiene suficiente capacidad de amortiguación para evitar el colapso, pero no suficiente tensión para provocar la reforma? En ese caso, el mayor riesgo no es el derrumbe, sino la habituación, que convierte la política en gestión de supervivencia y la ciudadanía en autoprotección privada.
El realismo histórico es necesario. Nos recuerda la contingencia y desmonta la complacencia, pero si deriva en fatalismo cultural, se convierte en profecía autocumplida. Las élites mejoran cuando cambian los incentivos que las seleccionan y cuando la sociedad exige mecanismos de corrección como rendición de cuentas, competencia abierta e independencia institucional, en lugar de perfeccionar mecanismos de amortiguación.
Finalmente, entre el pesimismo elegante y el optimismo ingenuo hay un espacio más exigente que consiste en reconocer patrones, aceptar la incertidumbre y, aun así, actuar sobre los incentivos. Porque la historia no nos condena, nos condiciona. Y la diferencia entre condicionamiento y destino depende, en última instancia, de si preferimos amortiguar indefinidamente o corregir a tiempo.