Fotomontaje inspirado en Elon Musk

Fotomontaje inspirado en Elon Musk Manuel Ramírez

Opinión La máquina invisible

El(on) trampolín de Davos

María Millán
Publicada

Larry Fink, gestor de 10 billones de dólares, tuvo que pedir bis de aplausos para Elon Musk en Davos. "Eso no fue un gran aplauso. Empiecen de nuevo", ordenó el CEO de BlackRock ante una audiencia que no sabía si presenciaba revelación o espectáculo corporativo. Durante 30 minutos, Musk vendió el futuro de la humanidad mientras el mundo intentaba decidir si comprarlo.

Musk irrumpió en el Foro Económico Mundial —tras años de despreciar el evento como "aburrido" y "gobierno mundial no electo"— con predicciones entre lo visionario y lo delirante. "Habrá más robots que personas". "En cinco años, la IA será más inteligente que toda la humanidad". “Los robots Optimus a la venta para 2026”. “SpaceX desplegando 9.000 satélites buscando vida inteligente porque la conciencia humana es una frágil vela que proteger.”

Nada nuevo. Musk ya prometió colonias en Marte para 2024 y un millón de usuarios de chips cerebrales de Neuralink para 2022. Vender fechas para la nueva realidad de ciencia ficción forma parte de su oficio. Lo verdaderamente impactante fue otra cosa: su disposición a cuestionar los fundamentos mismos de la realidad.

"Necesitamos saber qué preguntas, no sabemos plantearnos – cuestionar incluso las leyes de la física actual - para entender de qué está hecha la realidad; qué es real", declaró con la soltura de quien ha convertido la provocación intelectual en marca registrada.

Y ahí es donde Musk estuvo magistral, y merece que le hagamos una ola del tamaño de un tsunami.

Musk ha entendido que en la era digital el poder no reside en la verdad sino en la narrativa

Donde Trump ofreció quejas sobre molinos de viento, Musk pintó colonias marcianas. Empezó por hacerle un corte de manga al presidente, y por asociar a su nombre —y al de sus empresas— nada menos que el rol de liderar el inminente y optimista futuro de la humanidad. Durante media hora se adjudicó este meta-concepto con una naturalidad pasmosa.

Sus titulares son inolvidables y simples, listos para inundar las redes sociales. Son de esos que, al compartirlos con tus conocidos, te hacen parecer muy listo y sensible a ti.

CNBC reportó que su intervención "reinició el ánimo" de Davos tras la polémica de Trump. Davos no fue un escenario para Musk. Fue un trampolín desde el cual proyectarse como profeta tecnológico de una religión donde él es simultáneamente mesías, evangelio y templo.

Pero por encima de todo, Musk elevó el sentido de lo que es un propósito corporativo. Pasó de la declaración de intenciones más ambiciosa que existe —"proteger la conciencia humana en el universo"— a algo más sutil y poderoso: "la capacidad de la conciencia de hacer preguntas, y de cuestionarse a sí misma".

Ethos, logos, pathos en un chasquido, como quien enciende una cerilla. Y crea un big bang.

Con 229 millones de seguidores en X —duplicados desde que compró la plataforma— Musk ha convertido la red en el arma de propaganda más potente del mundo. Un simple retuit suyo puede generar aumentos de hasta 920% en seguidores para las cuentas que menciona, mientras sus publicaciones aparecen en el 90% de las sesiones de usuarios gracias a modificaciones algorítmicas. No es influencia. Es arquitectura del discurso global.

Musk ha entendido que en la era digital el poder no reside en la verdad sino en la narrativa, y que poseer la plataforma donde se construyen las narrativas es poseer el futuro. Davos fue solo el escenario perfecto para demostrarlo.

Olé, Elo(n). 

Aunque quizás “la capacidad de hacernos preguntas y de cuestionarlo todo” también debería ser aplicada sobre el hombre que posee el megáfono más grande del mundo y lo usa para vendernos su propia inevitabilidad.

Esa sí sería un ejercicio útil para discernir qué es real.