Papel en proceso de una planta de una industria papelera
El anuncio del nuevo fondo soberano España Crece, presentado hace unos días, llega en un momento especialmente delicado —y revelador— para la economía europea.
La iniciativa se inserta en un debate estructural que ha vuelto con fuerza al centro de la agenda comunitaria: la productividad como condición imprescindible para sostener el crecimiento, la competitividad y la autonomía estratégica de la Unión Europea. No como consigna política, sino como necesidad económica.
Tras más de una década marcada por políticas centradas en la estabilidad macroeconómica y en la creación extensiva de empleo, el diagnóstico empieza a ser difícil de esquivar: el estancamiento de la productividad es uno de los principales lastres del crecimiento europeo.
España, además, no juega con ventaja. Nuestra productividad industrial se sitúa por debajo de la media comunitaria y su estructura productiva sigue siendo poco intensiva en innovación, capital tecnológico y conocimiento avanzado.
La productividad industrial ya no es solo una variable interna ni un debate académico: se ha convertido en una carrera estratégica global. Europa trata de cerrar la brecha que la separa de Estados Unidos y China, dos economías que avanzan a gran velocidad gracias a una combinación de escala empresarial, inversión masiva en tecnologías clave y políticas industriales decididas. Mientras tanto, el margen europeo se reduce.
Estados Unidos ha reforzado con éxito el vínculo entre innovación y mercado mediante incentivos directos y una clara orientación al crecimiento. China, por su parte, continúa cerrando brechas tecnológicas en sectores industriales estratégicos apoyándose en planificación, volumen y economías de escala.
Frente a ambos, Europa corre el riesgo de quedar atrapada en una posición cada vez más irrelevante si no logra acelerar su productividad industrial. Para España, este desafío es aún más exigente, porque se superpone a debilidades estructurales que llevan demasiado tiempo sin resolverse.
La pérdida de peso de la industria en el PIB es una tendencia común en la UE desde los años noventa. Sin embargo, sus consecuencias han sido muy distintas según el país. Economías como Alemania o los países nórdicos han compensado la reducción del peso industrial con aumentos sustanciales de productividad. España, en cambio, ha combinado desindustrialización con estancamiento productivo: una doble penalización.
El problema no es solo de volumen, sino de calidad: una industria menos eficiente tiene menor capacidad de arrastre sobre el resto de la economía. Los datos muestran que tanto la productividad laboral como la productividad total de los factores de la industria española se sitúan sistemáticamente por debajo de la media europea.
El Informe 2025 del Observatorio de Productividad y Competitividad de la Fundación BBVA confirma que esta brecha apenas se ha reducido en las últimas dos décadas, lastrando el crecimiento a largo plazo y debilitando la competitividad exterior.
La industria española no solo produce menos por trabajador; también incorpora menos tecnología, menos capital y menos conocimiento en sus procesos productivos. Las causas están bien identificadas y ya no admiten demasiadas excusas: un tejido empresarial excesivamente atomizado, una especialización sectorial concentrada en actividades de bajo valor añadido y déficits crónicos en innovación.
Según el mismo informe, las empresas con menor tamaño encuentran mayores obstáculos para invertir en I+D, adoptar tecnologías avanzadas y escalar dentro de cadenas de valor internacionales. Sin escala, no hay productividad; sin productividad, no hay competitividad.
El giro europeo: del diagnóstico a la ejecución
Ante este panorama, la UE ha iniciado un giro explícito hacia una política industrial orientada a la competitividad, la innovación y la capacidad productiva. La presión de Estados Unidos y China, junto con la fragmentación de las cadenas globales de suministro, ha forzado este cambio de enfoque.
Sin embargo, el debate europeo va más allá del diseño de instrumentos concretos y apunta a una cuestión de fondo. Mientras otras potencias cuentan con una hoja de ruta clara, Europa sigue buscando una narrativa compartida sobre qué quiere ser y cómo quiere competir a largo plazo.
BusinessEurope advierte de que el principal riesgo para la UE no es solo perder base industrial, sino quedarse rezagada en productividad por su incapacidad para transformar innovación en escala empresarial.
La fragmentación de herramientas, la complejidad administrativa y la escasa orientación al crecimiento diluyen el impacto real de las políticas públicas. En economías como la española, con menor capacidad de absorción tecnológica, estos problemas se amplifican.
Los fondos europeos, como Next Generation EU, supusieron una movilización de recursos sin precedentes. Sin embargo, su impacto estructural sobre la productividad industrial sigue siendo incierto. Si las inversiones no se orientan de forma explícita a mejorar eficiencia, innovación y escala, el efecto sobre el modelo productivo español será, como mínimo, decepcionante.
En este contexto, el fondo España Crece puede convertirse en una palanca relevante para impulsar inversión a largo plazo en sectores estratégicos y reforzar la base productiva nacional, pero su impacto sobre la productividad industrial no está garantizado.
Solo contribuirá a cerrar la brecha si se utiliza para ayudar a las empresas a aumentar su escala, financiar innovación aplicada, reforzar el capital tecnológico y facilitar la integración de la industria española en cadenas de valor de mayor valor añadido. Lo que queda claro es que no puede ser un parche que reemplace a la financiación privada o prolongue estructuras poco eficientes.
España se encuentra ante una encrucijada. El debate europeo sobre productividad e industria ha adquirido una urgencia inédita, y el anuncio de España Crece introduce un elemento de potencial estratégico.
Pero ni los fondos europeos ni un nuevo fondo soberano serán suficientes por sí solos si no se integran en una visión nacional coherente, exigente y alineada con el giro europeo hacia la competitividad. Corregir la trayectoria actual exige algo más que recursos: exige situar la productividad industrial en el centro real —y no retórico— de la estrategia económica.
*** Pilar Martínez es directora de Asuntos Públicos de Europa y América Latina en BME – Grupo SIX.