Estamos viendo con cada vez más claridad cómo el liderazgo de los Estados Unidos ya no es sinónimo de estabilidad geopolítica. Donald Trump, al frente de la Casa Blanca, no solo ha elevado los aranceles de manera unilateral a socios comerciales tradicionales, sino que ha empujado a países como Canadá y a la propia Unión Europea a explorar alternativas que, hasta hace poco, parecían impensables.

La crisis actual no es un simple capítulo de fricciones comerciales: es la manifestación de un fenómeno más profundo: la caída del imperio americano como garante de un orden internacional cooperativo y fiable. 

El ejemplo más reciente viene de Canadá, históricamente uno de los aliados más estrechos de Estados Unidos. Tras décadas de políticas comerciales en sintonía, incluyendo aranceles a los vehículos eléctricos chinos que replicaban las medidas de Washington, Ottawa ha decidido reducir drásticamente esos mismos aranceles en un acuerdo con Beijing que incluye una rebaja de las tasas chinas a productos agrícolas canadienses.

Esta maniobra no solo contrapone a Canadá con la estrategia proteccionista estadounidense, sino que abre las puertas a una mayor entrada de coches eléctricos chinos en América del Norte, rompiendo el frente común con Estados Unidos en una disputa comercial que iba en la dirección contraria. 

Pero el terremoto transatlántico no se detiene ahí. La polémica en torno a Groenlandia, ese inmenso territorio ártico cuya soberanía es asunto interno del Reino de Dinamarca, ha desencadenado una de las crisis más graves entre Estados Unidos y sus aliados europeos desde la Guerra Fría.

La Unión Europea ha dejado claro que no aceptará ser chantajeada por un socio que utiliza los aranceles como herramienta de presión política

Trump ha amenazado con imponer aranceles crecientes, de hasta el 25%, a ocho países de la OTAN si no aceptan sus demandas en torno a la isla, bajo el supuesto pretexto de su seguridad nacional. Esa coerción arancelaria contra aliados que han participado en un discreto despliegue militar en Groenlandia ha sido denunciada por las capitales europeas como un chantaje que socava los principios mismos de la cooperación transatlántica. 

La respuesta europea ha sido, hasta ahora, una mezcla de indignación, unidad diplomática y preparación para replicar con la misma moneda. La Unión Europea, junto con sus Estados miembros, está estudiando la posibilidad de activar su Instrumento Anticoerción, el llamado “bazooka comercial”, una herramienta jurídica diseñada para contrarrestar presiones económicas injustas de terceros países.

Esta regulación, vigente desde 2023 pero nunca utilizada, permitiría imponer aranceles o restricciones a Estados Unidos en represalia por medidas coercitivas como las de Trump. 

Estamos, por tanto, ante un momento de inflexión. La retórica proteccionista y beligerante de Trump no solo tiene consecuencias para la economía global, especialmente en sectores sensibles como el automovilístico y agrícola, sino que está erosionando la confianza entre países que, hasta no hace mucho, parecían compartir visiones estratégicas y económicas.

La Unión Europea ha dejado claro que no aceptará ser chantajeada por un socio que utiliza los aranceles como herramienta de presión política.

La cooperación militar y la alineación política con Estados Unidos se están volviendo cada vez más costosas y menos beneficiosas

Este es un punto crítico: ¿qué sentido tiene para Europa mantener estructuras militares como bases o tropas en suelo europeo si el principal referente estratégico, los Estados Unidos, demuestra actitudes ya no poco cooperativas, sino directamente hostiles? La presencia de soldados estadounidenses en países de la OTAN ha sido durante décadas parte del equilibrio de seguridad occidental.

Pero si ese equilibrio se convierte en un arma arrojadiza para presionar con aranceles y exigencias territoriales, cabe preguntarse si no es más racional que Europa empiece a replantear su seguridad y sus alianzas. 

El concepto mismo de soberanía colectiva se ve amenazado cuando un socio te clava constantemente puñales diplomáticos bajo la mesa de negociaciones. La Unión Europea, que lleva años debatiendo su autonomía estratégica, parece estar tocando un punto de inflexión: la cooperación militar y la alineación política con Estados Unidos se están volviendo cada vez más costosas y menos beneficiosas. 

¿Por qué debería la UE permitir la operación de grandes empresas tecnológicas estadounidenses que sistemáticamente desafían sus leyes y principios, desde la protección de datos hasta la competencia y la neutralidad del mercado? La lógica de tolerar estos desajustes en aras de una alianza estratégica es cada vez más difícil de sostener ante una política exterior estadounidense impredecible. 

Los signos de esta fractura son claros. Más allá de los titulares sobre aranceles, economías como la europea y la canadiense están reconsiderando sus vínculos comerciales tradicionales, buscando diversificar sus alianzas y reducir su dependencia de un socio que ha demostrado ser volátil. China, por su parte, no desperdicia la oportunidad: con acuerdos como el de vehículos eléctricos en Canadá, se posiciona como alternativa confiable para países que buscan estabilidad en sus relaciones comerciales. 

La pregunta ya no es si Europa debería intentar diversificar sus alianzas, sino cómo y con quién. La relación transatlántica, tal y como la conocíamos, está muerta. Y no por falta de historia compartida, sino por la incapacidad de los Estados Unidos de ofrecer hoy una visión de liderazgo basada en la cooperación y el respeto mutuo.

Si esta dinámica continúa, podríamos estar viendo los primeros pasos hacia un repliegue militar estadounidense en Europa, o al menos hacia un replanteamiento profundo de las implicaciones de esa presencia para la seguridad y la autonomía europeas.

Lo que está en juego no es solo el comercio. Es la propia arquitectura de la seguridad y la cooperación internacional en el siglo XXI. Y en ese tablero, un Estados Unidos cada vez más hostil en sus formas y errático en sus políticas está propiciando que antiguos aliados reconsideren su papel en un juego que ya no parece jugarse con las mismas reglas para todos.

El imperio, si es que alguna vez existió como tal, ya no se sostiene sobre la base de la confianza y la cooperación. Se tambalea, y Europa parece estar despertando justo cuando la grieta empieza a ensancharse irreversiblemente.

***Enrique Dans es Profesor de Innovación en IE University.