¿Por qué España sigue siendo una isla energética en Europa?
¿Por qué España sigue siendo, en la práctica, una isla energética dentro de la Unión Europea?
La pregunta se repite desde hace más de una década en Bruselas, en Madrid y en los consejos de administración del sector energético. La respuesta habitual —la falta de voluntad política francesa— resulta cómoda. Pero es incompleta. Y, sobre todo, es incorrecta.
Las interconexiones entre España y Francia no se materializan al ritmo esperado no por falta de financiación europea —solo el proyecto del Golfo de Vizcaya cuenta con más de 500 millones de euros en apoyo comunitario— ni por obstáculos técnicos insalvables.
Para Francia, ampliar de forma significativa las interconexiones con la Península Ibérica no es neutro. Supone redistribuir flujos, precios y, sobre todo, riesgo sistémico.
No avanzan porque se analizan como infraestructuras neutrales, cuando en realidad son instrumentos de redistribución de poder dentro del sistema energético europeo.
Interdependencia real, lectura equivocada
España y Francia están hoy profundamente interconectadas. Francia es el segundo socio comercial de España; España es uno de los principales destinos de inversión industrial francesa. En energía, ambos países comparten mercado eléctrico europeo, regulación común y objetivos climáticos alineados. Sin embargo, esa interdependencia no implica simetría estratégica.
España parte de una lógica técnica y de mercado: más interconexión significa mayor eficiencia, mejor integración de renovables y reducción de volatilidad de precios. Francia parte de una lógica distinta: toda interconexión relevante altera quién controla el sistema, quién absorbe el riesgo y quién fija las reglas.
Esa diferencia de marco explica más que cualquier desencuentro diplomático.
Francia no improvisa: estructura poder
Francia no toma decisiones energéticas de forma fragmentada. Su sistema articula Estado, grandes operadores industriales, regulador, banca pública y diplomacia económica como un solo cuerpo estratégico. No es una cuestión ideológica; es arquitectura institucional.
Para Francia, esta forma de actuar no es coyuntural ni ideológica. Responde a una concepción de la geopolítica profundamente arraigada: los Estados compiten de forma permanente por seguridad, influencia y capacidad de decisión, condicionados por su geografía y su historia más que por el color del gobierno de turno.
Francia leen las intercionexiones como lo que realmente son: decisiones estructurales sobre poder, riesgo y control del sistema europeo.
En ese marco, energía, industria y regulación no son políticas sectoriales, sino pilares de supervivencia estratégica y progreso. Por eso las infraestructuras críticas se evalúan siempre en términos de poder, no solo de eficiencia.
Algunos datos ayudan a entenderlo. Francia mantiene todavía más de 60 GW de capacidad nuclear instalada, que en años normales le permite ser exportador neto de electricidad. Incluso tras los problemas de mantenimiento de 2022–2023, el parque nuclear sigue siendo un activo estructural, no coyuntural. Además, la red eléctrica francesa está gestionada de forma altamente centralizada, lo que le otorga una capacidad singular para controlar estabilidad, precios marginales y flujos transfronterizos.
En términos comparados, Francia sigue concentrando en torno al 20% de la capacidad nuclear instalada de toda la Unión Europea, lo que le otorga una posición singular en el equilibrio eléctrico continental.
Hay un dato raramente citado en el debate español: en varios episodios de estrés del sistema europeo, Francia ha actuado como proveedor neto de electricidad de respaldo para países vecinos. Esa función no es solo técnica; es política. Quien estabiliza el sistema en momentos críticos gana influencia regulatoria y capacidad de negociación.
Desde este punto de vista, ampliar de forma significativa las interconexiones con la Península Ibérica —especialmente en un contexto de fuerte crecimiento renovable español y alta volatilidad de generación— no es neutro. Supone redistribuir flujos, precios y, sobre todo, riesgo sistémico.
El Golfo de Vizcaya: electricidad hoy, poder mañana
El proyecto del Golfo de Vizcaya suele presentarse como un simple cable. No lo es. Es un precedente estratégico. Afecta a cómo se integrará la generación renovable española en el mercado europeo, a quién absorberá los desajustes entre oferta y demanda, y a quién tendrá capacidad real de intervención en situaciones de tensión.
Además, la interconexión eléctrica es solo una parte de un corredor energético más amplio. Hidrógeno, gas, combustibles sintéticos y futuros vectores energéticos seguirán lógicas similares. Controlar los nodos hoy significa influir en los estándares mañana. Francia lo entiende. España, todavía no del todo.
Otro elemento poco discutido: la interconexión incrementa la eficiencia, pero también aumenta la exposición a fallos en cascada. Francia internaliza ese riesgo como una cuestión de soberanía energética. España tiende a externalizarlo como un problema de mercado. Esa diferencia explica muchas decisiones que desde Madrid se perciben como bloqueo.
El problema español no es Francia
El problema de fondo no es que Francia defienda sus intereses. Europa no penaliza eso. Penaliza la falta de coherencia estratégica. Alemania lo entendió durante décadas con el gas. Francia lo entiende hoy con la electricidad y la regulación. España sigue confiando demasiado en que la racionalidad técnica se traduzca automáticamente en poder político.
No lo hace.
Mientras España siga presentando las interconexiones como proyectos “razonables” que deberían imponerse por su evidencia económica, seguirá chocando con países que las leen como lo que realmente son: decisiones estructurales sobre poder, riesgo y control del sistema europeo.
Una conclusión incómoda
Interconectar sin una doctrina energética europea clara no fortalece necesariamente; puede debilitar. Antes de insistir en más cables, España necesita algo más complejo: una estrategia explícita que entienda que cada infraestructura relevante redefine el equilibrio de poder en Europa.
Entender a Francia no implica admirarla ni imitarla. Implica dejar de interpretar sus decisiones como caprichos y empezar a leerlas como lo que son: movimientos coherentes dentro de un sistema bien diseñado.
En Europa, no gana quien tiene razón en abstracto. Gana quien llega antes con una arquitectura clara. Francia lo hace. España aún está a tiempo.
*** José Parejo es CEO de Jose Parejo & Associates, firma internacional de análisis estratégico. Asesora a instituciones públicas y corporaciones en energía, regulación y anticipación sistémica europea.