Una vecina de Grazalema (Cádiz) camina por una calle inundada debido a las intensas lluvias.

Una vecina de Grazalema (Cádiz) camina por una calle inundada debido a las intensas lluvias. Efe

Macroeconomía

Las lluvias arrasan 18.000 hectáreas: primera gran crisis del reto climático que afrontan el campo y el turismo

Los fenómenos extremos encarecen alimentos, dañan sectores clave para la economía y desvían la inversión hacia la reparación de daños.

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Las claves

Las lluvias recientes han provocado daños en 18.000 hectáreas de cultivo en España, afectando notablemente a la agricultura y al turismo.

Los sectores agroalimentario y turístico, que representan más del 20% del PIB español, se muestran especialmente vulnerables a los fenómenos climáticos extremos.

El exceso de precipitaciones ha causado grandes pérdidas económicas, especialmente en Andalucía, donde se han destruido miles de hectáreas de olivar, cítricos y cereales.

Estos desastres climáticos no solo afectan a la producción y los precios de los alimentos, sino que también obligan a desviar inversiones a la reparación de daños y adaptación al clima.

España ha arrancado 2026 como una de las economías más dinámicas de la eurozona, pero lo hace sobre un terreno cada vez más inestable. Las últimas borrascas han dejado ya 18.000 hectáreas de cultivo en situación de siniestro, un primer gran aviso de hasta qué punto el clima empieza a golpear a dos de los pilares del modelo español: el campo y el turismo.

Tras crecer claramente por encima de la media europea en 2025, los organismos internacionales prevén que este año el PIB español vuelva a avanzar entre un 2,2% y un 2,3%, frente a un bloque del euro que apenas superará el 1%.

Ese boom se apoya en la demanda interna, la ejecución de los fondos europeos Next Generation EU y dos sectores especialmente expuestos al clima como son el turismo y la cadena agroalimentaria.

Son precisamente esos sectores los que hacen a la economía española más vulnerable a una sucesión de shocks climáticos que ya no son hipotéticos. Desde los incendios récord del verano pasado hasta el arranque de 2026 marcado por temporales e inundaciones, el clima empieza a comportarse como una variable económica de primer orden.

El turismo representa cerca del 13% del PIB, según Exceltur, mientras que la cadena agroalimentaria aporta en torno al 8,6% de la actividad económica, de acuerdo con el Ivie. Ambos concentran empleo, inversión y renta en amplias zonas del país.

Los expertos de Mapfre Economics advierten en su informe Panorama económico y sectorial 2026 de que “la elevada dependencia de la demanda interna y del turismo expone a la economía a shocks externos”.

Esa advertencia cobra una nueva dimensión cuando esos episodios no sólo son financieros o geopolíticos, sino también climáticos.

El informe recuerda además que la inflación en España sigue presionada por dos partidas clave. La primera son los alimentos, con subidas en torno al 3%. La segunda es la vivienda y la energía, que avanzan cerca del 5,7%.

En ambos casos, el clima actúa como amplificador, desde cosechas dañadas hasta mayores costes de climatización, rehabilitación y seguros.

Turismo

El turismo, gran ganador del ciclo pospandemia, empieza a mostrar signos de vulnerabilidad ante el aumento de las temperaturas extremas.

Algunos servicios de estudio llevan tiempo advirtiendo de que más olas de calor, más incendios y más episodios de lluvias torrenciales pueden alterar cuándo y dónde viajan los turistas.

Ello a su vez puede deteriorar la experiencia en los destinos de sol y playa y encarecer los costes operativos de hoteles, bares y restaurantes.

Un análisis reciente de CaixaBank Research pone cifras a ese riesgo. Sus datos muestran que, entre 2019 y 2023, el gasto turístico creció más en los municipios con veranos más templados que en los destinos más calurosos, abriendo una brecha de varios puntos en los ingresos.

Además, durante las olas de calor se repite un patrón claro. Los turistas recortan consumo en restauración y ocio en las horas centrales del día, justo cuando muchos negocios concentran una parte muy relevante de su facturación.

Los escenarios a futuro apuntan a que, con aumentos adicionales de temperatura, las caídas de demanda en julio y agosto podrían dejar de ser marginales y empezar a afectar al balance anual del sector en los destinos más expuestos.

Agricultura

Si el turismo enfrenta un riesgo progresivo, la agricultura ya está sufriendo el impacto directo de los eventos extremos.

2025 se convirtió en el peor año de incendios desde que existen registros en España, con cerca de 400.000 hectáreas quemadas.

Crecida del río Guadalquivir a su paso por el pueblo sevillano de Cantillana.

Crecida del río Guadalquivir a su paso por el pueblo sevillano de Cantillana. Europa Press

Ese episodio de destrucción de capital natural ha dado paso a un inicio de 2026 marcado por el exceso de agua. La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) señala que este enero ha sido el segundo más lluvioso del siglo XXI en la España peninsular, con un 85% más de precipitaciones que la media histórica.

Las borrascas de las últimas semanas han puesto en evidencia la fragilidad de amplias zonas del territorio. Miles de personas han tenido que ser desalojadas en Andalucía, se han producido desbordamientos de ríos y se han visto afectadas infraestructuras básicas.

Las organizaciones agrarias ya han empezado a cuantificar el impacto económico. COAG estima pérdidas cercanas a los 200 millones de euros sólo en el olivar de Jaén, con daños que en algunas comarcas alcanzan entre el 50% y el 80% de la producción.

En otras regiones del sur y del interior, el exceso de agua ha retrasado o impedido la siembra de cereal y amenaza con reducir la oferta en la próxima campaña.

A la espera de que se evalúe el daño que está causando Leonardo, la última borrasca a la que se enfrenta nuestro país, el tren de tormentas que empezó el pasado 15 de enero deja por ahora 18.000 hectáreas en situación de siniestro declaradas a Agroseguro. La mitad de ellas están en Andalucía.

Por tipos de cultivos, las tormentas han arrasado 4.000 hectáreas de olivar, 4.000 de cítricos y otras 4.000 de herbáceos como cereales.

El resto del terreno siniestrado declarado ante el seguro corresponde a cultivos variados, algunos de ellos de enorme valor económico.

Es el caso de la fresa, el fresón o los frutos rojos. Se han perdido unas 3.500 de estas parcelas, sobre todo en Huelva, durante los días en que la borrasca Kristin azotó la península.

Además, 1.900 de esas parcelas también han reportado ante Agroseguro daños en las instalaciones, por lo que se estima que el pago de pólizas será muy elevado en esta zona.

Todo ello a la espera de saber qué balance deja Leonardo, que en todo caso hace prever que el inicio de este 2026 será tan complicado en cuanto a pérdidas por tormentas como lo fue el arranque de 2025.

El año pasado concluyó, de hecho, de forma histórica en este apartado para Agroseguro. El pedrisco, las lluvias persistentes o torrenciales, inundaciones y vientos desembocaron en el pago de 530 millones de euros, con más de un millón de hectáreas afectadas en total.

Es un registro inédito en los 45 años de existencia del sistema español de seguros agrarios y que supera el máximo histórico de 2018, situado en 858.000 hectáreas.

La ganadería también se está viendo afectada por la sucesión de temporales. Las organizaciones del sector alertan de pérdida de crías, mayores costes de alimentación y una reducción de la productividad en explotaciones de ovino, porcino ibérico y caprino.

El impacto es especialmente acusado en zonas donde los animales carecen de refugio frente a lluvias persistentes y episodios de humedad extrema, lo que estrecha aún más unos márgenes ya muy ajustados.

Golpe a los hogares

Lo que pasa en el campo acaba trasladándose a los precios que pagan los hogares. La alimentación ya venía encareciéndose por encima del conjunto de la inflación.

Los daños en cosechas y explotaciones amenazan con prolongar esa presión sobre la cesta de la compra, justo cuando los salarios empiezan a recuperar parte del poder adquisitivo perdido.

Más allá del efecto inmediato sobre los precios y el producto interior bruto (PIB) de un año concreto, los economistas subrayan un riesgo de fondo tanto o más preocupante.

Estudios de instituciones como Fedea recuerdan que los desastres climáticos destruyen capital físico —explotaciones agrarias, infraestructuras, viviendas— y obligan a desviar inversión desde proyectos productivos hacia la reparación de daños y la adaptación a las nuevas circunstancias.

Ese cambio de uso de los recursos reduce la capacidad de modernizar la economía, frena las ganancias de productividad y acaba lastrando el crecimiento potencial.

Este riesgo estructural se cruza además con dos grandes condicionantes de la economía española, como son la deuda y los fondos europeos.

Vecinos de Villanueva Mesía (Granada) se afanan en sacar el agua y barro de sus casas tras la crecida del Río Genil por el paso de la borrasca 'Leonardo'.

Vecinos de Villanueva Mesía (Granada) se afanan en sacar el agua y barro de sus casas tras la crecida del Río Genil por el paso de la borrasca 'Leonardo'. Europa Press

España afronta una mayor frecuencia de eventos extremos con una deuda pública todavía por encima del 100% del PIB. Esto reduce el margen disponible para responder con gasto discrecional cada vez que hay una sequía, una dana o una temporada de incendios especialmente destructiva.

Al mismo tiempo, los fondos Next Generation EU han representado una oportunidad clave para comprobar si se ha reforzado el viejo patrón de crecimiento apoyado en el turismo y la agroexportación o si se ha invertido de forma decidida en reducir la vulnerabilidad climática del modelo económico.

El reto ya no es sólo crecer, sino demostrar que ese modelo puede sobrevivir a unos fenómenos extremos cada vez más frecuentes.