La soledad nuclear del Gobierno español en Europa
El Gobierno de Pedro Sánchez afronta una soledad cada vez más evidente en el debate energético europeo. Mientras los principales países de la Unión revisan, corrigen o directamente abandonan sus posiciones antinucleares, España mantiene intacto su calendario de cierre de centrales como si el contexto geopolítico, económico e industrial no hubiera cambiado. No se trata ya de una discrepancia técnica, sino de un aislamiento político que empieza a resultar difícil de justificar.
Las señales se acumulan. Bélgica ha decidido prolongar la vida de sus reactores y su primer ministro, Bart De Wever, ha sido especialmente explícito al calificar el rechazo europeo a la energía nuclear como “la estupidez del siglo”. En su diagnóstico, la renuncia a la nuclear ha debilitado a Europa en un momento en el que la energía vuelve a ser poder y en el que Estados Unidos ya no utiliza su influencia únicamente frente a China, sino también frente a sus propios aliados.
Países Bajos ha ido aún más lejos. El nuevo gobierno neerlandés ha aprobado la construcción de al menos cuatro nuevos reactores nucleares para sostener la electrificación de su economía y garantizar competitividad industrial y seguridad de suministro. Holanda, un país densamente poblado y con fuerte conciencia ambiental, ha asumido que sin energía firme y estable la transición energética se convierte en un riesgo para su industria y su prosperidad.
Alemania, durante años referente del antinuclearismo europeo, también empieza a revisar su relato. El canciller Friedrich Merz ha calificado el apagón nuclear alemán como un “grave error estratégico” y ha advertido de que ha conducido al país a tener “la transición energética más cara del mundo”. Sus palabras reflejan un consenso creciente en el corazón industrial de Europa sobre los costes reales de prescindir de la nuclear sin alternativas firmes.
A esta lista se ha sumado recientemente Dinamarca. El Gobierno socialdemócrata danés ha anunciado su decisión de permitir la energía nuclear en el país, pese a que nunca ha tenido centrales nucleares en su territorio. El giro es significativo: incluso uno de los bastiones históricos del ecologismo europeo reconoce ahora que cerrar la puerta a la nuclear limita las opciones para una transición energética viable, asequible y compatible con la industria.
Este cambio de clima no se limita a los Estados miembros. La propia Comisión Europea ha reforzado en los últimos meses su discurso a favor de la energía nuclear como parte integrante de la transición verde, reconociendo la necesidad de movilizar cientos de miles de millones de euros en inversiones y apoyando el desarrollo de nuevas tecnologías como los reactores modulares pequeños. Bruselas ya no trata la nuclear como un mal menor, sino como una pieza estratégica.
"La propia Comisión Europea ha reforzado en los últimos meses su discurso a favor de la energía nuclear como parte integrante de la transición verde"
Incluso desde el entorno político del propio Gobierno español llegan mensajes contradictorios. Teresa Ribera, hoy en responsabilidades europeas, ha defendido públicamente el papel de la energía nuclear en la transición. Nadia Calviño, desde su posición en el Banco Europeo de Inversiones, contribuye a facilitar su financiación. Dos figuras clave del anterior Ejecutivo avalan desde Europa lo que el Gobierno en Madrid sigue rechazando.
Frente a este consenso emergente, España mantiene una posición rígida. El cierre escalonado de las centrales nucleares continúa adelante pese a la evidencia de que aportan generación firme, libre de emisiones y a precios estables. El resultado es una política energética que incrementa la dependencia del gas importado, encarece el sistema eléctrico y expone a la economía a una mayor volatilidad exterior.
Paradójicamente, esta soledad del Gobierno español solo encuentra respaldo en dos actores aparentemente opuestos, pero que en esta cuestión coinciden plenamente. Por un lado, Greenpeace, que defiende el fin de la energía nuclear por principios ideológicos, al margen de consideraciones económicas o geopolíticas. Por otro, la poderosa industria del petróleo y del gas, que ve en el cierre nuclear una oportunidad para prolongar la era de los hidrocarburos el mayor tiempo posible.
La coincidencia no es casual. Cada central nuclear que se cierra debe ser sustituida, en ausencia de renovables suficientes, por combustibles fósiles importados. El discurso antinuclear, cuando no va acompañado de una alternativa realista, termina beneficiando a aquello que dice combatir. El resultado es una transición más cara, más frágil y más dependiente.
España corre así el riesgo de quedar desalineada del nuevo consenso europeo. Mientras otros países ajustan sus estrategias para proteger su industria y su autonomía energética, el Gobierno insiste en decisiones adoptadas en un contexto que ya no existe. La transición energética no es solo una cuestión climática; es también una cuestión de poder económico, seguridad y competitividad. En una Europa que rectifica, la soledad no es una virtud, sino una señal de alerta.
** Maurici Trullas es presidente de Foro Mercado Libre