Durante demasiado tiempo, la medicina estudió el cuerpo humano como si existiera un modelo de fábrica. Ese modelo era masculino.

Todo lo que se alejaba de él se consideraba una complicación. A veces, incluso, una molestia. El ciclo menstrual entró pronto en esa categoría: demasiadas hormonas, demasiados cambios, demasiadas variables para una ciencia que prefería los cuerpos quietos.

Un estudio publicado en Nature Medicine obliga ahora a revisar esa comodidad.

Los investigadores analizaron cerca de 3.000 proteínas presentes en la sangre circulante de 2.760 mujeres del Reino Unido. Querían saber si el ciclo menstrual dejaba una huella más amplia de la que solemos imaginar.

La respuesta fue clara.

Identificaron 198 proteínas cuyos niveles cambiaban de forma significativa según el momento del ciclo. No aparecían todas a la vez ni seguían el mismo patrón. Algunas alcanzaban su máximo al comenzar la menstruación. Otras aumentaban durante los días posteriores. Un tercer grupo se elevaba alrededor de la ovulación. El último lo hacía antes de la siguiente regla.

El ciclo, visto así, no es un simple cambio hormonal. Diría, y aquí aparece mi afición por la danza, que es una coreografía molecular.

Entre esas proteínas había señales relacionadas con la reproducción, la inflamación, el crecimiento de los tejidos y su reparación. Muchas procedían del endometrio, la capa interna del útero que cada mes se prepara, se transforma y, si no hay embarazo, se desprende.

También aparecieron proteínas vinculadas a células epiteliales, fibroblastos y células del sistema inmunitario. Ergo, la menstruación no es un acontecimiento encerrado dentro del aparato reproductor. Su rastro puede leerse en la sangre que circula y forma parte de la actividad general del organismo.

El estudio encontró, además, asociaciones entre algunas de estas proteínas y enfermedades como la endometriosis, los miomas uterinos o los sangrados anormales.

Por otra parte, los análisis genéticos sugieren que ciertas relaciones podrían no ser casuales. Algunas de esas proteínas quizá participen en el desarrollo de determinadas enfermedades.

Pero, ¡cuidado! conviene no correr demasiado: una asociación no convierte a una molécula en causa, prueba diagnóstica o tratamiento. Mas permite formular preguntas que antes ni siquiera estaban sobre la mesa.

Entonces, los autores dieron un paso más.

Construyeron una puntuación—score— basada en 75 proteínas capaz de estimar, a partir de una única muestra de sangre, en qué fase del ciclo se encontraba una mujer. Esa firma funcionó mejor que una medición aislada de estradiol.

No estamos ante una prueba clínica lista para incorporarse mañana a los hospitales. El valor del resultado es otro. Demuestra que el ciclo posee una firma biológica coordinada, amplia y bastante más rica de lo que puede mostrar una sola hormona tomada en un momento cualquiera.

La consecuencia más inmediata afecta a la investigación biomédica.

Cuando se comparan proteínas en sangre para buscar señales de cáncer, enfermedades cardiovasculares, trastornos inmunitarios o envejecimiento, el día del ciclo puede modificar parte de los resultados. No toda diferencia entre dos grupos significa enfermedad. A veces significa "martes" biológico.

Ignorar ese dato puede esconder un marcador útil.

También puede fabricar uno engañoso.

Esto no significa que cada análisis de sangre deba interpretarse según el día del ciclo. El estudio no lo dice. De hecho, la edad y el índice de masa corporal explicaron cambios en muchas más proteínas.

La conclusión es más precisa. Para determinadas moléculas y ciertas preguntas clínicas, el momento del ciclo puede ser decisivo.

En otra cuerda, el trabajo expone una deuda antigua de la medicina. Durante años, muchas mujeres fueron excluidas de ensayos clínicos para evitar la supuesta incomodidad de sus variaciones hormonales. Después, los resultados obtenidos en hombres se aplicaban al conjunto de la población.

La paradoja era notable. Se eliminaba a las mujeres para simplificar la investigación y luego se pretendía que las conclusiones también sirvieran para ellas.

La variación femenina dejó así de verse como biología y pasó a considerarse un problema metodológico.

El estudio tiene límites importantes, es innegable. Cada participante donó una sola muestra de sangre—obtenida por un pinchazo en el brazo—, de modo que no se siguió a la misma mujer durante todas las fases de su ciclo. La fecha menstrual fue comunicada por las propias participantes y podía contener errores.

Además, la edad mediana rondaba los 45 años y la mayoría de las mujeres tenía ascendencia europea. Harán falta estudios longitudinales, poblaciones más diversas y muestras tomadas en distintos momentos del mismo ciclo.

Aun con esas limitaciones, el punto de partida ha cambiado.

El ciclo menstrual no puede seguir tratándose como una interferencia que conviene corregir en una tabla estadística. Es una dimensión de la fisiología humana.

Comprenderla mejor permitirá interpretar con más precisión los análisis, diseñar investigaciones menos sesgadas y estudiar enfermedades que durante décadas recibieron menos atención de la que merecían.

La mitad de la humanidad no es una variante incómoda del modelo original. Su sangre tampoco cambia por capricho. Lo hace siguiendo un ritmo. Y la ciencia, por fin, empieza a escucharlo.