Escuché hace unos días uno de los programas de radio que mi querida amiga Julia Higueras dirige en Radio 5. Su espacio se llama La hora Optimista. Ella es así. Optimista. Como denomina a los premios que organiza cada año, una Optimista Comprometida.

Entrevistaba al padre Doñoro. Le había premiado en 2025. Durante la ceremonia de entrega de sus galardones, emocionó hasta las lágrimas a una inmensa mayoría de los allí presentes. Escucharle en la radio fue otro episodio más para la emoción.

Hablaba de su tema, su hogar Nazaret, como él dice para los más pobres de los más pobres, en Perú. Hablaba de más de 2.500 niñas y niños rescatados. Muchos de ellos de la trata para explotación sexual.

Hablaba de un lugar, Puerto Maldonado. Y su voz me transportó a un viaje que hice hace más de diez años; en el aeropuerto de aquella localidad vi y fotografié mensajes y carteles previniendo de la trata de personas. Su historia me recordó la realidad de tantas niñas (también niños, pero menos) engañadas y vendidas para explotarlas sexualmente.

Su historia me llevó a aquel viaje que sirvió como inspiración para mi novela Puta no soy, cuyo trasfondo es la trata en Perú. Aquella experiencia la viví con otra gran amiga, Mabel Lozano. Siempre digo que ella me introdujo en ese mundo, que a ella le debo lo poco que pueda saber de este tema aterrador y aberrante.

Infancia robada por trata

Ella comenta algo de aquel viaje en su novela Ava (Alrevés, 2025) que he leído y me ha dejado el cuerpo retorcido por el dolor de esa niña abusada una y otra vez, engañada también una y otra vez.

Es la historia que ya llevó a la cinta del mismo título, premio Goya 20224 al mejor Corto Documental. Es la de una niña marcada por la violencia y el abandono, rescatada por adopción, engañada en su adolescencia y víctima de trata.

La cineasta se ha basado en una historia real para novelar magistralmente tanta inmundicia. La de los más débiles. Deja un camino para la esperanza, como siempre. También en eso es muy activa, creedora de que otro mundo mejor es posible, siempre que lo construyamos personalmente.

Violaciones de DDHH

Unas semanas antes de leer Ava, había recibido esta información procedente de la fundación Save the Children: 520 millones de niños y niñas viven en zonas de conflicto. De hecho, esa es la situación de más de uno de cada cinco en el mundo.

Lo que no se contabiliza no existe. Es cierto. Y, sin embargo, probablemente nada resulta más peligroso que la contabilización cuando rima con deshumanización, si no se traspasan las cifras.

Porque detrás de cada una de ellas hay un nombre, una historia, a veces drama. Y es muy habitual que la barbarie pierda algo o mucho de sus dosis de escándalo precisamente porque se numera.

Sea como fuere, la realidad se impone y advierte de la gran cantidad de niñas y niños cuya infancia le ha sido arrebatada. ¿Los causantes? Guerras, migraciones, pobreza, violencia… que roban el que debería ser el periodo más feliz de la vida.

La ONU habla de violaciones graves contra la infancia. En 2024 las cifró en más de 41.000. Son asesinatos, mutilaciones, reclutamiento para milicias, secuestros, violencia sexual. Tras ese número monstruoso se esconde la realidad de las letras. Las de los nombres de niñas violadas, botines de guerra, niños mensajeros armados, aulas inutilizadas tras ser reventadas, hospitales sin oficio carentes de camas y anestesia, familias obligadas a huir.

Migraciones y matrimonio infantil

Y hay infancias robadas, más allá de las bombas. Sin salir de nuestro país, por cierto, el de mayor pobreza infantil de los pertenecientes a la OCDE.

España conoce bien la situación de los niños y niñas migrantes, de esos menores no acompañados. No son pocos. A 30 de septiembre de 2025, el Observatorio Permanente de la Inmigración registraba 20.116 personas de 16 a 23 años (menores tutelados y jóvenes extutelados) con autorización de residencia. Demasiados para verse reducidos a siglas (menas).

Hay otras infancias robadas por usos sociales y costumbres, por denominar así la barbarie que significa el matrimonio infantil. Cada año, unos 12 millones de niñas entran a formar parte de los más de 640 millones de mujeres vivas que fueron en su día víctimas de casamiento forzoso a edades tempranas, en cualquier caso, antes de lo estipulado como legal.

Frente a la magnitud de estas terribles realidades, algo podemos tener claro: hay muchos casos, muchos entornos, culturas, países, donde la infancia no se pierde; se roba. Da igual que sea con un fusil, con un trámite, con el señuelo de un amor falso o con un anillo y una ceremonia.

Realidades cercanas

Miramos para otro lado, porque esa infancia está ahí. A veces cerca, solo que no pide a los Reyes Magos regalos vistos en el catálogo de cualquier gran almacén o web. Por eso es bueno que nos pongan frente a su espejo, que nos recuerden que son situaciones más próximas de lo que parece.

Como hace Mabel Lozano con su Ava, convertida en mercancía por una industria que se enmascara entre los vericuetos que unen el mundo digital y el cotidiano. Es el vivo ejemplo del fracaso de un sistema incapaz de proteger a quienes no pueden hacerlo y que mira hacia otro lado porque es una incomodidad que ni vota ni cotiza.

También lo hace, por cierto, otra novela que leí recientemente, Amada Carlota (Espasa, 2025), de Marta Robles. Ella se adentra en un capítulo muy oscuro de nuestra historia, aún, reciente. Habla de los bebés robados unidos por un cordón invisible a las estructuras de poder durante décadas. Y es que sí, en nuestro pasado robaban niños sin “guerra oficial”. Durante la dictadura, sí. Pero, además, pasada esta, para vergüenza de tribunales y memorias vivas.

Tan cerca, como Gaza

Hoy, la imagen más extrema de infancias robadas pisa un territorio concreto: Gaza. La conocemos a poca información que consumamos. Niñas y niños atrapados en la franja, desplazados, carentes de agua, alimentos, cuidados… Más de un millón, según UNICEF: huérfanos, enfermos, traumatizados. Como ha dicho la ONU, aunque no haría falta su veredicto, se trata de una generación marcada para siempre.

La normalización de este horror nos marca al resto. Actuamos como observadores inquietos pero inertes viendo cómo esa infancia es no solo objetivo del conflicto, sino rehén.

Una infancia atrapada entre bombas y cada vez más desprotegida, sabiendo, como hemos sabido a finales de 2025, que las ONG abandonan forzadas el territorio con lo que eso significa de expulsar la ayuda humanitaria y la esperanza.