Mariel Murias, arquitecta paisajista.

Mariel Murias, arquitecta paisajista. Cedida

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La arquitecta paisajista Mariel Murias reivindica otra forma de construir: "La naturaleza debe estar desde el primer momento"

Frente a un clima cada vez más extremo, apuesta por proyectos que reutilicen recursos, prioricen especies autóctonas y recuperen la identidad del territorio.

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La arquitectura y el paisajismo solían caminar por senderos paralelos. Primero se levantaban los edificios; después, cuando la obra terminaba y el terreno quedaba transformado, llegaba el momento de pensar qué hacer con el espacio exterior.

Aquella secuencia se asumió como algo natural, pero empezó a resquebrajarse cuando Mariel Murias comprendió que el paisaje no podía seguir siendo un añadido. Debía ser una parte esencial del proyecto desde su origen.

Arquitecta de formación y paisajista por convicción, Murias lleva tres décadas dedicada al diseño de espacios. Su trayectoria comenzó proyectando viviendas, pero un posgrado que reunía a arquitectos e ingenieros agrónomos cambió su manera de entender la profesión.

"La idea de empezar a pensar en la arquitectura y el paisajismo en el mismo momento desde la concepción de la vivienda cambia completamente", explica. Aquella formación le permitió unir dos miradas que hasta entonces había vivido separadas. La de quien diseña edificios y la de quien comprende el funcionamiento de la naturaleza.

Ese cambio de perspectiva ha ido de la mano de otro mucho mayor, como es el del propio planeta. Sequías más prolongadas, lluvias torrenciales, olas de calor y una creciente presión sobre los recursos naturales han convertido el cambio climático en un condicionante cotidiano para quienes proyectan el territorio.

"Lo estamos viviendo. Ya no es algo del futuro. Eso nos empuja a todos los que trabajamos en diseño a ser conscientes y poner todo nuestro énfasis para dejar una mejor calidad de vida a las futuras generaciones", afirma en conversación con ENCLAVE ODS.

Sin embargo, para Murias el paisajismo no consiste únicamente en plantar árboles o embellecer un jardín. Es una disciplina capaz de influir simultáneamente en la sostenibilidad ambiental, la identidad de los lugares y el bienestar de quienes los habitan.

Mariel Murias: El cambio climático nos empuja a proyectar de otra manera.

Mariel Murias: "El cambio climático nos empuja a proyectar de otra manera". Cedida

El punto de partida siempre es el mismo: observar antes de transformar.

"Cuando llegamos a un espacio, lo primero es preguntarnos qué podemos mantener, qué podemos reutilizar, qué podemos reparar y qué podemos reciclar de lo que ya existe. El diseño también consiste en tomar decisiones que reduzcan la huella de carbono", asegura. Solo después llega el proyecto.

Diseñar con el lugar

Durante buena parte del siglo pasado, muchos jardines mediterráneos aspiraban a reproducir paisajes ajenos. Céspedes que requerían grandes cantidades de agua, especies importadas incapaces de adaptarse al clima local o materiales transportados cientos de kilómetros eran habituales en urbanizaciones y espacios privados.

Hoy, sostiene Murias, esa lógica ha empezado a invertirse. "En lugar de mirar cómo son los jardines ingleses, debemos potenciar los recursos del lugar donde vivimos", menciona.

Ese concepto, al que denomina "arraigo", atraviesa toda su filosofía de trabajo. Significa utilizar especies autóctonas, recurrir a viveros cercanos, aprovechar la piedra disponible en el entorno y diseñar pensando en las condiciones reales del territorio.

"Si estoy en el sur, ¿para qué voy a traer piedra del norte si puedo utilizar la que tengo aquí? Lo mismo ocurre con la vegetación. Hay especies que ya están adaptadas a la sequía, al suelo y al clima. Tiene mucho más sentido apoyarse en ellas", explica.

La decisión no responde solo a una cuestión estética. También implica reducir emisiones derivadas del transporte, disminuir el consumo de agua, facilitar el mantenimiento futuro y aumentar la resiliencia de los espacios frente a un clima cada vez más extremo.

La economía circular ocupa igualmente un lugar central en esa forma de proyectar. Reutilizar elementos existentes, conservar parte de la vegetación o incorporar materiales ya presentes evita generar nuevos residuos y reduce la necesidad de consumir recursos adicionales.

Cada una de esas decisiones puede parecer pequeña, pero, acumuladas, terminan modificando el impacto ambiental de un proyecto entero.

Ciudades que cuidan

La preocupación por el clima no ha cambiado únicamente los jardines privados. También está transformando la manera de pensar el urbanismo.

Murias considera que arquitectos, paisajistas y urbanistas avanzan hacia una visión mucho más integrada del espacio público. "No trabajamos solo para hacer una ciudad más bonita. Queremos una ciudad diferente porque sabemos que el clima está cambiando", afirma.

Como ejemplo recuerda el diseño de un parque en Frigiliana (Málaga). El objetivo era crear una zona verde, pero también construir una experiencia capaz de activar los cinco sentidos mediante colores, aromas, texturas y materiales vinculados al territorio.

Ese enfoque rompe con una concepción puramente ornamental del paisaje. Los parques dejan de ser espacios vacíos entre edificios para convertirse en lugares donde la naturaleza regula la temperatura, favorece la biodiversidad y mejora la experiencia cotidiana de quienes los utilizan.

Por eso rechaza la idea de que exista una única ciudad modelo: "No hay un lugar concreto que lo esté haciendo todo bien mientras los demás van detrás. Estamos viviendo un cambio de paradigma global".

A su juicio, cada vez más proyectos urbanísticos incorporan criterios de sostenibilidad desde su fase inicial, aunque los resultados no siempre sean visibles inmediatamente debido a los largos plazos administrativos y constructivos.

"Todos estamos poniendo nuestro granito de arena desde nuestro trabajo", asegura. Pero, esa transformación, sostiene, también exige romper con la separación entre disciplinas.

Si hoy tuviera que rediseñar un barrio construido hace cuarenta años, empezaría integrando desde el inicio arquitectura, paisajismo y urbanismo como un único proceso. "No vería el interior por un lado y el exterior por otro. Todo debe pensarse de manera conjunta, desde las bases, priorizando la naturaleza y los elementos propios del lugar", expone.

El bienestar se diseña

Existe una pregunta que Murias formula con frecuencia: ¿cuál es el primer lugar que viene a la mente cuando alguien piensa en un espacio donde se siente profundamente en paz?

La respuesta suele repetirse. Una playa. Un bosque. La montaña. Un cielo estrellado. Rara vez aparece una oficina o un centro comercial. Pero no es casualidad. Para la arquitecta paisajista, esa coincidencia revela hasta qué punto el ser humano mantiene un vínculo profundo con los entornos naturales.

"Los espacios nos hacen recordar cómo nos hicieron sentir", señala. Y su trabajo parte precisamente de esa premisa; la de un diseño que influye directamente en las emociones.

La luz, la sombra, los sonidos, los aromas, las texturas, la vegetación o la distribución de los espacios generan estímulos constantes que el cerebro procesa incluso cuando no somos plenamente conscientes de ello.

"Si equilibramos los sentidos mediante el diseño, generamos una atmósfera que produce bienestar físico y emocional", sostiene.

Ese planteamiento también aparece desarrollado en su libro El hogar multisensorial. Despierta tus sentidos con el método MUMA (Economía Digital, 2024), donde propone incorporar la naturaleza al interior de las viviendas para convertirlas en auténticos refugios emocionales.

La luz natural ocupa un papel especialmente relevante en ese proceso. Y es que, además de modificar la percepción estética de una estancia, influye sobre los ritmos circadianos, el descanso, la concentración y el estado de ánimo.

Del mismo modo, una distribución fluida facilita la circulación y reduce la sensación de tensión, mientras que el exceso de estímulos visuales mantiene al cerebro en un estado permanente de alerta. De ahí que la arquitecta paisajista insista en que el bienestar no surge por casualidad, sino que también puede proyectarse.

La memoria sensorial

Aunque hoy habla de estudios científicos, neuroarquitectura y percepción sensorial, Murias sitúa el origen de todo mucho antes de su formación universitaria.

Cada domingo visitaba el jardín de su abuela Francisca. Allí aprendió, casi sin darse cuenta, a observar la naturaleza.

"No me hablaba de los sentidos, pero me enseñó a cuidar las rosas, a entender cómo cambiaban las estaciones y qué plantas funcionaban mejor en cada lugar", recuerda.

Tiempo después, al llegar a Málaga durante la floración primaveral, bastó el perfume del azahar y los jazmines para que aquel jardín volviera a aparecer de forma instantánea en su memoria.

"El aroma conecta muchísimo más rápido con nuestros recuerdos que una imagen", asegura. Y así esa experiencia personal terminó convirtiéndose también en una convicción profesional. Pues, los espacios se recuerdan por cómo eran, pero más aún por cómo hacían sentir.

Mariel Murias junto a uno de sus proyectos.

Mariel Murias junto a uno de sus proyectos. Cedida

Nuestro cerebro decide en apenas unos segundos si un lugar transmite seguridad, calma o incomodidad. Según explica, esa reacción tiene raíces evolutivas.

"Si los sentidos están equilibrados, sentimos que ese espacio nos invita a quedarnos. Si alguno entra en disonancia —porque el ruido es excesivo, el ambiente resulta demasiado oscuro o un olor nos genera rechazo— el cuerpo nos dice que debemos marcharnos", indica.

Por eso insiste en incorporar elementos naturales también a aquellos lugares donde pasamos la mayor parte del tiempo.

"Vivimos aproximadamente el 80% del día en espacios cerrados. Tenemos que llevar la naturaleza a las oficinas, a las viviendas, a los espacios intermedios", señala.

En esa transición, cree que soluciones que hoy todavía parecen novedosas —como los jardines verticales, los patios vegetales o la integración sistemática de vegetación en edificios— acabarán siendo tan habituales como hoy lo son el aislamiento térmico o las placas solares.

Más que una tendencia, considera que se trata de una evolución inevitable. Porque, al final, el paisaje no empieza cuando termina la arquitectura.