Natalia Rodríguez en Tarifa a junio de 2025.

Natalia Rodríguez en Tarifa a junio de 2025. Cedida

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Natalia Rodríguez pone nombre a la batalla por bajar el volumen del Estrecho: "Es como tener el oído pegado a un altavoz 24h"

Más de 60.000 barcos atraviesan cada año el Estrecho de Gibraltar, uno de los corredores más transitados y uno de los puntos con mayor riqueza de cetáceos.

Más información: Si las personas fueran ballenas no soportarían el ruido submarino: este es el enemigo letal de los cetáceos

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El Estrecho de Gibraltar es uno de los lugares más estratégicos del planeta. Une dos continentes, conecta el Atlántico con el Mediterráneo y constituye una de las arterias comerciales vitales del mundo. Por sus aguas pasan mercancías, ferris, cruceros, buques militares y petroleros que enlazan Europa, África y Asia a todas horas y durante todo el año.

También es un ecosistemas marino privilegiado para del continente europeo.

Las corrientes atlánticas y mediterráneas convierten este punto en una autopista biológica para numerosas especies y en un hábitat permanente para algunas de ellas.

Según la Autoridad Portuaria de la Bahía de Algeciras, en las aguas del Parque Natural del Estrecho se han registrado 15 especies diferentes de cetáceos, entre ellas, orcas, cachalotes, calderones, rorcuales y distintas especies de delfines.

Algunas son residentes y viven de forma estable en la zona; otras utilizan estas aguas como corredor migratorio imprescindible para completar sus desplazamientos.

Sin embargo, ese mismo espacio que resulta esencial para la biodiversidad marina soporta una presión humana extraordinaria. La Guía de Cetáceos del Estrecho elaborada por la Autoridad Portuaria cifra en más de 130.000 los buques que cruzan cada año estas aguas, mientras que otras investigaciones hablan de más de 60.000 grandes embarcaciones anuales.

La diferencia metodológica entre estudios no altera la conclusión principal. Pues, pocas regiones del planeta concentran tanto tráfico marítimo en un espacio tan reducido. Y cada barco deja una huella invisible bajo la superficie.

Ballenas piloto nadando frente a un buque de carga.

Ballenas piloto nadando frente a un buque de carga. iStock

El ruido generado por motores, hélices y maquinaria se propaga en el agua a una velocidad mucho mayor que en el aire y puede recorrer enormes distancias. Para especies que dependen del sonido para orientarse, alimentarse o mantenerse unidas a su grupo, el problema va más allá de una simple molestia.

Ese ruido tiene nombre: contaminación acústica submarina.

Según la Directiva Marco sobre la Estrategia Marina de la Unión Europea, se trata de uno de los once indicadores ambientales que los Estados miembros están obligados a vigilar para garantizar el buen estado ecológico de sus mares.

Organizaciones como OceanCare la consideran ya una de las mayores amenazas para la fauna marina del Mediterráneo, junto a las colisiones con embarcaciones, la sobrepesca, el cambio climático o la contaminación química y por plásticos.

Una causa personal

La primera vez que Natalia Rodríguez (2009) vio cachalotes en el Estrecho tenía cuatro años. Aquella imagen marcó el inicio de una relación con el mar que acabaría convirtiéndose en activismo. Años después, un bautismo de buceo que recibió como regalo de su abuela terminó por definir el rumbo. "Me gustó muchísimo", recuerda.

Con apenas diez años creó un proyecto llamado '12 metros más abajo' con el objetivo de vender collares de arcilla y financiar así su formación como buceadora Open Water. Hoy, con 17 años, es buceadora, divulgadora y embajadora del Pacto Climático Europeo.

Su última iniciativa se llama '132 decibelios es maltrato'.

Natalia Rodríguez buceando con tiburones angelotes.

Natalia Rodríguez buceando con tiburones angelotes. Cedida

La campaña, lanzada en Change.org y respaldada ya por cientos de firmas, pone el foco sobre un dato concreto: el estudio AMIGOS de 2025 detectó un ruido de fondo permanente de 132 decibelios en el Estrecho de Gibraltar, un nivel que, según denuncia la joven, lleva registrándose durante más de dos décadas sin que exista ningún límite legal específico que lo regule.

Su objetivo no es reducir el tráfico marítimo ni paralizar la actividad económica del Estrecho.

Lo que propone es más concreto. Su apuesta consiste en rebajar la velocidad de los ferris y grandes embarcaciones hasta los 10 o 12 nudos en las áreas más sensibles para el tránsito de cetáceos, una medida ya aplicada en determinados corredores de Canadá y Estados Unidos.

La iniciativa ha llegado incluso a las instituciones europeas.

Rodríguez presentó el pasado 1 de julio un proyecto piloto ante representantes comunitarios y mantuvo conversaciones con el secretario de Estado de Medio Ambiente, Hugo Morán, así como con el eurodiputado César Luena. Paralelamente trabaja junto a otros embajadores climáticos europeos en un documento que pretende elevar al Parlamento Europeo.

El océano es sonido

Los seres humanos dependen fundamentalmente de la vista para interpretar el mundo. Los cetáceos hacen lo contrario.

Ballenas, delfines y cachalotes utilizan el sonido para desplazarse, localizar alimento, identificar obstáculos, reconocer a otros individuos y mantener la cohesión social del grupo. En muchos casos, especialmente en aguas profundas o con baja visibilidad, el oído se convierte en su principal herramienta de supervivencia.

La ecolocalización funciona de forma parecida a un sonar biológico. El animal emite sonidos y analiza el eco que regresa tras chocar contra peces, bancos de calamares, rocas o incluso otros cetáceos.

Cuando el ruido ambiental aumenta, ese sistema pierde eficacia. "Es como si fuera un concierto de rock permanente", explica Natalia Rodríguez. "Como si tuvieras el oído pegado a un altavoz constantemente".

La joven describe el fenómeno como una "niebla musical" que dificulta que los animales puedan escucharse entre sí. Y esto, precisamente, se traduce en múltiples consecuencias, tales como la pérdida de comunicación, las dificultades para localizar presas, las alteraciones en las rutas de desplazamiento o el incremento del estrés fisiológico.

De hecho, un estudio internacional publicado recientemente en Journal of Experimental Biology y difundido por Science Media Center España observó este fenómeno en los calderones del Estrecho de Gibraltar, una especie catalogada como amenazada.

Tras analizar más de mil vocalizaciones procedentes de 18 individuos distintos, los investigadores comprobaron que los animales aumentaban el volumen de sus llamadas cuando el ruido ambiental se incrementaba.

Ballenas piloto de aleta larga.

Ballenas piloto de aleta larga. iStock

Es el equivalente marino a elevar la voz en un restaurante lleno o durante una conversación junto a una aspiradora encendida. El problema es que gritar más no siempre basta.

Los investigadores advierten de que ese esfuerzo adicional podría no ser suficiente para mantener el contacto entre miembros del grupo cuando el ruido alcanza determinados niveles.

Michel André, director del Laboratorio de Aplicaciones Bioacústicas de la Universidad Politécnica de Cataluña, considera que estos comportamientos reflejan la capacidad de adaptación de los cetáceos a un entorno cada vez más ruidoso, aunque recuerda que los efectos del sonido artificial se extienden a toda la cadena trófica marina.

Bajar el volumen

Reducir la velocidad de los barcos es una de las medidas que más consenso genera entre científicos y organizaciones conservacionistas. También es una de las más eficaces.

El informe Quiet Waters, elaborado por OceanCare, calcula que una disminución del 10% en la velocidad de navegación permitiría reducir aproximadamente un 40% la energía sonora que los barcos transmiten al medio marino. Los beneficios no terminan ahí.

La misma reducción implicaría un descenso del consumo de combustible cercano al 19%, una disminución de las emisiones contaminantes y una reducción aproximada del 50% en las colisiones mortales entre buques y cetáceos.

La velocidad se ha identificado, de hecho, como el principal factor asociado a estos accidentes, por encima incluso del tamaño o del diseño de las embarcaciones.

El reto es especialmente relevante en una zona donde muchas embarcaciones superan ampliamente los 20 nudos. En concreto, según OceanCare, los ferris de pasajeros suelen navegar entre 14,5 y 26,2 nudos, mientras que numerosos portacontenedores alcanzan velocidades superiores a los 24.

La propuesta defendida por Rodríguez se centra únicamente en las áreas críticas para el paso de cetáceos y estaría acompañada de ayudas para la adaptación tecnológica de las embarcaciones y de mecanismos de control específicos.

Entre ellos figura la creación de una especie de "ITV del mar" que supervise el cumplimiento de las limitaciones de velocidad y las medidas de reducción del ruido. "Sería vigilar que realmente las embarcaciones están cumpliendo", resume la joven.

Escuchar el mar

España ya ha demostrado en el pasado que actuar sobre el ruido submarino es posible.

En 2004 se prohibió el uso de sonares militares en aguas cercanas a Canarias tras varios episodios de varamientos masivos de zifios que coincidieron temporal y geográficamente con maniobras navales.

La decisión convirtió el archipiélago en uno de los primeros lugares del mundo en aplicar restricciones específicas a este tipo de contaminación acústica y es citada frecuentemente como ejemplo internacional de prevención.

El propio Mediterráneo occidental cuenta además desde 2018 con una de las mayores áreas protegidas para cetáceos de Europa: el Corredor de Migración de Cetáceos del Mediterráneo, un espacio de más de 46.000 kilómetros cuadrados entre la Península y Baleares declarado posteriormente Zona Especialmente Protegida de Importancia para el Mediterráneo.

Por ese corredor transitan regularmente cachalotes, rorcuales comunes, delfines comunes, zifios de Cuvier y otras especies especialmente sensibles al sonido.

La protección legal del espacio, sin embargo, no elimina automáticamente las amenazas que llegan desde fuera de sus límites. Pues, el ruido, no entiende de fronteras administrativas.

Por ese motivo, su medición se ha convertido en una prioridad científica y regulatoria en Europa.

El Centro Tecnológico Naval y del Mar recuerda que monitorizar el sonido bajo el agua es un proceso técnicamente complejo que requiere hidrófonos calibrados, protocolos comunes y sistemas de seguimiento permanentes para poder comparar resultados entre regiones y detectar tendencias a largo plazo.

La cuestión ya no es si existe un problema, sino cuál es su magnitud y hasta dónde llegan sus consecuencias ecológicas.

Mientras la investigación avanza y las administraciones estudian nuevas regulaciones, Natalia Rodríguez continúa acumulando apoyos para su propuesta desde una posición poco habitual en el debate ambiental europeo; la de una estudiante de 17 años que descubrió los cachalotes antes incluso de aprender a explicar qué sentía al verlos.

Además de la campaña contra el ruido submarino, impulsa 'Sin aletas no hay paraíso', un proyecto educativo que incluye un libro ilustrado y charlas en centros escolares para acercar la conservación marina a las nuevas generaciones y desmontar mitos sobre los tiburones.

Natalia Rodríguez, buceadora y embajadora de Pacto Climático Europeo.

Natalia Rodríguez, buceadora y embajadora de Pacto Climático Europeo. Cedida

"La película Tiburón ha hecho mucho daño", sostiene. Y es que su mensaje es muy sencillo, no hablamos de enemigos, sino de aliados indispensables para el equilibrio de los océanos.

Cuando se le pregunta qué habría ocurrido si esos 132 decibelios hubieran sonado durante décadas sobre nuestras ciudades y no bajo el agua, su respuesta llega sin titubeos. "Se habría actuado mucho antes".

Rodríguez lo dice desde una experiencia especialmente personal. Tiene hiperacusia, una sensibilidad extrema al sonido, y sabe bien lo que supone convivir con el ruido constante. Quizá por eso resulta más fácil entender la pregunta que sobrevuela toda su campaña. Si los océanos pudieran quejarse, ¿cuánto tiempo llevarían pidiendo silencio?