María Gil, neuroarquitecta, diseñadora de interiores y máster en neurociencia.

María Gil, neuroarquitecta, diseñadora de interiores y máster en neurociencia. Cedida

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María Gil, neuroarquitecta: "Una ciudad no debe ser solo estética y funcional, tiene que conciliar con nuestra biología"

La especialista sostiene que la arquitectura no es neutra: el entorno construido impacta en el sistema nervioso, la salud mental y el bienestar colectivo.

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Por encima de la normativa, la estética o la rentabilidad, la arquitectura tiene una responsabilidad más profunda: cuidar la biología humana. Esa es la premisa central que defiende María Gil, neuroarquitecta, diseñadora de interiores y máster en neurociencia.

Sostiene que durante décadas hemos proyectado ciudades y edificios dejando fuera algo esencial: el sistema nervioso de las personas que los habitan.

"La neuroarquitectura aporta un enfoque más humano", explica. No se trata de sustituir los criterios técnicos, sino de integrarlos con la evidencia científica sobre cómo influye el entorno en nuestro cerebro, nuestras emociones y nuestras relaciones.

Su reflexión parte de que "somos seres profundamente relacionales". Explica que el estudio más largo sobre la felicidad realizado hasta la fecha por la Universidad de Harvard demuestra que el mayor predictor de salud y bienestar no es el dinero ni el éxito profesional, es la calidad de nuestras relaciones sociales.

"La neurociencia ha demostrado que cuando el entorno se percibe como amenazante, el sistema nervioso entra en estado de alerta y reduce la activación de los circuitos de vínculo. Es un mecanismo biológico de supervivencia: sin seguridad no hay conexión, y sin conexión no hay bienestar", asegura.

En este contexto, el diseño no es neutro. Puede fomentar el aislamiento o facilitar el encuentro. "La neuroarquitectura recuerda diseñar para la biología. Es decir, diseñar para la seguridad y para la conexión", afirma Gil.

Salón diseñado por la neuroarquitecta María Gil.

Salón diseñado por la neuroarquitecta María Gil. Cedida

Añade que "hoy los niños apenas juegan en la calle porque el entorno no se percibe como seguro. No conocemos a nuestros vecinos porque hemos levantado muros. El diseño puede fomentar el aislamiento o puede facilitar el encuentro".

Un campo en expansión

Aunque la aplicación sistemática de la neuroarquitectura sigue siendo emergente, la base científica es sólida. Desde los años 80 existen investigaciones sobre el impacto de la naturaleza en la recuperación hospitalaria, sobre la influencia de la luz en los ritmos biológicos, sobre la orientación espacial o la percepción del entorno.

Multinacionales como Google, Apple o Microsoft aplican estos principios desde hace años en el diseño de oficinas y tiendas. Han entendido que el bienestar incrementa las ventas, mejora la productividad y reduce el absentismo.

Según Gil, "estamos en un momento apasionante. La evidencia ya está. Lo que falta es que se socialice. Igual que hoy nadie discute la sostenibilidad energética, dentro de unos años nadie debería proyectar sin tener en cuenta la biología".

El impacto del espacio

Los espacios que habitamos influyen en nosotros constantemente, incluso mientras dormimos. El sistema nervioso no desconecta de su función principal: detectar seguridad o amenaza en el entorno.

Evalúa luz, sonido, proporciones, altura, materiales y presencia de naturaleza en milésimas de segundo, antes de que podamos racionalizarlo.

"Si el espacio ofrece sensación de seguridad, el sistema nervioso baja la guardia. Y entonces aparece la alegría, la curiosidad, la creatividad o el deseo de conectar. Esto solo podemos experimentarlo cuando nos sentimos seguros, y el entorno juega un papel crucial en ello", explica María Gil.

Gil reclama integrar naturaleza, luz natural y espacios de encuentro en el urbanismo para combatir el estrés, la ansiedad y la desconexión social.

Gil reclama integrar naturaleza, luz natural y espacios de encuentro en el urbanismo para combatir el estrés, la ansiedad y la desconexión social. Cedida

Sin embargo, "si el entorno se percibe como amenaza, es ruidoso, impredecible o excesivamente artificial, el sistema nervioso entra en alerta. Y emergen irritabilidad, ansiedad, hipervigilancia, enfado o retraimiento".

Por lo tanto, "el espacio no es neutro. Impacta en nuestro sistema nervioso, nuestras emociones, nuestra conducta y nuestras relaciones".

Reguladores invisibles

Entre los elementos arquitectónicos con mayor impacto psicológico, Gil destaca todo aquello que nos conecta con la naturaleza. La luz natural ocupa un lugar central. "Nuestro sistema nervioso necesita la luz solar para regular los ritmos circadianos, sueño, estado de ánimo y equilibrio hormonal", asegura.

El sonido es otro factor determinante. "El ruido crónico mantiene al sistema nervioso en alerta sostenida. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo considera uno de los principales riesgos ambientales para la salud en Europa, vinculado a estrés, trastornos del sueño y enfermedades cardiovasculares".

La calidad del aire completa este triángulo. "La OMS reconoce el síndrome del edificio enfermo y estima que hasta un 30% de las construcciones pueden presentar condiciones interiores que afectan a la salud. Además, el aire interior puede estar entre dos y cien veces más contaminado que el exterior".

En este sentido, asegura que "la evidencia acumulada muestra que la calidad del aire influye en la función cognitiva, que la luz natural mejora el sueño y el estado de ánimo, y que el ruido crónico se relaciona con aumento de cortisol, hipertensión y mayor riesgo cardiovascular. No se trata de percepciones subjetivas, sino de marcadores fisiológicos medibles".

Por lo tanto, "cuando el diseño ignora la biología, mente y cuerpo pasan factura", asegura la arquitecta.

Uno de los estudios más citados en este ámbito es el de Roger Ulrich en los años 80, que demostró que los pacientes hospitalizados con vistas a la naturaleza se recuperaban antes y necesitaban menos analgésicos que quienes miraban a un muro.

Por eso, para Gil, "la neuroarquitectura no es una moda, sino un bien social con impacto en la salud pública. Diseñar espacios que regulen el sistema nervioso reduce costes sanitarios, mejora la convivencia, aumenta la productividad y fortalece el bienestar colectivo".

Ciudades que concilien

En 2050, casi el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. "Si estas no integran naturaleza, movilidad activa, espacios de encuentro y zonas de refugio, estaremos diseñando entornos que activan estrés crónico y favorecen la desconexión social", afirma Gil.

La neuroarquitectura propone calles para pasear, sombra, vegetación, lugares donde sentarse y conversar. "Una ciudad no debe ser solo estética, funcional y sostenible: tiene que conciliar con nuestra biología. Ante el aumento de la ansiedad, el estrés y la depresión, diseñar ciudades más humanas no es una opción, sino una prioridad social", destaca.

Gil subraya la importancia de la luz natural, el sonido y la calidad del aire.

Gil subraya la importancia de la luz natural, el sonido y la calidad del aire. Cedida

"El verdadero espacio del futuro no será el más automatizado, sino el más respetuoso con nuestra fisiología", sostiene Gil. El riesgo es proyectar desde la fascinación tecnológica y olvidar que el cuerpo sigue siendo ancestral.

Como ejemplo de diseño atemporal, María Gil cita la Alhambra de Granada, "que integró agua, naturaleza, proporción, sombra y refugio siglos antes de que existiera la neurociencia. Sus constructores no conocían las neuronas, pero entendían cómo se siente el cuerpo en un espacio".

Formar profesionales regulados

Para que este enfoque se consolide, serán claves profesionales formados en neurociencia aplicada al diseño y también en la gestión de su propio bienestar. "Diseñamos desde cómo estamos. Para diseñar bienestar hay que encarnarlo", afirma.

Desde la Academia Española de Neurociencias para la Arquitectura y el Diseño, de la que Gil es fundadora, trabajan en integrar neurociencia, gestión emocional y gestión empresarial a través de la Neuroarquitectura Integrativa®. El objetivo no es solo añadir un título al currículum, sino transformar la forma de proyectar y de vivir.

Diseñar para un neandertal

Si tuviera que resumir su mensaje en un consejo, María Gil lo tiene claro: "Diseñad para la biología, para un ser vivo que ha evolucionado en la naturaleza, no para una máquina".

Para Gil, la neuroarquitectura no es una moda, sino un bien social con impacto en la salud pública.

Para Gil, "la neuroarquitectura no es una moda, sino un bien social con impacto en la salud pública". Cedida

"Aunque vivamos conectados al wifi y a la velocidad de las notificaciones, nuestro sistema nervioso sigue funcionando con los mismos principios básicos de seguridad, conexión y regulación. El diseño no solo construye espacios: construye emociones", asegura.

"La neuroarquitectura no es un lujo ni una tendencia. Es una necesidad biológica y una herramienta de cambio social. Cuando diseñamos respetando la biología humana, no solo mejoramos los edificios. Mejoramos la vida", concluye.