Durante años hemos medido el avance de la transición energética fijándonos principalmente en cuánta electricidad renovable éramos capaces de producir. Y tenía sentido: el primer gran reto era sustituir progresivamente los combustibles fósiles por fuentes como el sol y el viento.
España ha avanzado enormemente en ese camino y en 2025 las renovables generaron el 55,5% de la electricidad del país, según datos de Red Eléctrica. La capacidad solar y eólica sigue creciendo y cada vez producimos más electricidad limpia. Pero precisamente ese éxito nos sitúa ahora ante una nueva etapa.
El reto ya no es solamente producir más energía renovable, sino conseguir aprovechar mejor toda la que ya somos capaces de generar. El sol y el viento no siempre producen electricidad en los mismos momentos en los que más la necesitamos.
Puede haber abundante generación solar a mediodía, cuando muchas viviendas están vacías y el consumo es reducido, y una demanda mucho mayor al final de la tarde, cuando llegamos a casa, cocinamos, encendemos la climatización o ponemos a cargar el coche eléctrico.
En determinados momentos podemos disponer, por tanto, de más electricidad renovable de la que somos capaces de consumir o almacenar de forma inmediata. Y unas horas después, cuando la demanda aumenta, volvemos a necesitar energía.
Ese desfase entre cuándo producimos y cuándo consumimos es una de las claves de la siguiente fase de la transición energética. No se trata de falta de recursos ni de falta de ambición: España dispone de una enorme capacidad renovable y sigue ampliándola. Se trata de conseguir que esa energía limpia pueda utilizarse de la forma más eficiente posible.
Producir más seguirá siendo importante, pero cada vez lo será también más saber almacenar y utilizar mejor la electricidad ya disponible.
En este contexto, el almacenamiento deja de ser una promesa de futuro para convertirse en una pieza cada vez más relevante. Una batería permite hacer algo muy sencillo: guardar electricidad cuando está disponible y utilizarla cuando realmente hace falta.
En una vivienda con placas solares, por ejemplo, la energía producida durante las horas centrales del día puede almacenarse y aprovecharse por la tarde o por la noche, cuando las placas ya no están generando. Para el consumidor, esto significa utilizar una mayor parte de la energía que produce en casa y depender menos de la electricidad comprada de la red en otros momentos.
El hogar empieza así a desempeñar un papel muy distinto al de hace apenas unos años. Ya no es solo un espacio de consumo: cada vez más viviendas también producen, almacenan y gestionan su propia energía. Placas solares, baterías, vehículos eléctricos o sistemas de climatización están convirtiendo al hogar en una pieza cada vez más activa del sistema energético.
El reto es que esa mayor capacidad no añada complejidad a la vida de las personas, sino todo lo contrario: que se traduzca en más autonomía, más control y una mejor capacidad para decidir cómo y cuándo utilizar su energía. Porque gestionar mejor la energía del hogar no debería ser una carga, sino una fuente de valor para el consumidor.
Pensemos en una vivienda con placas solares, una batería y un vehículo eléctrico. Durante el día, las placas pueden producir electricidad mientras el coche está fuera de casa, y parte de esa energía puede guardarse para utilizarse cuando el vehículo regresa por la tarde.
El propietario no necesita cambiar radicalmente su rutina ni estar pendiente constantemente de precios y horarios. Su necesidad sigue siendo muy sencilla: quiere tener el coche cargado a la mañana siguiente. Lo que cambia es la forma en que se utiliza la energía para conseguirlo.
Ahí está probablemente una de las mayores oportunidades de esta nueva etapa: que el consumidor pueda aprovechar mejor la electricidad sin tener que asumir toda la complejidad que existe detrás.
Hasta ahora, muchas veces hemos asociado el ahorro energético con estar pendientes de tarifas, modificar hábitos o consultar constantemente cuánto estamos consumiendo. La evolución debería ir en la dirección contraria. Una gestión más avanzada de la energía debería permitir que las decisiones se adapten a las necesidades del usuario, y no obligar al usuario a adaptar continuamente su vida al funcionamiento del sistema eléctrico.
El consumidor obtiene así algo más valioso que información: obtiene capacidad de actuación. Puede aprovechar mejor la electricidad que produce en casa, almacenarla para utilizarla cuando más le convenga, reducir su exposición a las horas más caras y electrificar nuevos usos, como la movilidad o la climatización, sin que ello implique necesariamente un mayor coste.
La sostenibilidad deja entonces de ser únicamente una cuestión ambiental y pasa a traducirse también en beneficios cotidianos: más control sobre la energía, mayor autonomía y una factura potencialmente más eficiente. Sostenibilidad, ahorro y comodidad no deberían presentarse como objetivos enfrentados.
Además, el beneficio que comienza en el hogar puede extenderse al conjunto del sistema. Una sola familia almacenando energía solar o cambiando unas horas la carga de su coche tiene un impacto limitado, pero cientos de miles de hogares haciendo lo mismo pueden marcar una diferencia considerable.
Si parte del consumo se desplaza hacia los momentos en los que hay más energía renovable disponible, se aprovecha mejor la producción limpia y se reduce la presión sobre la red en las horas de mayor demanda. La suma de muchas decisiones pequeñas puede convertirse así en una herramienta relevante para un sistema eléctrico más eficiente y sostenible.
España tiene especialmente buenas condiciones para avanzar en esta dirección. En 2025, el autoconsumo produjo aproximadamente 13.485 GWh, según Red Eléctrica, mientras que los sistemas de almacenamiento permitieron integrar 9.213 GWh en el sistema, un 6,2% más que el año anterior.
Son cifras que reflejan una transformación profunda: cada vez producimos más electricidad cerca de donde se consume y contamos con más posibilidades para decidir qué hacer con ella. El siguiente paso consiste en conseguir que almacenar y gestionar esa energía sea accesible y útil para cada vez más consumidores.
Porque cuando hablamos de energía, generar más no siempre es suficiente si no somos capaces de gestionar bien lo generado. Si la electricidad renovable se produce en momentos en los que no podemos consumirla ni almacenarla, parte de su valor se pierde.
Y si unas horas después todos concentramos nuestro consumo al mismo tiempo, el sistema debe responder a ese pico de demanda. Aprovechar mejor la energía ya disponible puede reducir esa ineficiencia y facilitar, al mismo tiempo, la electrificación del transporte y de la climatización, dos ámbitos esenciales para seguir reduciendo el uso de combustibles fósiles.
Pero esa gestión no debería convertirse en una nueva responsabilidad para el ciudadano. Nadie quiere pasar el día calculando cuándo debe cargar una batería, encender un aparato o conectar su coche.
Lo razonable es que cada persona pueda decidir qué necesita —tener el vehículo cargado por la mañana, mantener su casa a una determinada temperatura o disponer de energía suficiente durante la noche— y que el uso de la electricidad se organice alrededor de esas preferencias. El verdadero avance no será conseguir que todos sepamos más de electricidad, sino que necesitemos saber menos para aprovecharla mejor.
La próxima fase de la transición energética no consistirá únicamente en instalar más placas solares, sino también en dar a los consumidores las herramientas para almacenar, gestionar y aprovechar mejor esa energía.
Y cuando hacerlo permita al mismo tiempo ahorrar, ganar comodidad y reducir nuestro impacto ambiental, la transición energética dejará de ser únicamente un gran objetivo colectivo para convertirse también en una ventaja tangible en la vida cotidiana de las personas.
*** Jordi Jené es country manager de Frank Energy en España.