Quien pasea hoy por Dakar encuentra una ciudad vibrante y en movimiento. La estabilidad relativa del país, en comparación con sus vecinos en el Sahel, ha convertido a la capital de Senegal en un centro bullicioso de inversión y andamios. A la bonanza constructora también contribuye la llegada de remesas de los migrantes senegaleses en el exterior.
Edificios a medio levantar, grúas, solares cercados, sacos de cemento por doquier, pequeñas montañas de escombros… y una población joven que a todas horas se dirige con sus libros y apuntes a cientos de institutos, escuelas de formación profesional públicas y privadas, así como a distintos campus universitarios.
Estudiar se percibe como una opción de futuro, y aún lo es, pero no al ritmo que exige el incremento anual de recién titulados, incluso cuando alcanzar la universidad solo está al alcance de uno/a de cada diez jóvenes. Las expectativas de todos ellos chocan con la falta de oportunidades, incluso en una economía que crece a más del 6% anual en los últimos años.
La frustración aparece a diario en las conversaciones de grupos de jóvenes, sentados alrededor de un té, mientras acompañan a un amigo o familiar que trabaja como guardia en edificios en construcción o en viviendas que pueden pagar este servicio las 24 horas. Vigilante, albañil por días o vendedor ambulante son algunas de las opciones más comunes que encuentran muchos de estos chicos.
En el caso de las jóvenes, la falta de oportunidades suele reflejarse en los incontables puestos callejeros donde venden maní en todas sus formas: tostado, caramelizado, salado, en botellas o pequeñas bolsas para el consumo diario, en una continuidad de tenderetes a lo largo de las calles más concurridas.
Estas ocupaciones precarias forman parte de lo que el investigador senegalés Abdou Salam Fall llamó bricolaje para sobrevivir; una suma de actividades en las que se involucran todos los integrantes de hogares en situación de pobreza y que les obliga a reinventar sus estrategias de vida cada mañana en una "cultura de lo aleatorio”.
Esta economía de la improvisación viene con su propio vocabulario en lengua wolof. Así, el taqale o arte de remendar, consiste en la suma de recursos minúsculos, aportados por distintos miembros de la familia para costear desde una barra de pan hasta la ropa.
El gobar jaasi o fotocopia del almuerzo, sería la respuesta directa a las dificultades de alimentación, e implica suprimir la cena y guardar las sobras del almuerzo, o bien recurrir a alimentos baratos y saciantes, como mojar pan duro de días anteriores en agua azucarada. O el juego de palabras Barça wala Barsakh, que se puede traducir de forma literal como Barça o muerte, y que expresa el propósito de llegar a Europa o morir en el intento.
Medir el deseo de migrar permite tomar el pulso a las expectativas de la juventud senegalesa que proclama el Barça wala Barsakh. La empresa de encuestas Gallup lo hace desde hace años en casi todos los países del mundo.
Sus datos muestran que, entre 2021 y 2023, Senegal registró el mayor aumento de la intención migratoria en África subsahariana, hasta el punto en que cerca de la mitad de la población adulta afirmaba que dejaría el país si tuviera la oportunidad de hacerlo.
Senegalesa vendiendo maní en un puesto gallejero.
La estrategia migratoria es una respuesta común a la falta de oportunidades, pero también refleja una paradoja; a medida en que los países mejoran su situación socioeconómica, los que parten de una situación más precaria y empiezan a progresar, son también los que ven a un mayor número de jóvenes partir.
Este patrón se aplica hoy a Senegal, como unas décadas atrás lo hizo en la España de los años 60 en pleno desarrollismo. La experiencia española y de otros países que ya han atravesado esa transición muestra que la migración no disminuye con las primeras mejoras económicas.
Al contrario, cuando aumentan la renta, la educación y los vínculos con el exterior, también aumenta la capacidad para marcharse. Solo más adelante, cuando el país ofrece mejores empleos y oportunidades, la presión migratoria tiende a reducirse y, con el tiempo, algunos países pasan de ser origen de emigración a convertirse en destino.
Sin embargo, las estadísticas y los gráficos sirven de poco a los jóvenes senegaleses que acaban de titularse en una universidad, en un centro de formación profesional o que ni siquiera pudieron concluir su formación. Menos aún sirve la espera o la ausencia de alternativas para quienes ni siquiera tuvieron la opción de concluir sus estudios.
Su horizonte cotidiano está en las conversaciones con amigos que giran en círculos y llenan sus tardes en las calles de Dakar y otras ciudades del país. O en las redes sociales, donde observan la vida de familiares, amigos y conocidos instalados en Italia, Francia o España.
A medida que aumentan la formación, las expectativas y las capacidades, también crece la aspiración migratoria. Hasta hace poco, ese anhelo solo podía canalizarse por vías irregulares mediante la travesía incierta del Atlántico a bordo de pirogues (que en España llamamos pateras) o el cruce del Sahara, atravesado por conflictos y mafias.
Las expectativas de todos ellos chocan con la falta de oportunidades.
De manera reciente, países como España, Alemania o Francia han puesto en marcha iniciativas de migración ordenada, segura y legal que ofrece a jóvenes senegaleses la oportunidad de migrar con garantías, ya sea para completar su formación o acceder a un empleo para el que son contratados en origen por representantes de empresas europeas.
Los pasos dados van en la buena dirección, pero aún se necesita aumentar de escala y pasar de las actuales decenas de jóvenes a un número significativo como para contrarrestar la alternativa que supone la migración irregular. Todo ello además en respuesta a las dificultades crecientes para cubrir vacantes en buena parte de los sectores económicos de la Unión Europea.
La alternativa a la migración irregular no es pedir a los jóvenes que esperen indefinidamente a que la macroeconomía haga su trabajo, sino invertir con recursos senegaleses y europeos en formación, ofrecer incentivos a las inversiones de carácter productivo que favorezcan el empleo en Senegal y establecer vías de migración laboral que impulsen un intercambio de ida y vuelta de mayores ingresos, conocimientos y experiencia.
En wolof, tekki significa salir adelante, lograr una vida reconocida por los demás. Para muchos jóvenes senegaleses ese horizonte parece estar fuera: en Barcelona, París, Almería o en cualquier lugar donde haya trabajo.
El reto ahora es ampliar las vías legales para quienes quieran moverse, pero también hacer posible el tekki fii (prosperar aquí) de manera que salir adelante no exija marcharse, ni jugarse la vida para intentarlo.
*** Miguel Ángel García Arias, responsable de migraciones, prevención y resiliencia en Acción contra el Hambre.