A veces los datos hablan más claro que las palabras. Según el I Barómetro EducAcción, elaborado por Metroscopia, casi nueve de cada diez españoles creen que la educación necesita una transformación profunda.
Y lo más relevante: ese consenso transversal se mantiene independientemente del tipo de centro—público, concertado o privado—, del territorio o del partido que gobierne. Y, en un país donde la escuela suele dividirnos, este dato debería unirnos.
Entonces, ¿cómo es posible que, aun sabiendo que el sistema no funciona, sigamos sin actuar? Quizá porque hemos interiorizado una forma de indefensión: esperar a que otros resuelvan lo que nos afecta. Nos acostumbramos a esperar hasta convencernos de que no está en nuestras manos.
Pero sí lo está. Y más en un asunto como la educación, que define no solo nuestro futuro, sino nuestro presente como sociedad.
Según el mismo estudio, ocho de cada diez ciudadanos creen que las decisiones educativas responden a intereses partidistas antes que al interés de la comunidad educativa.
Además, más del 70% de los encuestados cree que los cambios necesarios no llegarán desde la política. Y tienen razón.
Lo sabemos: los ciclos electorales, los intereses partidistas y la falta de visión a largo plazo hacen imposible ese anhelado pacto de Estado por la educación que cada legislatura vuelve a prometerse y nunca llega.
Pero quizá no lo necesitamos. Quizá el pacto real ya existe: el de la sociedad civil, que ha alcanzado un consenso silencioso pero abrumador. Lo que falta no es acuerdo: es acción.
Ha llegado el momento de que la sociedad civil tome la iniciativa, y lo haga con rigor, con propósito y con esperanza. La transformación educativa no puede seguir esperando a que la política despierte; debe comenzar desde abajo y desde dentro.
¿Cómo?
Declarando principios irrenunciables coherentes con lo que hoy sabemos sobre cómo aprendemos y cómo vivimos: pedagogía, neurociencia, psicología, salud, tecnología y, sí, también marketing entendido como experiencia de usuario, al servicio del aprendizaje significativo.
Pilotando experiencias que validen buenas prácticas transferibles, medibles y sostenibles en los centros educativos.
Y, solo entonces, legislando. Cuando la evidencia y el consenso social sean incuestionables, y no antes.
La urgencia no es retórica. Vivimos en un tiempo de cambios exponenciales —tecnológicos, climáticos, sociales y emocionales— mientras el sistema educativo sigue atrapado en un modelo lineal. Cada año que aplazamos la transformación, ampliamos la brecha entre lo que el mundo necesita y lo que la escuela ofrece.
No pedimos imposibles. Pedimos que no se obstaculice el trabajo de quienes ya están actuando, que se respete la autonomía de quienes innovan, que se escuche a las familias, a los docentes, a los jóvenes. Que la política acompañe, pero no manipule; que inspire, pero no intervenga.
Porque educar no es adoctrinar: es liberar capacidades. Porque la escuela no puede seguir diseñada para un mundo que ya no existe. La evidencia y el sentido común están de nuestro lado; la inercia, no.
España necesita recuperar la confianza en su ciudadanía. Tenemos el conocimiento, la voluntad y la experiencia para liderar este cambio. Lo que falta es creer que podemos hacerlo juntos.
Déjennos hacer. Déjennos construir la educación que nuestros jóvenes merecen: una educación que sirva al presente y prepare el futuro. Porque si el cambio es urgente y la política no lo hará, entonces la sociedad civil debe hacerlo posible. Y hacerlo ahora.
***Sonia Díez es presidenta del Comité Científico de la Cátedra EducAcción.