Una agente de salud comunitaria atiende a dos mujeres en un centro salud.

Una agente de salud comunitaria atiende a dos mujeres en un centro salud. medicosmundi

Historias

La vida en la retaguardia del ébola: cómo resiste la población de la RD del Congo frente a la epidemia sin vacuna

Este brote ya había registrado más de 4.400 casos confirmados y 2.325 muertos en el conjunto del país el día 17 de agosto de 2026.

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Teresa Rosario Velasco
Publicada

Hay un silencio denso cuando uno se adentra en el norte de la República Democrática del Congo. Pero en los despachos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra, la crisis tiene un nombre técnico: Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII).

Cifras que no dejan de aumentar día tras día: más de 4.400 casos confirmados y 2.325 muertos en el conjunto del país con fecha 17 de agosto. Es, oficialmente, la segunda mayor epidemia de ébola jamás registrada.

Pero sobre el terreno, en la provincia de Alto Uele o en los barrios populares de Kinshasa como Kingabwa, Mbamu, Ndanu y Nzadi, el ébola no huele a estadística. Huele a cloro (mata la capa externa del virus), a incertidumbre, a miedo y a economías domésticas devastadas.

A diferencia de la gran crisis del ébola Zaire (hoy RDC) que conmocionó al mundo años atrás, el responsable de este brote es el virus de Bundibugyo.

La diferencia no es menor: para esta cepa no existe vacuna aprobada ni tratamiento específico que inyectar al personal de primera línea, ni terapia antiviral. La única medicina disponible es el aislamiento estricto, la rehidratación y los cuidados paliativos o de soporte.

Pero no es una pandemia mundial. El ébola no se transmite por el aire como un virus respiratorio; exige un contacto directo con fluidos corporales o cadáveres infectados. Por eso el riesgo global se mantiene bajo.

Sin embargo, al calificar este brote como una ESPII reconoce la realidad: es una emergencia regional feroz, altamente letal y con un riesgo enorme de propagación transfronteriza hacia Uganda, Sudán del Sur o la República Centroafricana.

La voz desde la trinchera

François Zioko Mbenza, representante de medicusmundi en la República Democrática del Congo, explica lo que ocurre cuando el virus cruza la frontera provincial desde el epicentro de Ituri hasta Alto Uele.

No habla con una voz de funcionario, sino con la urgencia del que ve cómo el frágil sistema de salud se desvanece. "En Alto Uele, la epidemia se declaró con retraso por la tardanza en recibir los resultados de laboratorio", explica.

En lugares como Pawa, la letalidad se dispara por encima del 82% y en Isiro o Wamba, los centros de salud se ven desbordados por un goteo incesante de enfermos que llegan, sobre todo, de las canteras mineras informales como el PK 51 o Niana.

"Llegan sin recursos, exhaustos, y quedan totalmente a cargo de familias de acogida que ya viven en una precariedad absoluta", relata. El problema es que, por culpa de la falta de información, esos enfermos terminan contagiando a los miembros de las familias que los han recibido con los brazos abiertos.

El drama humano se multiplica por la falta de insumos básicos. Mientras la OMS advierte que es necesario triplicar la capacidad de tratamiento y rastrear al 95% de los contactos para frenar la transmisión, en los centros de salud locales faltan Equipos de Protección Individual (EPI), lejía, cloro e incluso agua corriente.

El personal sanitario está en primera línea, pero extremadamente expuesto al contagio, insiste Zioko. "Se ha impartido alguna formación y se ha repartido material, pero en cantidades ínfimas. La proporción de enfermeros y agentes comunitarios capacitados sigue siendo alarmantemente baja".

Desconfianza y desinformación

Saber que no hay vacuna causa estragos en la mente de la población. Cuando una comunidad entera comprende que el ingreso en un centro sanitario no garantiza una cura farmacológica, nace la desconfianza. Muchos prefieren recurrir a brebajes y decocciones tradicionales.

El resultado es trágico: decenas de personas mueren en sus propias casas, ocultas por el miedo o el estigma, convertidas en focos invisibles de contagio. A ello se suma una brecha generacional e ideológica que Zioko describe: "Hay una gran inquietud, una psicosis real. Pero también asistimos a la negación de la enfermedad".

Buena parte de la juventud desocupada piensa que el ébola existe, pero que es un negocio diseñado para que los agentes de la respuesta y los occidentales den salida a sus excedentes de medicamentos", cuenta.

Las grandes agencias internacionales despliegan expertos en comunicación contratados a escala nacional o internacional que a menudo chocan con las dinámicas locales, en las organizaciones con arraigo, como medicusmundi, se apuesta por otra vía.

En sus proyectos cuentan con monitores agrícolas (MONAGRI) —asistentes de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Uélé— y con redes de estudiantes y agentes comunitarios (RECO), destaca Zioko.

"A ellos la gente sí los escucha porque son locales, caminan por los mismos senderos y conocen a cada familia. Si les dotáramos adecuadamente de EPI y herramientas de comunicación, serían la mejor barrera contra el virus".

La otra cara del desastre

El impacto de una emergencia sanitaria como la del ébola, se mide también en el precio del saco de mandioca o de harina. En un país donde el 70% de la población sobrevive en la economía informal y debe pagar de su propio bolsillo cada consulta, caja de pastillas o prueba de laboratorio, enfermar equivale casi siempre a caer en la extrema pobreza.

Además, el brote ha estrangulado la logística. El cierre parcial de la frontera con Uganda y el bloqueo del tráfico comercial en aeropuertos clave como el de Bunia han provocado un desabastecimiento inmediato y un encarecimiento desorbitado de los alimentos de primera necesidad.

En Isiro ya no hay combustible para aviación, cortando las conexiones directas con Kinshasa. A medicusmundi, que en Alto Uele acompaña a más de 2.500 hogares campesinos y apoya a estudiantes vulnerables en proyectos de soberanía alimentaria, la emergencia le ha obligado a reinventarse.

Las reuniones masivas y las visitas de campo se han restringido para evitar riesgos, cediendo el acompañamiento a las emisoras de radio comunitarias. Y es que, como recuerda Zioko: "No se puede frenar una epidemia médica desatendiendo la crisis alimentaria y social que la rodea".

En Isiro, además, la presión aumenta con la llegada de familias desplazadas que huyen del conflicto armado provocado por grupos rebeldes en zonas vecinas, agrega.

De los 518 millones de dólares solicitados por la comunidad internacional para hacer frente al plan global contra el brote, apenas se ha desembolsado poco más de la mitad. El déficit monetario es alarmante.

Cuando estalla una ESPII, la tendencia de la ayuda internacional es desembarcar de urgencia, levantar carpas, sofocar el brote y marcharse. Zioko expone lo que ha pasado: los pocos socios internacionales que han llegado a Alto Uele buscan al mismo tiempo establecerse y apoyar la respuesta.

"Medicusmundi, tiene la ventaja de conocer y vertebrar el sistema de salud local desde la base. Trabajamos todo el año en los sitios de atención comunitaria, en los Comités de Desarrollo de Salud y en la formación continua del personal".

El ébola de Bundibugyo pasará, pero las deficiencias estructurales del sistema público congoleño seguirán ahí si la cooperación no invierte en salud integral, prevención comunitaria y desarrollo local sostenible.

Fortalecer un centro de salud rural para que disponga de agua, guantes y personal formado no solo sirve para detectar a tiempo un caso sospechoso de ébola: sirve para que una madre no muera de parto ni un niño sucumba a una malaria tratable.