Siluetas de niños jugando en una fuente en Madrid.

Siluetas de niños jugando en una fuente en Madrid. iStock

Historias

Las olas de calor ponen en tela de juicio la adaptación de las ciudades españolas: "La edad importa, pero la renta decide"

La subida de temperaturas prevista por la AEMET vuelve a poner sobre la mesa una realidad que ya afecta a la salud, la desigualdad y el urbanismo.

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La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha puesto en preaviso a la población ante la posible llegada de una nueva ola de calor que podría comenzar este fin de semana y alcanzar su punto álgido entre el martes 21 y el miércoles 22 de julio.

El organismo advierte de la entrada de una masa de aire muy cálido procedente del norte de África, reforzada por las altas presiones, que podría disparar los termómetros hasta los 42 y 44 grados en valles y depresiones de Andalucía y en puntos de Castilla-La Mancha.

La noticia, hace apenas unos años excepcional, se ha convertido en una constante del verano español. Las olas de calor han dejado de irrumpir como episodios aislados para convertirse en una nueva normalidad climática que llega antes, dura más tiempo y alcanza temperaturas más elevadas.

Por tanto, la pregunta ya no es si habrá más olas de calor, sino cómo convivirá la sociedad con ellas.

El último informe de World Weather Attribution, elaborado por investigadores de Suecia, Dinamarca, Estados Unidos, Países Bajos, Irlanda y Reino Unido, concluye que las emisiones derivadas del uso de combustibles fósiles han empeorado de forma muy rápida las olas de calor europeas en apenas unas décadas.

Según el análisis, un episodio como el registrado en junio de 2026 habría sido prácticamente imposible en 1976 y todavía diez menos probable en 2003.

Los científicos calculan que las temperaturas diurnas registradas este año habrían sido aproximadamente 3,5 grados inferiores durante la gran ola de calor de 1976 y dos grados más bajas incluso durante el verano de 2003, considerado hasta hace poco el paradigma europeo del calor extremo.

Dos turistas asiáticos se protegen la cabeza del sol.

Dos turistas asiáticos se protegen la cabeza del sol. iStock

Las temperaturas nocturnas, especialmente peligrosas para la salud, habrían sido 2,4 grados inferiores hace medio siglo.

Y esa diferencia lo cambia todo.

Durante el verano de 2022, más de 60.000 personas murieron en Europa como consecuencia del calor extremo. Incluso el verano siguiente, considerablemente más suave, registró más de 47.000 fallecimientos asociados a las altas temperaturas.

El año pasado, la primera ola de calor del verano provocó unas 2.300 muertes en apenas 12 ciudades europeas. El calor, recuerdan los investigadores, mata más en Europa que cualquier otro fenómeno natural.

Ciudades anticuadas

Las ciudades españolas fueron diseñadas para soportar los veranos del siglo XX, no los del XXI.

"Se tienen que adaptar y transformar no solo la planificación urbana, sino también su visión a largo plazo", explica Corina Basnou, investigadora del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF).

A su juicio, la respuesta no puede limitarse al urbanismo, sino que debe implicar también a la salud, la educación, la movilidad o la comunicación pública. De ahí que, actualmente, sea la propia estructura urbana la que determine hoy quién sufre más el calor y quién consigue escapar de él.

Rubén Martínez, director del área de Urbanos y Ecología del Instituto de Investigación Urbana de Barcelona (IDRA), recuerda que el asfalto, el hormigón, el vidrio y la escasez de vegetación convierten a muchas ciudades en auténticos acumuladores térmicos capaces de absorber calor durante el día y liberarlo lentamente durante la noche.

Ese fenómeno, conocido como isla de calor urbana, explica por qué dos barrios separados apenas por unos kilómetros pueden registrar diferencias de varios grados durante una misma noche.

Mientras los parques y las zonas arboladas reducen las temperaturas gracias a la sombra y a la evaporación del agua, las superficies impermeables almacenan energía térmica durante horas. El resultado es que la ciudad deja de enfriarse cuando se pone el sol.

Y ahí es donde empieza el verdadero problema sanitario.

Las llamadas noches tropicales —aquellas en las que el termómetro no baja de los 20 grados— impiden que el organismo se recupere del estrés térmico acumulado durante el día. Y, en muchas ciudades del litoral mediterráneo, se ha convertido ya en la norma durante buena parte del verano.

Cuestión de salud pública

"El calor ya mata, y se puede medir", sostiene Martínez.

Solo durante el verano de 2022 se estimaron unas 11.300 muertes atribuibles al calor en España, la segunda cifra más alta de Europa únicamente por detrás de Italia. A nivel mundial, la media de la última década ronda las 546.000 muertes anuales asociadas a las altas temperaturas, un 23% más que en la década de los noventa.

Para el investigador del IDRA, el calor extremo debe empezar a abordarse de la misma forma que se aborda la contaminación atmosférica. Es decir, como un riesgo ambiental evitable mediante regulación, inversión pública y políticas específicas.

Termómetro urbano que muestra el calor extremo en la ciudad.

Termómetro urbano que muestra el calor extremo en la ciudad. iStock

La evidencia científica apunta además a que el impacto del calor va mucho más allá de los golpes de calor o de los problemas cardiovasculares.

Esmée Essers, investigadora del programa de Infancia y Medio Ambiente de ISGlobal, explica que existe un número creciente de estudios que relacionan las altas temperaturas con un empeoramiento del bienestar psicológico, alteraciones del sueño, problemas de atención y un aumento de las consultas relacionadas con la salud mental.

En concreto, una revisión publicada en The Lancet Planetary Health encontró asociaciones entre temperaturas elevadas, olas de calor y un incremento de las hospitalizaciones por problemas psiquiátricos, conductas suicidas y deterioro del bienestar emocional.

En niños y adolescentes la preocupación es aún mayor.

Una revisión reciente de 28 estudios observacionales identificó una relación entre la exposición al calor y un mayor riesgo de depresión, trastornos psicóticos, ingresos hospitalarios relacionados con la salud mental y mortalidad por suicidio en menores y jóvenes de hasta 24 años.

Aunque todavía existen incertidumbres sobre los mecanismos biológicos implicados, los investigadores consideran que el desarrollo cerebral y emocional convierte a la infancia y la adolescencia en etapas especialmente sensibles al estrés térmico.

La desigualdad en grados

Las personas mayores siguen siendo las principales víctimas de las olas de calor, pero la vulnerabilidad tiene cada vez más que ver con la renta.

"El perfil que más se repite es el de una mujer mayor, con alguna enfermedad, que vive sola, en una vivienda antigua y mal aislada y en un barrio de renta media o baja", señala Martínez.

Sin embargo, el investigador insiste en que la capacidad de protegerse frente al calor depende fundamentalmente del acceso a viviendas adecuadas y sistemas de refrigeración.

Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el aire acondicionado está presente en el 49,6% de los hogares españoles, pero la distribución es profundamente desigual. El aislamiento térmico adecuado alcanza únicamente al 14% de los hogares de renta baja, frente al 33% de los de renta alta.

Mujer que experimenta una ola de calor.

Mujer que experimenta una ola de calor. iStock

En la provincia de Barcelona, el acceso a sistemas de refrigeración varía desde el 38,9% de los hogares con menos ingresos hasta el 71,2% de los más acomodados. De ahí que Martínez asegure que "la edad importa, pero la renta decide".

La desigualdad también aparece cuando se observa el mapa urbano.

Los barrios con menor renta suelen concentrar menos árboles, menos sombra y menos espacios verdes. En la provincia de Barcelona, L'Hospitalet dispone de apenas 4,2 metros cuadrados de verde urbano por habitante; Santa Coloma alcanza los 5,3 y Badalona los 7,9. La mediana provincial se sitúa en 28,5 metros cuadrados.

La paradoja es evidente: quienes más necesitan protección frente al calor suelen ser quienes menos acceso tienen a ella.

Cambio de estilo de vida

Las olas de calor no solo transforman el paisaje urbano; también modifican el comportamiento colectivo.

Durante las horas centrales del día las calles se vacían, los parques quedan desiertos y la vida social se repliega hacia interiores climatizados. Pero no todo el mundo dispone de ese refugio.

Quien tiene aire acondicionado permanece en casa. Quien no lo tiene busca alivio en bibliotecas, centros cívicos, piscinas municipales o parques con sombra.

Según Martínez, esos espacios deben dejar de considerarse equipamientos complementarios para convertirse en infraestructuras de salud pública, del mismo modo que lo son los colegios o los centros de salud.

El calor también altera los ritmos biológicos.

Una investigación liderada por ISGlobal observó que cada incremento de cinco grados en la temperatura nocturna se asociaba con una reducción aproximada de 3,7 minutos de sueño entre adolescentes neerlandeses, además de una ligera disminución de eficiencia del descanso.

Y es que, aunque el efecto individual pueda parecer pequeño, los investigadores advierten de que las interrupciones repetidas del sueño podrían terminar afectando a la atención, la regulación emocional y el rendimiento cognitivo.

La evidencia sobre una relación directa entre el calor y la agresividad, sin embargo, continúa siendo contradictoria.

Essers recuerda que algunos estudios han encontrado asociaciones con conflictos sociales o violencia, pero los análisis experimentales más recientes no han identificado un efecto consistente que permita afirmar que el calor vuelve automáticamente más agresivas a las personas.

Adaptarse (todos)

La adaptación al calor no consiste únicamente en instalar más aparatos de aire acondicionado. De hecho, tanto Basnou como Martínez advierten de que la climatización convencional puede terminar agravando el problema al expulsar el aire caliente a las calles y aumentar la demanda energética.

La investigadora del CREAF defiende que los árboles constituyen la herramienta más eficiente y sostenible para reducir temperaturas urbanas, aunque insiste en que no basta con plantar más ejemplares de manera indiscriminada.

La clave, sostiene, pasa por seleccionar especies adaptadas al clima futuro, conectar entre sí los espacios verdes y distribuirlos de manera equitativa.

También propone crear pequeños oasis climáticos de proximidad, especialmente pensados para población vulnerable, tales como parques de bolsillo, jardines de barrio y refugios climáticos accesibles en recorridos inferiores a cinco minutos a pie.

Cartelera digital con temperatura que muestra una ola de calor de 39 grados.

Cartelera digital con temperatura que muestra una ola de calor de 39 grados. iStock

Martínez añade tres prioridades adicionales: rehabilitar las viviendas más vulnerables mediante aislamiento y ventilación cruzada, renaturalizar los barrios más cálidos y reconocer el acceso a la refrigeración como un derecho social y no como un privilegio económico.

El reto no es menor.

España canalizará entre 2026 y 2032 alrededor de 9.100 millones de euros procedentes del Fondo Social para el Clima europeo para financiar rehabilitación energética, autoconsumo y protección de hogares vulnerables.

Sin embargo, el investigador considera que sigue faltando una legislación estatal que garantice esa protección con independencia del presupuesto disponible en cada administración.