Prato, Toscana, Italia.

Prato, Toscana, Italia. iStock

Historias

Prato, la ciudad italiana que aprendió a reciclar en la Edad Media con los Medici y ahora lidera la "ropa verde" en Europa

La ciudad toscana, vecina de Florencia, produce un 15% de la ropa reciclada en el mundo gracias a una tradición que se remonta al siglo XVI.

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A 20 kilómetros de Florencia se encuentra el llamado 'Manchester de la Toscana'. La ciudad de Prato, de 195.000 habitantes, es una de las capitales mundiales tanto de la industria textil como del reciclaje de ropa. También de sus peligros laborales y sociales, y de cómo la Unión Europea lidia con todo ello.

Prato, en el área metropolitana de la vieja Florencia pero sin el turismo que la inunde, alberga el distrito textil más importante de Europa, con alrededor de 7000 empresas activas que exportan toneladas de ropa a países como China —que tiene un par de centenas de firmas instaladas en la zona— o Estados Unidos. Sobre todo, ropa reciclada.

Lo relevante es que el modelo de Prato es que su modelo industrial tradicional, que hunde sus raíces en la Edad Media, es el que la ha llevado a ser punta de lanza de la UE en un sector clave para la sostenibilidad.

De los 12,6 millones de toneladas de residuos de ropa que se producen al año en Europa, solo un 1% se recicla. En todo el mundo son más 100 millones, y también apenas un 1% se reutiliza. Pues bien, de ese 1% mundial, un 15% pasa por la ciudad italiana.

El distrito pratese procesa anualmente unas 28.000 toneladas de lana regenerada, lo que representa casi la mitad de la producción mundial de este material. Es el resultado de una cadena industrial en la que pequeñas y medianas empresas se especializan en fases concretas: recolección, clasificación, desfibrado, hilado, tejido y acabado.

Cada eslabón domina su oficio. La cooperación entre ellas genera una flexibilidad que las grandes corporaciones verticales envidian. En Prato, la economía circular no es un eslogan de marketing. Es la estructura misma del negocio.

UE, lujo y explotación laboral

Desde el 1 de enero de 2025, la Directiva Marco de Residuos de la UE exige a todos los Estados miembros la recogida separada de residuos textiles.

En octubre de ese mismo año, el bloque aprobó la Responsabilidad Ampliada del Productor (EPR, por sus siglas en inglés), un marco que obliga a las marcas a financiar la recogida, clasificación y reciclaje de sus propios productos.

Las marcas, incluidas las que venden online desde fuera de la UE, deberán pagar tasas moduladas ecológicamente: cuanto más sostenible, duradero y reciclable sea un producto, menor será su contribución. Es una apuesta por rediseñar la moda desde su concepción.

Palacio histórico de Prato.

Palacio histórico de Prato. iStock

La ciudad no solo recicla, sino que presume de que lo hace para firmas de lujo internacionales que acuden a Prato para abastecerse de materiales que cumplen con los estándares más exigentes de sostenibilidad. Entre otros clientes, proveen a marcas de Gucci o Louis Vuitton, además de otras menos exquisitas como la española Zara.

El modelo no está exento de peligros, sobre todo laborales. De las 7.000 empresas de Prato, hasta 5.000 son chinas y muchas de ellas están bajo la sombra de la sospecha de los abusos laborales.

El pasado 2025 el primer sindicato de trabajadores migrantes en la ciudad, formado sobre todo por personas procedentes de Pakistán, Bangladesh, India o Afganistán, consiguió regularizar la situación de los empleados de hasta 79 empresas. Un número pírrico si se compara con el total, pero una gran victoria para sus representantes.

Sindicatos como SUDD Cobas han denunciado como muchas de estas microempresas solo resultan rentables gracias a la mano de obra en condiciones de semiesclavitud. En ocasiones, cuando las organizaciones laborales plantean una huelga, la firma de turno acaba cerrando en lugar de sentarse a negociar.

Los activos de una empresa se trasladan a otra y se difumina el rastro, en movimientos que relacionan al negocio con la mafia china e incluso la N’Dranghetta napolitana.

Una herencia de 800 años

La industria textil para Prato es una cuestión de identidad. Aunque su herencia es similar a la de otras ciudades vecinas de la Toscana, como Pisa, la mencionada Florencia o Siena, no está turistificada, y en su centro histórico es más fácil encontrar colegios italianos de excursión que guiris palo-selfie en mano.

El Museo del Tessuto, fundado en 2003 en una antigua factoría, es uno de los guardianes de esta herencia. Su colección supera los diez mil artefactos, documenta la evolución textil desde la era paleocristiana hasta nuestros días.

Entre sus piezas más famosas figuran fragmentos de la cultura proto-Nazca peruana, tapices coptos egipcios del siglo IV y, sobre todo, los testimonios de la industria lanera local que comenzó a gestarse en el siglo XII.

Desde el siglo XIII, las aguas del río Bisenzio y sus canales movían los molinos que preparaban la lana. La ciudad desarrolló una organización gremial, la Corporación del Arte de la Lana, que regulaba la calidad y el comercio de los productos.

Río Bisenzio y murallas del centro histórico de Prato por la noche, Toscana.

Río Bisenzio y murallas del centro histórico de Prato por la noche, Toscana. iStock

Durante siglos, Prato compitió con Florencia por el dominio del mercado europeo. Los documentos del mercader Francesco Datini, conservados en el Palazzo Datini, demuestran la existencia de una red comercial que se extendía por toda Europa y el Mediterráneo.

En el siglo XVI, los poderosos Medici florentinos impusieron su mandato sobre la ciudad y le prohibieron fabricar paños finos, creando de facto un monopolio para su territorio.

La solución fue el reciclaje. Los artesanos empezaron a producir a partir de los llamados stracci: harapos y retales de lana de fibra corta. Un precedente de la economía circular, más por necesidad que por ningún tipo de sostenibilidad.

En el siglo XIX, la revolución industrial aceleró el proceso. En 1824, el ingeniero Giovan Battista Mazzoni inventó las primeras máquinas para automatizar la clasificación de harapos y el cardado de la lana.

La figura clave fue el cenciaiolo, un artesano especializado que, con solo el tacto, clasificaba la ropa usada por color y composición de fibra, evitando incluso la necesidad de volver a teñir los materiales.

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa carecía de lana virgen, Prato se convirtió en el mayor centro del continente para la recolección de harapos. Montañas de ropa vieja llegaban de todo el mundo, eran clasificadas por los cenciaioli y transformadas en hilado que, tejido de nuevo, se convertía en tela nueva, lista para vestir a una Europa en reconstrucción.

La posguerra consolidó la estructura que define al distrito actual: una fragmentación de la producción entre pequeñas y medianas empresas especializadas, estudiada por economistas como Giacomo Becattini como modelo de distrito industrial marshalliano.

Cada firma dominaba una fase del proceso, y la cooperación entre ellas generaba una capacidad de innovación y adaptación únicas.

La UE ha elegido el camino regulatorio para forzar la transición hacia la moda circular. Prato demuestra que ese camino es viable, rentable y exportable. La ciudad que en el Renacimiento aprendió a convertir la prohibición en oportunidad, hoy enseña a Europa que los harapos, bien tratados, valen mucho más que el oro.