Imagen de un termómetro en Oviedo el pasado martes 26 de mayo de 2026.

Imagen de un termómetro en Oviedo el pasado martes 26 de mayo de 2026. Eloy Alonso EFE

Historias

De la pérdida de biodiversidad a los incendios forestales: las consecuencias de la desaparición de la primavera

El verano gana terreno y las altas temperaturas aparecen ahora más de un mes antes que en los años setenta u ochenta del siglo XX.

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España ha guardado los abrigos en el armario de un día para otro. Después de una primera quincena de mayo con temperaturas más bajas de lo normal y algunos días casi invernales, el mes acaba con los termómetros rozando los 40ºC en algunas zonas de España.

"Estamos batiendo récords de calor", dice Rubén del Campo, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). Son los últimos ejemplos de que el verano "le está ganando terreno a la primavera". También ocurre con el otoño, pero es mucho más evidente en el primer caso, agrega.

De hecho, las condiciones estivales aparecen alrededor de 10 días antes por cada década que pasa. Dicho de otra forma, "las altas temperaturas aparecen ahora más de un mes antes que en los años setenta u ochenta del siglo XX", advierte el experto. Un hecho que, según algunos estudios, estaría impulsado por el cambio climático.

Eso sí, el meteorólogo advierte que no hay que tomar este episodio como un adelanto de lo que nos espera este verano. Que mayo acabe con temperaturas extremadamente cálidas no significa que en agosto vayamos a sufrir más olas de calor o de carácter más intenso.

Aun así, "la tendencia al alza es innegable", dice refiriéndose a que en los últimos años se han ido sucediendo meses estivales cada vez más calurosos. El último verano que se registraron temperaturas por debajo de lo normal fue en 2013. Desde ahí, siempre ha ido hacia arriba.

Con la información disponible hasta ahora, parece que 2026 no va a romper la racha y se espera que, de nuevo, julio y agosto sean sofocantes. "Cada vez es más probable que volvamos a tener registros por encima de lo normal", enuncia del Campo.

El impacto en la biodiversidad

Luis Martínez, técnico de SEO/BirdLife, expone que estos cambios en las estaciones pueden tener "un impacto muy importante en el estado de las poblaciones y agravar la pérdida de biodiversidad".

No sería un problema si habláramos de un año concreto –una anécdota– porque las especies están adaptadas a sobrevivir a los años "malos", a expensas de tener más éxito los favorables. El peligro llega cuando estos desajustes comienzan a disparar la proporción de malas épocas por encima de las buenas.

Haciendo una analogía con la economía, sería como tener una situación en la que nuestros gastos superen a los ingresos. No es malo siempre que el balance global sea positivo, "el problema es cuando cada vez más y más meses terminamos en negativo… nuestros ahorros se van evaporando". Lo mismo pasa con las distintas especies.

Uno de los animales más afectados son las aves, dice Martínez. Para ellas "es vital que las crías nazcan en el momento de máxima abundancia de alimento". Estos seres tienen un desarrollo acelerado que depende de que los padres puedan alimentar a los polluelos continuamente con comida de calidad (insectos principalmente).

El experto destaca que el adelanto del verano puede cambiar los patrones de alimentación. En ese sentido, una reducción en la abundancia de comida disponible desemboca en una depresión del éxito reproductor que puede reducir las poblaciones de las aves afectadas.

Las plantas, árboles y helechos no quedan fuera de peligro. Raúl García, investigador del Instituto de Investigación en Cambio Global (IICG-URJC), cuenta que las sequías prolongadas por el calor extremo pueden favorecer fallos hidráulicos y aumentar la mortalidad forestal.

Además, se ha visto que estos fenómenos tienen efectos acumulativos: sufrir uno después de otro hará que el daño del segundo sea mayor. Si la primavera se acorta y el agua escasea antes de los meses estivales, los árboles "sumarán muchos meses de estrés hídrico" coincidiendo con todo el periodo vegetativo.

El investigador menciona el concepto "sequías cálidas", que se está usando cada vez más. se trata de eventos que implican, no solo una deshidratación importante, sino también temperaturas muy elevadas. Una suma que incrementa la evaporación del agua de los propios vegetales y aumenta su estrés hídrico, creando una suerte de círculo vicioso.

Por el momento no hay datos disponibles sobre el impacto de estos procesos. "No podemos detectarlo de forma inmediata", desgrana el portavoz de SEO/BirdLife. Para eso, hace falta analizar series históricas para ver posibles correlaciones entre el cambio climático y la evolución de las poblaciones.

Es una información que, salvo que se alcancen cotas catastróficas, no se pueden medir en un enclave ni momento concreto. No obstante, eso no significa que no exista ya, subraya.

Incendios forestales

Otra de las grandes preocupaciones cuando hablamos del aumento de temperaturas son los incendios forestales. Del Campo, portavoz de la AEMET, detalla que, cuando se producen estas semanas más calurosas de lo normal, es mayor la evaporación desde el suelo y desde las propias plantas.

Incendio en los alrededores de San Antolín de Ibias (Asturias).

Incendio en los alrededores de San Antolín de Ibias (Asturias). Paco Paredes EFE

En un contexto así, la vegetación sufre un grave estrés hídrico de manera muy anticipada, avisan expertas de Greenpeace. Esta rápida pérdida de humedad es "el caldo de cultivo ideal" para los Grandes Incendios Forestales de altísima intensidad. Al encontrar los montes tan secos, "las llamas se vuelven mucho más virulentas, rápidas y destructivas".

García, del IICG-URJC, sostiene que en este marco existen varios escenarios posibles. Por un lado, con una primavera inexistente y con el suelo seco, el crecimiento de la vegetación sería menor, lo que reduciría el combustible disponible para el fuego.

No obstante, se puede producir un efecto acumulativo de la sequía que drene o, incluso, provoque la mortalidad de los árboles. Una opción que aumentaría la cantidad de material disponible para arder, agrega.

Por su parte, Víctor Granda, investigador del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), cuenta que tanto la sequía, como el exceso de combustible, reducen drásticamente la resiliencia de los bosques ante los grandes incendios forestales si este escenario térmico se mantiene. “Preparan un paisaje vulnerable y peligroso a las puertas del verano”.

Junio será clave.

De momento, del Campo señala que hay cierto respiro. Las lluvias abundantes de principios de año y las precipitaciones de las semanas previas, la vegetación y los suelos aún están húmedos, aunque puede que no por mucho tiempo.

Aun así, el meteorólogo advierte de que, durante este fin de semana y el lunes 1 de junio, ya hay avisos por riesgo muy alto en zonas del extremo norte, en el interior de las comunidades cantábricas –donde ha hecho mucho calor– y en territorios de Cataluña. También hay peligro, aunque más aisladamente, en Extremadura y Andalucía.

Se espera que durante la semana siguiente estas alertas disminuyan, pero en ningún caso desaparecerá el riesgo, avisa del Campo.

Para los incendios forestales será clave cómo se comporte el mes de junio, sobre todo los últimos quince días. Los mejores ejemplos son los años 2024 y 2025. En ambos el escenario fue parecido al actual, con una primavera bastante lluviosa y más vegetación disponible como combustible.

En el primer caso, el sexto mes fue más fresco y con tormentas, lo que derivó en una campaña de incendios forestales "relativamente tranquila".

Al año siguiente, junio fue "extremadamente cálido y seco". Eso, sumado a una gran cantidad de vegetación disponible, que se secó en ese mes, y a las intensas olas de calor de agosto, fue el cóctel perfecto para una oleada "brutal" de fuegos, lamenta del Campo.

Desde Greenpeace, manifiestan que en los últimos años los incendios se han "desestacionalizado" y la temporada de riesgo ya no se limita solo al verano. "El cambio climático ha ampliado ese calendario", se quejan.

Por eso, ya no se puede depender de operativos que solo están activos entre junio y septiembre. "Si el cambio climático nos arrebata la primavera, la prevención y la limpieza de los montes deben intensificarse a lo largo del invierno y el otoño", concluyen.