Dos niños juegan en una calle cubierta de barro en Algemesí (Valencia) tras el paso de la dana, imagen de archivo.

Dos niños juegan en una calle cubierta de barro en Algemesí (Valencia) tras el paso de la dana, imagen de archivo. Villar López EFE

Historias

España deja atrás a la infancia en las emergencias mientras más de 6,4 millones de menores sufren olas de calor extremas

Un informe de UNICEF España alerta de un sistema "reactivo y adultocéntrico" y exige integrar a la infancia en todas las fases de la gestión de crisis.

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Las emergencias climáticas ya no son episodios excepcionales en España. Son una constante que crece en frecuencia, intensidad y complejidad, y que está dejando al descubierto una carencia estructural: los sistemas de respuesta no están diseñados pensando en la infancia.

Ese es el diagnóstico central del informe Contar con la infancia es una emergencia, presentado por UNICEF España, que reclama una transformación urgente de la gestión de crisis para situar a niños, niñas y adolescentes en el centro de todas las decisiones.

España sufre hoy una intensificación de riesgos climáticos que ya se traduce en impactos directos sobre la población infantil. Más de medio millón de menores viven en zonas inundables y 6,4 millones lo hacen en áreas donde las olas de calor se han duplicado en las últimas décadas.

Según el informe, "las emergencias han dejado de ser hechos inauditos en España. Son parte de la realidad que los niños y niñas viven a lo largo de su vida".

Y es que esta nueva normalidad climática no afecta a todos por igual. La infancia es, de hecho, uno de los colectivos más vulnerables. No solo por su desarrollo físico y emocional, sino porque depende de decisiones adultas y de sistemas públicos que, según denuncia UNICEF, no están preparados para protegerla adecuadamente.

En contra de la infancia

La dana de Valencia en 2024 y los incendios de gran magnitud en 2025 han evidenciado las debilidades del modelo actual. Durante la riada, cerca de 48.000 alumnos se quedaron semanas sin acudir a clase.

Sin embargo, la interrupción educativa es solo una de las múltiples consecuencias que describe el informe, entre las que también menciona pérdida de rutinas, deterioro de la salud mental, desplazamientos forzosos o ruptura de redes de apoyo.

"El daño de una crisis, si no se trata de forma efectiva, se instala", advierte el documento. Y ese impacto, asegura el informe, no siempre es inmediato ni visible, pero puede traducirse en ansiedad, dificultades de aprendizaje o problemas de socialización a largo plazo.

A pesar de ello, el sistema de emergencias español sigue siendo, en palabras del informe, "reactivo, fragmentado y adulto céntrico". Un contexto en el que la infancia aparece diluida dentro del concepto genérico de "población vulnerable", sin protocolos específicos ni indicadores que permitan anticipar y mitigar sus riesgos particulares.

La consecuencia es clara: "La prevención se implementa sin integrar transversalmente a la infancia y la adolescencia como sujetos de derechos en la reducción del riesgo".

El impacto invisible

Más allá de los datos, el informe incorpora la voz directa de niños, niñas y adolescentes que han vivido estas emergencias. Sus testimonios dibujan una dimensión menos visible, pues hablamos de lo emocional.

"A veces no entendemos bien lo que ha pasado, lo que nos lleva a una confusión que incrementa nuestros sentimientos negativos", recoge el documento a partir de los talleres participativos realizados por UNICEF.

Imagen de archivo de un peluche sobre los escombros tras la dana en la Comunidad Valenciana.

Imagen de archivo de un peluche sobre los escombros tras la dana en la Comunidad Valenciana. Connor Twentyman

Y es que, en muchos casos, los menores no reciben información adaptada a su edad ni canales adecuados para comprender lo ocurrido.

La falta de lugares seguros agrava la situación. "Los espacios de juego, de encuentro y de desahogo desaparecen. La escuela se interrumpe, y con ella no solo el aprendizaje, sino también su día a día y el sentido de normalidad".

Cuatro fases

El análisis de UNICEF es exhaustivo y recorre todo el ciclo de gestión de emergencias: prevención, preparación, respuesta y reconstrucción. En todas ellas detecta un mismo patrón: la ausencia sistemática de un enfoque de infancia.

En la fase preventiva, el problema es estructural. Aunque existen marcos como el Plan Nacional de Reducción del Riesgo de Desastres, su aplicación real es limitada y no incorpora de forma específica a los menores. Esto impide, por ejemplo, identificar riesgos en centros educativos o zonas de juego.

En la preparación, la carencia se traduce en falta de protocolos adaptados. Pues, los sistemas de alerta temprana no están diseñados para niños ni adolescentes, y el entorno escolar —clave en cualquier emergencia— no está plenamente integrado como nodo estratégico.

Un grupo de voluntarios retira lodo de las calles de Paiporta en los días posteriores a la dana.

Un grupo de voluntarios retira lodo de las calles de Paiporta en los días posteriores a la dana. Rodrigo Mínguez

Durante la respuesta, el sistema muestra solidez técnica pero carece de mecanismos que garanticen la protección infantil. No hay estándares homogéneos en atención psicosocial ni continuidad educativa, y la coordinación entre sectores como educación, salud o servicios sociales sigue siendo insuficiente.

Finalmente, en la reconstrucción, el foco se desplaza hacia infraestructuras y ayudas económicas, dejando en segundo plano el bienestar emocional o la recuperación educativa de los menores.

Las claves del cambio

Frente a este diagnóstico, UNICEF plantea un giro en el modelo. La organización insiste en que "prevenir y preparar lo cambia todo". Y es que, dicen, la emergencia no empieza cuando ocurre el desastre, sino mucho antes, en la planificación urbana, en la educación o en la capacidad institucional de anticipación.

Entre sus principales recomendaciones destaca la necesidad de integrar a la infancia en todas las fases del ciclo de emergencias, con medidas concretas tales como mapas de riesgo que incluyan centros educativos o protocolos específicos de evacuación, comunicación adaptada por edades o sistemas de alerta accesibles.

El informe también pone el acento en la salud mental como eje estructural, no como respuesta puntual. Propone reforzar los servicios psicosociales y garantizar su continuidad desde el primer momento de la crisis.

Otro elemento clave es la participación infantil. UNICEF reclama que niños, niñas y adolescentes sean actores activos en la gestión de emergencias. El propio informe subraya que deben ser reconocidos "no solo como sujetos pasivos sino como agentes que deben contribuir de forma activa a la reducción del riesgo de desastres".

Y es que, tal y como muestra el documento, la reconstrucción tras una emergencia no puede limitarse a volver al punto de partida. La reconstrucción, insisten desde la entidad, debe corregir las vulnerabilidades previas y crear entornos más seguros para la infancia.

Esto implica decisiones estructurales. Entre ellas, evitar construir escuelas en zonas de riesgo, reforzar espacios comunitarios, reducir desigualdades territoriales y garantizar que las políticas urbanísticas incorporen el impacto sobre niños y adolescentes.