Irene y su madre, Victoria, junto a sus ovejas en Boniches (Cuenca).

Irene y su madre, Victoria, junto a sus ovejas en Boniches (Cuenca). Cedida

Sociedad

Victoria e Irene, madre e hija, ganaderas en un pueblo de Cuenca: "Si mi abuelo nos viera, no se lo creería"

"Al final si hubiera aprobado, el destino iba a ser el que me mandase y yo no quería dejar mi pueblo", confiesa.

Más información: María Ángeles vuelve al instituto con 50 años para ayudar a su hija sordociega: "Soy sus ojos y oídos"

Publicada
Actualizada

Hay historias que hablan por sí solas. Lo que no se imaginaban la joven Irene Alepuz y su madre, Victoria, era convertirse en ganaderas con 24 y 52 años sin apenas experiencia. De forma inconsciente, estas dos mujeres de Boniches (Cuenca) plantan cara a un sector envejecido y altamente masculinizado.

Asomada a la ventana y mientras disfruta de la tranquilidad de vivir en un pueblo de apenas 135 habitantes, Irene atiende por teléfono a EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha. "Mi abuelo sí fue pastor, pero mi madre no se crio con animales. Nunca nos habríamos imaginado tener ovejas", confiesa al recordar el origen de todo.

Su madre se dedicaba a otra cosa muy distinta, es más, tiene dos carreras universitarias. Por distintas cuestiones, su exmarido decidió comprar unos pocos animales hace una década y levantó una nave que es hoy la oficina de trabajo de Victoria.

Irene dando de comer a una de sus ovejas.

Irene dando de comer a una de sus ovejas. Cedida

Irene, que por entonces era una adolescente, se empapó de este oficio: "A mí siempre me ha gustado todo el tema de los animales. Si había que vacunar o ayudar, yo siempre estaba allí", recuerda. Lo que empezó como una ayuda puntual terminó por definir su futuro sin quererlo ni beberlo.

La joven ganadera de 24 años estudió el grado de Técnico Superior para opositar a Agente Medioambiental de la Junta de Comunidades, una opción de seguridad y sueldo fijo que hoy buscan el 40% de los menores de 25 años.

Irene ayudando a un cordero a amamantar.

Irene ayudando a un cordero a amamantar.

Sin embargo, la cabra tira al monte; bueno, en este caso, la oveja. "Abandoné la oposición y decidí quedarme en Boniches con mi familia. Al final si hubiera aprobado, el destino iba a ser el que me mandase y yo no quería dejar mi pueblo", explica con madurez.

Desde entonces, planteó a Victoria su incorporación como joven ganadera y se incorporó a la profesión como autónoma. Hoy, Irene vuela sola con su propia explotación de 250 ovejas (que serán 500 el año que viene), pero la realidad es que el engranaje funciona porque están juntas.

@ireneealepuz Cordero va cordero vieneeeee, vacunando los más peques🐑 Con la mía mammma siempre❤️🤝🏼 #ganaderia #farmlife #mujerdecampo #sheep #farming ♬ sonido original - Agroirene

"Tengo la suerte de tener a mi madre y nos compenetramos muy bien en el día a día. De lunes a viernes estamos las dos en la nave. Nos turnamos las ovejas que tenemos preñadas, las sacamos y se hace todo súper llevadero", destaca con orgullo.

Esa complicidad innata de madre e hija es el apoyo para no desistir ni los fines de semana ni durante las fiestas: "La faena es de la mañana a la tarde. No puedes decir hago mis cosas y me voy. Cuando hay ovejas pariendo, es lo que toca y punto".

Un sacrificio titánico que ni siquiera asegura un sueldo fijo a final de mes. "Tu jornal no se cuenta. Tú cuentas para pagar al trabajador, los piensos, las vacunas, el autónomo...Yo voy viviendo con ello. La gente quiere empleos más cómodos, aquí si viene un año malo, te atas los pantalones como puedas", subraya.

El muro de los 150.000 euros

El verdadero peligro para el proyecto ganadero de Irene está en los despachos. A fin de mantener las ayudas que le brinda el Estado por incorporarse al sector siendo tan joven, Irene tiene la obligación de tener su propio núcleo ganadero, es decir, no le sirve la nave de sus padres.

Al respecto, consiguió alquilar una instalación municipal para salir del paso, pero para albergar las 500 ovejas del año que viene necesita construir una nave nueva. "Me cuesta hacerla 150.000 euros. Me la valoraron en 50.000 euros. Claro, y te dan el 70% de esos 50.000; y para que a mí me paguen eso, la nave tiene que estar hecha antes de septiembre", señala.

Esto se traduce en que la subvención que cubre teóricamente el 70 % de la inversión se basa en una tasación inferior al precio real, esto sin contar que tiene que adelantar ese dinero. Al ir a pedir crédito a una entidad bancaria, Irene se topa con otros obstáculos: "¿Qué préstamo me dan con 24 años y sin vida laboral? Si no lo soluciono, me tocará vender todo y devolver la subvención de incorporación".

A pesar de encontrarse en una carrera contrarreloj de papeleo y financiación y lidiar con la amenaza de tratados internacionales con Australia que podrían abaratar el precio del cordero, se niega a tirar la toalla por ella, por Boniches y por el legado que ha iniciado su madre.

"Soy feliz en mi casa, en mi zona, con mi gente. No me levanto diciendo 'joder, otra vez a trabajar'. La calidad de vida que me da esto no me lo da otra cosa", afirma con rotundidad. Su tono y actitud deja claro que al otro lado del teléfono hay una mujer que es la extensión de su madre.

Cuando hace diez años Victoria compró aquellas primeras ovejas, empezó a escribir una historia imborrable para su árbol genealógico. "Si mi abuelo nos viera, no se lo creería", así concluye Irene teniendo por seguro que si la pasión y la vocación está detrás de tu camino, ten por seguro que te augura buen destino.