La cantante Ana Torroja.
Ana Torroja desata su catarsis más íntima tras la sombra de Mecano: "Fue difícil encontrar mi propia identidad"
La cantante reflexiona con EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha sobre su trayectoria en solitario, la presión de reinventarse y el proceso de construir una voz propia tras el éxito del mítico grupo.
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Gestionar el peso de haber puesto voz a los himnos que marcaron el ADN cultural de varias generaciones es un reto al que solo unos pocos elegidos pueden enfrentarse. Ana Torroja, indiscutible icono y una de las principales voces del pop en español, se encuentra actualmente en plena gira de presentación de su último y enigmático trabajo de estudio, Se ha acabado el show.
Tras haber sido galardonada con el prestigioso Premio a la Excelencia Musical en los Latin Grammy por sus cuatro décadas de impecable trayectoria, la artista madrileña abre una nueva etapa marcada por la reinvención creativa y una ilusión renovada, dispuesta a desnudar sus emociones en un formato que huye de las grandes masas para buscar la verdad de las distancias cortas.
El próximo 4 de julio, el imponente marco histórico de la Plaza de Toros de Toledo se transformará con una puesta en escena dinámica y minimalista, Torroja ofrecerá un viaje emocional que conectará la frescura de sus nuevos temas —de la mano de talentos de la nueva ola como Samuraï o Alba Moreno— con los eternos éxitos de su carrera en solitario y, por supuesto, con el imborrable legado de Mecano.
A las puertas de este concierto único en Toledo, la cantante se presenta a EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha frente a frente con una mujer que ha sobrevivido a las presiones de la fama, a crisis de motivación y a experiencias límite que la han obligado a aferrarse con urgencia al 'ahora'.
Ana Torroja durante un concierto de su gira 'Se acabó el show'.
Cuando anunció el título de su nueva gira, Se ha acabado el show, se generó una evidente alarma entre sus seguidores, quienes temieron un retiro definitivo. Tras concluir un tour exigente de casi tres años, usted se enfrentó al papel en blanco sin un rumbo claro. ¿Buscaba con este nombre generar una provocación frente al postureo de la industria o reflejaba una crisis de motivación real?
Fue un ejercicio de absoluta honestidad con mi estado emocional de ese momento. Venía de una gira extenuante de casi tres años y me vi en la necesidad de replantearme el futuro, algo crucial porque hoy en día los músicos vivimos prácticamente de los directos.
Sin embargo, al sentarme frente al papel, descubrí con crudeza que no tenía ninguna motivación ni interés. Sentí, genuinamente, que ya lo había dicho y hecho todo en la música. En lugar de forzar una falsa inspiración, decidí escribir sobre ese mismo vacío, utilizándolo como un desahogo personal ante el papel, algo que suelo hacer a menudo.
La ausencia de los signos de interrogación en el título del disco fue una decisión puramente estética, ya que visualmente no me gustan, aunque sabía perfectamente que omitirlos daría lugar a error. Cuando trasladé esa estética a las redes sociales mediante un apagón digital total, la respuesta fue inmediata. Así que, fíjate, ahora que lo pienso fríamente, reconozco que sí hubo un punto provocador en la estrategia.
Lo que comenzó como un desahogo íntimo terminó convirtiéndose de forma orgánica en un álbum de estudio de la mano de jóvenes talentos de la escena actual como Samuraï, Gómez o Alba Moreno. ¿Cómo se transforma ese vacío inicial en un proceso colaborativo tan fructífero?
Nació un poco sin encontrarlo, sin buscarlo y, sobre todo, sin ninguna expectativa. Mi intención inicial era no componer más de una o dos canciones, pero fui haciendo camino al andar. El proceso consistió en encerrarme en el estudio a charlar con estos distintos autores; de esas conversaciones tan puras fueron brotando los temas de manera natural.
Cuando quise darme cuenta, al cabo de un año, ya tenía un disco completo en las manos. Fue una necesidad vital, una catarsis necesaria que se nutrió de la frescura de estas nuevas generaciones.
En este nuevo trabajo, el repertorio actúa como un espejo de sus inquietudes actuales. Sin embargo, hay composiciones específicas que miran directamente a su historia. ¿De qué manera canciones como La maleta le han servido para ajustar cuentas con su propio pasado?
Para mí, todos los temas que se incluyeron en el disco tenían una razón de ser obligatoria. En el caso de La maleta, aborda de forma muy directa la sombra alargada de Mecano en la época en la que yo intentaba construir mi propio camino como solista.
Habla de lo doloroso y complejo que fue para mí encontrar una identidad propia fuera del grupo, y de cómo me marcó aquella transición que careció de una despedida formal. Fue un proceso difícil, pero plasmarlo en este tema me ha permitido reconciliarme con esa etapa.
Al analizar su evolución actual, se observa un diálogo constante con la memoria colectiva. Al mirar atrás hacia la disolución del grupo y la decisión de José María Cano de tomar rumbos separados, ¿cómo evalúa hoy el hecho de que esas canciones sigan vigentes en un público tan joven?
La distancia me ha otorgado la perspectiva necesaria para entender que este presente no existiría sin mi pasado. Si José no hubiera dicho en su momento: "Adiós, me voy", y el grupo no hubiera dejado de existir como entidad humana, yo jamás me habría planteado la opción de iniciar un camino en solitario.
La música de Mecano ha ido heredándose y trascendiendo de una manera asombrosa. Sigo cantando esos temas precisamente porque no han caído en el olvido; en los conciertos ves a niños y niñas de ocho o doce años coreándolos con la misma pasión que los jóvenes.
Si esas canciones hubieran muerto para el público, yo me limitaría a cantar el repertorio de mi carrera como solista. Al final, te das cuenta de que ambas realidades se complementan: no existe una Ana de Mecano sin Ana Torroja, ni una Ana Torroja sin la Ana de Mecano. Todo tuvo que pasar por algo.
Su próxima cita es el 4 de julio en la Plaza de Toros de Toledo, un recinto circular, cerrado y con una imponente carga histórica. Para un espectáculo tan introspectivo, ¿qué virtudes encuentra en los espacios pequeños frente a las macrogiras de estadios que dominan la industria actual?
Los espacios íntimos y recogidos poseen una mística especial porque contienen la energía y evitan que la emoción se disperse. En los sitios gigantescos, como los espectáculos que ofrece Bad Bunny, la distancia física es tanta que la esencia del artista casi ni te llega allá arriba. A mí me gusta que lo que se vive en el concierto se quede concentrado.
Este show es muy dinámico: tiene picos de gran explosividad, pero también momentos muy íntimos que encajan a la perfección en un formato pequeño. Es fascinante ver cómo las canciones nuevas se compaginan tan bien con las anteriores que mucha gente me confiesa que ya no distingue si un tema es de mi etapa solista o de la época de Mecano. Además, la cercanía me permite escuchar al público y conceder peticiones espontáneas a capella, algo que siempre enriquece la experiencia.
Hace poco sorprendió al público al relatar una angustiosa experiencia límite: una amenaza de bomba durante un vuelo de Nueva York a Madrid, un suceso que se suma al grave accidente automovilístico que sufrió en el pasado. ¿Cómo reconfiguran estos encuentros con la finitud la perspectiva con la que se sube a un escenario?
Esas experiencias te marcan de una forma profunda e irreversible. Tanto la amenaza en el avión como el accidente de coche son vivencias que te obligan a tomar conciencia de la línea tan estrecha que separa la vida de la muerte, el estar aquí del desaparecer por completo.
De ahí proviene precisamente la filosofía de este disco: la necesidad vital de anclarse en el presente absoluto, sin levantar la vista ni un metro más allá de lo inmediato. Ha sido un proceso sumamente regenerador. Cuando asimilas que el ahora es lo único real que poseemos, tu forma de enfrentarte a la vida cambia radicalmente.
Usted ha afirmado que un concierto puede ser una experiencia tan poderosa y terapéutica como ir al psicólogo, pero con un componente lúdico. En una sociedad obsesionada con registrar la realidad a través de las pantallas de los teléfonos móviles, ¿cómo podemos recuperar el valor de la vivencia pura?
La música tiene la propiedad única de abstraerte del mundo, obligándote a habitar el presente y a dejar cualquier problema fuera de la sala, tanto a los artistas como al público. Es una catarsis colectiva de la que salimos felices y recargados de energía.
En lo personal, he tomado la firme decisión de no grabar nada cuando asisto a un concierto. Hubo una época en la que caía en esa inercia de filmar, pero ahora prefiero vivir el momento. Debemos ser conscientes de que esos vídeos que guardamos en el móvil terminan acumulándose en una galería y jamás los volvemos a mirar. Lo verdaderamente valioso es entregarse a la experiencia y permitir que el recuerdo se quede grabado en la memoria, no en un dispositivo electrónico.