Rosa y Pepe posan para este periódico el 19 de marzo, día de San José.

Rosa y Pepe posan para este periódico el 19 de marzo, día de San José. Foto: Javier Longobardo

Toledo

Pepe, el hijo del último guarda de la Casa del Corcho en Toledo: "Mi padre cuidaba la Vega más que su propia vida"

EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha bucea en la historia de la familia que residió en el emblemático edificio y atendió su terraza liderada por el reconocido Donato. Hoy, el inmueble busca recuperar su uso hostelero.

Más información: La 'nueva Vega' aumentará sus propuestas de ocio: la Casa del Corcho reabrirá como local de hostelería junto a los quioscos

Publicada
Actualizada

La Casa del Corcho es un lugar con encanto, una suerte de casa de cuento y un escenario de ensueño para cualquier niño. Incrustada en el parque de la Vega, el paseo más emblemático de Toledo, el edificio vuelve a la actualidad porque el Ayuntamiento busca darle una nueva vida como establecimiento hostelero.

Se pretende recuperar un uso que ya tuvo hace décadas, cuando el negocio lo atendían Donato, su mujer Agustina, sus hijos e incluso sus nietos. Para rescatar este recuerdo colectivo, EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha ha conversado con uno de los hijos del mítico guarda.

Pepe Sánchez, que está a punto de cumplir 90 años, nos cita en la residencia Vitalia de Buenavista. Allí vive con Rosa, su compañera de vida, a quien conoció precisamente en la Vega. Ambos son el testimonio vivo de una parte del corazón de ciudad que también fue su hogar. "Mi padre cuidaba la Vega más que su propia vida; la sentía suya", sentencia.

Pepe y Rosa se mudaron a la residencia a raíz de una enfermedad de él, pero hoy ambos se encuentran perfectamente y derrochan una energía envidiable. Tras tomar la merienda, llegan a nuestra charla caminando con paso decidido y ayudándose de sus andadores.

Es 19 de marzo, San José, y el teléfono de Pepe no deja de sonar. Con orgullo le cuenta a su sobrina que está participando en este reportaje para rescatar la memoria de su abuelo mientras despliega sobre la mesa un puñado de fotografías en blanco y negro.

Las fotos del pasado con Donato vestido de guarda con su característico sombrero y de alguacilillo.

Las fotos del pasado con Donato vestido de guarda con su característico sombrero y de alguacilillo. Javier Longobardo

Pepe muestra sus fotografías cargadas de recuerdos.

Pepe muestra sus fotografías cargadas de recuerdos. Javier Longobardo

Son imágenes que guardan la esencia de su familia y de momentos especiales. "Mi hermana nació allí mismo, en la planta de abajo de la Casa del Corcho", recuerda Pepe señalando las fotos.

Él creció viendo a su padre, Donato, ejercer de guardés absoluto de un parque que trataba como si fuera su propio jardín. Mientras, su madre, Agustina, mantenía en marcha el motor de una familia que fue "piña" ante cualquier temporal.

La llegada de los Sánchez a la Vega tiene su origen en los duros años de la posguerra. Donato y Agustina venían de Escalonilla y se asentaron en la capital gracias a los contactos familiares.

Pepe lleva en su gorra verde pines con algunas de sus pasiones: la Escuela de Aprendices de la Fábrica de Armas, Toledo, España y la bicicleta.

Pepe lleva en su gorra verde pines con algunas de sus pasiones: la Escuela de Aprendices de la Fábrica de Armas, Toledo, España y la bicicleta. Javier Longobardo

Según recuerda Pepe hijo, el nieto mayor, en una conversación telefónica con este periódico, fue "un hermano de mi abuelo que trabajaba de guarda en la finca de Pinedo y él le ayudó a colocarse como guarda oficial del parque de la Vega".

Aquel nombramiento les dio una vivienda única para el resto, una construcción de recreo de finales del siglo XIX que servía a la vez de almacén, quiosco con terraza y hogar. Para Rosa, huérfana desde muy joven, su suegra fue un gran apoyo y los recuerdos allí son "imborrables". "Mi suegra era muy buena mujer y trabajaba muchísimo, se echaba todo a las espaldas con nuestra ayuda".

El "dictador" de la trompetilla

A Donato todo el mundo le conocía en Toledo. Era un hombre "grandón, con un característico bigote". Pepe sonríe al recordarlo y la rectitud con la que afrontaba el cuidado del parque. "Yo le llamaba el dictador. El parque estaba siempre impecable; nadie se desmadraba, aunque en esa época tampoco era fácil", recuerda hablando del franquismo.

Donato no permitía que se tocase ni una hoja del parque y mantenía "impecable y seguro" el lugar. "Si veía que alguien intentaba llevarse un rosal, era capaz de quedarse toda la noche vigilando con una manta hasta que le enganchaba". Sentía el parque como algo propio. "La Vega era suya y la cuidaba".

Imagen actual de la Casa del Corcho.

Imagen actual de la Casa del Corcho. Javier Longobardo

Fotografía histórica del edificio.

Fotografía histórica del edificio. Cedida para su publicación por Toledo Olvidado

A las diez en punto de la noche, el silencio o el jolgorio se rompían con un aviso. Era el toque de queda del lugar. "Mi abuelo echaba a las parejas de novios haciendo sonar una trompetilla", recuerda su nieto.

Pero tras esa severidad había un hombre polifacético vinculado a los eventos de la ciudad, muy comprometido con Toledo y los toledanos, destacan. "Él era el alguacilillo de la plaza de toros", añade Pepe hijo, refiriéndose a una broma habitual. "Cuando me preguntaban quién había cortado más orejas aquí, yo respondía que mi padre antes que cualquier torero".

En la intimidad familiar de la Casa del Corcho, la picardía de Agustina a veces servía para saltarse la ley de Donato. El edificio contaba con un palomar en la parte alta y Rosa recuerda bien qué ocurría cuando algún ave de las que allí se criaban caía al suelo. "A veces mi suegra les cortaba el pescuezo y nos los comíamos".

"Mi padre no decía ni 'mu' cuando se lo encontraba en el plato", relata Pepe, siempre que no lo viese. El salón de la casa olía, según el día, a esas aves guisadas o a la lluvia cuando había tormenta. "Daba miedo cuando escuchabas los árboles moverse por el viento".

Algo parecido ocurría con las flores. Agustina se levantaba de madrugada para cortar los mejores ramos sin que Donato pudiese quejarse. "La abuela las cortaba a escondidas para que mi hija Montserrat las llevase al colegio para la ofrenda a la Virgen en mayo". El guarda terminaba, también en este caso, callando.

Agustina también poseía un instinto absoluto para la meteorología. Se asomaba a la pequeña cocinilla de la casa y sabía cuándo iba a llover, especialmente si había tormenta de verano. "Hijo, va a llover, me decía, y no se equivocaba nunca", explica.

Inés, nieta de Pepe y Rosa y biznieta de Donato, junto a sus abuelos en la residencia Vitalia donde ella trabaja y ellos viven.

Inés, nieta de Pepe y Rosa y biznieta de Donato, junto a sus abuelos en la residencia Vitalia donde ella trabaja y ellos viven. Javier Longobardo

Durante los años 70, la casa funcionó también como un lugar de paso inevitable de la hostelería de la ciudad. Rosa recuerda bajar cada domingo para ayudar a atender una terraza que se ponía "de bote en bote". Eran los días grandes, cuando el paseo se llenaba de familias tras la misa o el paseo matutino.

Pepe rememora sus veranos ayudando con apenas 10 años y las tardes de verano con "todo Toledo". "Montaban un pequeño bar con mesas para que la gente trajera sus propias meriendas".

Un momento cumbre llegaba con el Corpus Christi. Tras la procesión, los toledanos acababan allí. El recuerdo más tierno eran los cucuruchos de papel de periódico que preparaba la abuela. "Vendía maíz para que los niños se lo dieran a las palomas y los patos del estanque. Era la actividad típica", explica.

El final de una época y el deseo de volver

La Vega era el epicentro de la vida social en Toledo en esos años "dulces" y "de ferias de verdad". "En invierno quedábamos en Zocodover, pero en verano todas las pandillas nos juntábamos en la Vega", recuerda Pepe padre. Junto a Rosa evoca con nostalgia aquellos agostos plagados de público, donde el parque se transformaba y hasta se instalaba incluso una noria al fondo junto al terraplén.

Sin embargo, con los años, el respeto a la autoridad del guarda empezó a desvanecerse. Fue entonces cuando Pepe decidió que Donato debía descansar y dejar la Casa del Corcho. "Yo le dije: 'Viejo, coge y cuídate, que ya te tenías que haber jubilado. Padre, a casa, venga'". El hombre dejó su puesto y se mudó a la calle Puerta Nueva, en el barrio de la Antequeruela.

Falleció a los 77 años. "Hizo un esfuerzo, el pobre, y se le partió el corazón", dice Pepe, quien cree que su padre nunca llegó a entender la vida lejos de 'su' parque.

Hoy, desde la residencia de Buenavista, Pepe y Rosa saben de las obras de remodelación en marcha en la Vega. Lo hacen con la esperanza de que la zona vuelva a resurgir, aunque con la sensación de que "no será lo de antes, aunque ojalá". Pepe, que subió el Tourmalet y corrió la San Silvestre de Toledo hasta los 80 años, mantiene su resistencia y el amor por un símbolo toledano.

Preguntados sobre si quieren volver al parque una vez terminadas las obras y con los quioscos en marcha, Pepe expresa un deseo recién surgido: "Pues sí, volveré. La Vega para mí es como si fuese mi casa". Sería el regreso al lugar donde su padre, Donato, fue el último guardián.