Montaje de una imagen de los bombardeos en Venezuela y una fotografía de Carina, venezolana que vive en Toledo desde hace 18 años.

Montaje de una imagen de los bombardeos en Venezuela y una fotografía de Carina, venezolana que vive en Toledo desde hace 18 años.

Toledo

Carina, venezolana en Toledo desde hace 18 años: "Hay esperanzas y posibles cambios pero tememos una guerra civil"

La captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos genera emociones en los ciudadanos de Venezuela, que sigue la situación por teléfono mientras su familia permanece en Caracas.

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Carina Aranguren, venezolana de origen, ha seguido la madrugada del viernes pegada al teléfono desde Toledo. Al otro lado del Atlántico, su madre en Caracas intentaba tranquilizarla mientras la ciudad se despertaba entre explosiones, ruido de aviones y una tensión que llevaba años contenida.

"No dicen nada de allí adentro. No se sabe nada", repite Carina, que lleva 18 años viviendo en España y que, como tantos venezolanos en el exilio, volvió a sentir el miedo y la esperanza mezclados a partes iguales.

La noticia de los ataques estadounidenses sobre Venezuela y la posterior captura de Nicolás Maduro sorprendió a Carina recién despertada. "Desperté con un WhatsApp de mi madre asegurando que estaban bien", afirma. Después, el silencio. Y, más tarde, las primeras informaciones sobre bombardeos en Caracas, sobre todo en zonas próximas a instalaciones militares y al entorno del Palacio de Miraflores.

Su madre vive entre Miraflores y Fuerte Tiuna, una de las áreas donde se concentraron los ataques más intensos. "Decía que era muchísimo el ruido, pero que no se atrevían ni a asomarse a la ventana", cuenta Carina.

La familia permanece encerrada en casa, siguiendo las escasas informaciones que llegaban a través de redes sociales y mensajes entre conocidos. "Adentro no dicen nada. Todo lo que sabemos es por lo que se comenta fuera", explica.

La operación militar lanzada por Estados Unidos tenía como objetivo capturar a Nicolás Maduro y desmantelar el núcleo de poder del chavismo. Según ha confirmado el propio Donald Trump, el presidente venezolano fue detenido y sacado del país, una noticia que ha recorrido el mundo en cuestión de minutos y que provocó reacciones de euforia entre muchos venezolanos en el exterior.

Amanecer alegre

Aranguren reconoce que, al conocerlo, lloró y gritó de alegría. "A las seis de la mañana estaba mandando mensajes a todo el mundo. Mis amigas estaban durmiendo y yo no podía parar".

Pero esa alegría inicial ha dado paso rápidamente a la cautela. "Hasta que no los cojan a todos, no podemos celebrar", dice. En su relato aparecen nombres que, durante años, han simbolizado el poder del régimen: altos mandos militares, dirigentes políticos y figuras clave que, según los rumores, seguían en libertad o incluso fuera del país. "Mientras haya gente de esa ahí, no podemos estar tranquilos", insiste.

El miedo no es solo político, es profundamente personal. Aranguren barrunta que la situación derive en una escalada de violencia interna. "Ellos armaron al pueblo, a sus seguidores. Tememos que pueda haber una guerra civil", señala.

Durante las primeras horas tras los ataques, circularon mensajes contradictorios desde el poder: algunos llamaban a la calma y a quedarse en casa; otros instaban a salir a la calle. Esa confusión es, para ella, una de las mayores amenazas. "¿A quién haces caso? ¿A uno o al otro? Ahí es donde se te va la cabeza".

Desde Toledo, lo único que ha podido decirle a su madre fue que no salga de casa. "No sé si habrán comprado comida, no sé nada de nada", confiesa.

Aranguren llegó a España hace 18 años huyendo de una Venezuela que ya empezaba a cerrarle todas las puertas. Trabajó primero en limpieza, luego en el cuidado de personas mayores y, en los últimos años, en pisos turísticos y casas. Trajo a su hija mayor cuando tenía seis años y en España nació su hijo. Hoy, ella tiene 24 años y él, 17. "Mis hijos han crecido aquí. No conocieron a la familia de Venezuela", lamenta.

A pesar de todo, no reniega de su vida en España. "Amo este país porque pude criar a mis hijos y son felices aquí", dice con gratitud. Pero el cansancio se cuela en cada frase. La idea de volver a su país nunca la ha abandonado del todo, y ahora, por primera vez en muchos años, vuelve a planteárselo en serio. "Yo me quiero ir. A ver ahora que hay cambio".

Las noticias que llegan desde Caracas siguen siendo confusas. Aunque se ha confirmado la captura de Maduro, el control militar del país y la reacción de las distintas facciones mantienen al país en vilo. Para Carina, cada hora cuenta. "Hasta que no veamos que esto se asienta, no podemos hacer alarde", dice. La prudencia se impone incluso en un momento histórico.

Mientras tanto, sigue pegada al móvil, pendiente de un nuevo mensaje de su madre, de una llamada que confirme que todo sigue en calma. "Gracias a Dios, hasta ahora no ha pasado nada", repite, casi como un mantra.

Para ella, como para millones de venezolanos dentro y fuera del país, este episodio no es solo una noticia internacional: es una sacudida emocional que reabre heridas, despierta ilusiones y vuelve a colocar el futuro de Venezuela en un punto de inflexión tan frágil como decisivo.