José Bono
Una de las peores cosas que podemos hacer los ciudadanos es asumir que los políticos saben lo mismo que nosotros de los asuntos que les conciernen. Por muy informados que estemos, nuestro conocimiento de la actualidad estará siempre supeditado a lo que de ella sepan desvelar los medios de comunicación. A largo plazo, cuando esas informaciones sean ya parte de la historia, sabremos mucho más, puede que casi todo cuanto sucedió y en su momento nos fue vedado. Ya casi no hay zonas de oscuridad sobre el reinado de Isabel y Fernando, sobre la Segunda Guerra Mundial o acerca de las razones por las que cayó el muro de Berlín. Sin embargo, conocer el hoy es siempre una tarea compleja: los humanos creemos que el tiempo que vivimos es siempre el más importante y que todo cuanto nos acontece merece ser defendido de los amenazantes ojos de la opinión pública.
En el caso de los políticos, este miedo a la luz es casi connatural a su existencia. Más aún en la sociedad actual, que, aunque se vanagloria de ser la más transparente y de contar con los más variados avances tecnológicos, padece la enfermedad del exceso: sabemos tanto de casi todo que acabamos desconociendo la mayoría de lo verdaderamente esencial. Pero no nos enredemos con disquisiciones que irían mucho más allá de los límites de la columna.
Basta con algunos ejemplos de la España de hoy para sostener la tesis de inicio: los políticos saben mucho más que nosotros. Y esa es, en parte, la razón por la que se aferran al poder logrado como si les fuera la vida en ello. Apuntemos dos ejemplos que afectan a cuatro personas, dos presidentes y dos predecesores. Cuando analizamos el caso Zapatero, a muchos les sorprende el apoyo obstinado que le brinda Pedro Sánchez. Si solo supiéramos del caso lo que se ha publicado, lo podríamos achacar a una mezcla de simpatía personal y política y a la necesidad de no dejar caer a quien se ha erigido como atalaya moral de la izquierda. Pero es imposible creer tales simplezas.
La relación entre Sánchez y Zapatero no es solo personal o política. Está también atravesada por intereses, intermediaciones y negocios. El presidente ha recurrido a su predecesor para las más oscuras tareas: las cesiones a Puigdemont, los negocios con China o las conversaciones con Marruecos, por ejemplo. Mientras tanto, Sánchez ha mirado para otro lado —en el mejor de los supuestos— mientras la Justicia investiga si Zapatero se lucró vendiendo su influencia ante empresas que necesitaban decisiones del Consejo de Ministros.
Más compleja es la relación entre Emiliano García-Page y José Bono. Es antigua, desde luego. Pero, para no forzar la especulación más allá de lo razonable, me conformaré con afirmar que parece muy extraño que el presidente de Castilla-La Mancha desconociera muchas de las cosas que hemos ido sabiendo de su predecesor. Es más, resulta altamente improbable —y esta es la tesis inicial— que no sepa mucho más de lo que se ha publicado.
A saber: que Bono mantiene relaciones profesionales con constructoras y empresas del sector militar beneficiadas por contratos millonarios con distintas administraciones; que ha constituido varias sociedades en República Dominicana vinculadas al entorno empresarial de un magnate valenciano; o que, según publicó The Objective, se alojó durante semanas en el consulado de Tánger mientras reformaba su gran propiedad en la ciudad marroquí. País, por cierto, en el que también es bien conocido el actual director general de la Policía, Paco Pardo —expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha y antiguo secretario de Estado de Defensa—. ¿Cuánto sabe de todo esto el actual presidente de la Junta? Desde luego, mucho más que usted y que yo.
Sánchez sabe, Zapatero sabe.
Page sabe, Bono sabe.
Nosotros, todavía no.