El mayor peligro de regresión democrática se produce cuando esta se desarrolla dentro del marco constitucional existente. Y este es el modelo de Pedro Sánchez: pone en jaque elementos esenciales de nuestra democracia sin alterar, en principio, los resortes que la constituyen. Lo que sucede estos días en Ceuta es un buen ejemplo de esta táctica iliberal, populista y tremendamente peligrosa.

En principio, no se puede afirmar que el Gobierno haya dejado de cumplir la obligación que las leyes le imponen de defender la soberanía nacional y la seguridad de los ciudadanos. Sin embargo, eso es precisamente lo que ha ocurrido en la práctica. Sánchez acudió a Ceuta y calificó la entrada masiva e irregular de migrantes como un «ataque» y una «violación de la integridad territorial» de España. Además, ha enviado a un buen número de ministros, ha desplegado a las Fuerzas Armadas e incluso ha reforzado la frontera marítima.

Sin embargo, esa aparente pulcritud en el cumplimiento del mandato constitucional ha perdido su sentido en la práctica política, ya que las palabras del presidente no han sido refrendadas por los hechos. Los viajes de los ministros solo han servido para aparentar un marco de atención que escondiese la ominosa ausencia de Sánchez. Y la presencia de las Fuerzas Armadas, sin un mando claro ni funciones militares propias, solo ha servido para disfrazar la evidente sensación de inseguridad que sufren los ceutíes.

El Gobierno ha aderezado su nefasta gestión con las técnicas habituales: desinformación; explicaciones en las Cortes que han llegado tarde y mal; acoso a la oposición y a los medios de comunicación críticos; y, ahora, evasión de responsabilidades ante la espiral de violencia civil que se extiende por los barrios de la ciudad.

Porque, como advirtió Larry Diamond hace cinco años, un Estado de derecho débil y en declive ofrece a los gobernantes ambiciosos la oportunidad de vaciar la competencia política. Dicho de otra manera: la democracia no muere de un modo inmediato, pero el país se vuelve altamente vulnerable. Queda preparado el escenario para un retroceso político hacia el autoritarismo.

Y es ahí donde Sánchez se siente cómodo: en un país donde las reglas constitucionales han quedado como mera fachada de un edificio que se va quedando vacío.