El socialismo cumple con precisión de relojero su destino final en el empobrecimiento de las masas. Puede que, en principio, los ideadores no pensaran así. Pero se quedaron ahí, en la idea, la religión o el mantra nuevo que alumbra la vida de quienes no aceptan la realidad. Porque ser de izquierdas es bellísimo si no fuera porque el mundo contradice su esencia y diluye como las olas los castillos de arena en que se convierten sus planteamientos. Ocurre con múltiples cuestiones, no sólo la economía. De hecho, si la izquierda goza de predicamento es porque se dedica a más cosas que la economía. La cultura o el arte, por ejemplo, donde son vanguardia en detrimento de una derecha que sólo piensa en gestionar. Hasta que ya no haya nada que contar o cultivar, sino la miseria que deja el páramo que pisan quienes creen que todo es suyo. El socialismo está muy bien hasta que termina el dinero de los demás, Thatcher dixit.
Hago esta reflexión en mitad del ferragosto porque mientras Sánchez se da cremita en La Mareta dejando que sus ministros se quemen y ardan sin más motivo que salvar la gloria de su propia persona, la vida se afana en desproteger al ciudadano y dejarlo inerme al sol. La gran victoria de la izquierda es el relato, pues lo más fabuloso de todo es que la peña se arena en la playa y pide otra de gambas, aunque sea la última en la temporada. Los precios han subido hasta el cielo, la vivienda no existe y encima llegan vecinos nuevos que en algún sitio habrán de parar y sentar el culo. Me hacen gracia mis amigos que habitan la izquierda de salón cuando piden las sales al hablar de tal o cual término sobre la invasión de Ceuta. Sería curioso verlos en la invasión de su casa, cuando entraran cien personas a la vez para repartirse el salón, cocina y dormitorio a un tiempo. Supongo que les leerían correcta y adecuadamente sus derechos, les pondrían una taza de café y hablarían del último libro publicado por Uclés. Alguno pensaría que esto es demagogia. Cuando ocurre que a la izquierda la enfrentas al espejo de su realidad ideológica preestablecida, todo es demagogia.
Así las cosas, no hay por qué preocuparse. Somos más pobres, pero felices. Parecen no hacer daño según qué cosas en función de su origen. El sueldo no da para más y el monedero no se estira. La siguiente generación vivirá bajo los puentes con el inmigrante amigo que viene a compartir su cultura en forma de burka. Así caen las civilizaciones, tras el hedonismo triunfal y complaciente de una clase acomodada que aplica la ley del embudo mientras pueda. Porque eso sí, los que están arriba sí que se enriquecen y viven mejor. Es otra de las máximas que contempla el refranero español. Quien reparte, reparte, se queda con la mejor parte.
Somos pobres pero dignos. Vemos eclipses cuando marca la hora y salimos al monte. Nos han puesto el camino y andamos las sendas que convienen para no dar ruido y pedir otra ronda, aunque sea más corta y sin tapa. Cuando queramos despertar del verano, quizá el otoño deslice alguna hoja, pero el invierno nos atrape en sus fauces. Sólo un lejano brillo de primavera pueda abrir los ojos a un horizonte más claro. Pero eso, sólo serán los jóvenes cuando vean que les han robado su futuro. Y entonces sí. Sólo entonces quizá comprendan que les engañaron con nenúfares de ideologismo irredento. Volverá a caer el muro y vendrán los duelos y lamentos de quienes lo levantaron. Cual plañideras que perdieron su ajuar.