Obedeciendo una ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época.

Stefan Zweig.

Hay imágenes que atraviesan los siglos porque no hablan solo de su tiempo, sino también del nuestro. Una de ellas es La parábola de los ciegos, pintada en 1568 por Pieter Brueghel el Viejo y conservada en el Museo de Capodimonte, en Nápoles. La escena, aparentemente sencilla, contiene una advertencia política y moral que hoy resulta incómodamente actual: cuando quien guía no ve, el desastre deja de ser una posibilidad y se convierte en destino.

La pintura se inspira en el pasaje evangélico de Mateo: «Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo». No es una frase piadosa ni una metáfora decorativa. Es una ceguera espiritual, no física. Advertencia severa sobre la hipocresía, la soberbia y la renuncia al discernimiento.

En el cuadro, seis ciegos avanzan en fila. El primero ya ha caído; el segundo empieza a perder el equilibrio; los demás continúan su marcha sin saber que caminan hacia el mismo agujero. La fuerza de la obra reside precisamente en eso: Brueghel no pinta una caída individual, sino una caída colectiva. No retrata un error aislado, sino la tragedia de seguir sin pensar.

Esa es, quizá, una de las enfermedades de nuestro tiempo: la facilidad con la que demasiadas personas entregan su juicio a otros. Confunden liderazgo con verdad, adhesión con inteligencia, obediencia con convicción. Y así, poco a poco, el pensamiento propio se debilita hasta convertirse en eco.

No faltan hoy guías que no ven, aunque se proclamen dueños de una claridad superior. Los hay en la política, en la economía, en la tecnología y en cualquier espacio donde la ambición se disfraza de misión histórica. Su ceguera no suele presentarse como duda, sino como certeza absoluta. Por eso resulta tan peligrosa.

Una sociedad necesita razones, horizontes y límites. Necesita líderes capaces de escuchar, rectificar y someterse a la realidad. Pero cuando el liderazgo se convierte en culto, cuando la palabra del jefe pesa más que los hechos, la vida pública empieza a parecerse demasiado a la fila de Brueghel: todos avanzan, pero nadie pregunta hacia dónde.

En ese clima, la mentira deja de avergonzar. Se inventa si conviene, se exagera si resulta útil, se oculta si estorba. La verdad pasa a ser un obstáculo y el bulo, una herramienta. Lo grave no es solo que algunos mientan; lo verdaderamente preocupante es que muchos acepten la mentira siempre que confirme sus lealtades.

El líder ciego casi nunca admite sus límites; al contrario, se presenta como el único capaz de ver lo que otros no ven. Desde esa falsa superioridad, desde el egocentrismo, se exige confianza, lealtad y silencio. Pero seguir a alguien no debe implicar renunciar a pensar, ni defender una causa exige abdicar de la propia conciencia.

El problema no está únicamente en lo que ese líder proclama, sino en el modo en que actúa. Sus contradicciones, sus abusos, sus cambios de criterio o su desprecio por las reglas básicas de convivencia suelen ser disculpados por quienes ya han decidido no mirar. La ceguera del guía se vuelve entonces ceguera compartida.

Es el tiempo en que se vulneran las antiguas constituciones, las leyes. La costumbre se cuestiona, se pervierte la democracia y el autoritarismo y el populismo se extienden, cual lluvia fina, para acabar empapando a una sociedad ciega. Solo hay que ver el panorama mundial para señalar quiénes son estos personajes, líderes que, cual locos, se creen Napoleón o emulan las extravagancias y la maldad de lo peor de los antiguos emperadores romanos.

De ahí nace el verdadero peligro: no solo de los dirigentes incapaces, sino de las sociedades dispuestas a seguirlos. Se vende el presente por una promesa incierta, se sacrifica el criterio por una consigna y se acepta el deterioro común como si fuera el precio inevitable de una supuesta salvación futura.

Después, cuando llega la caída, todos buscan explicaciones. Algunos culpan al azar; otros, al enemigo; casi nadie reconoce que el hoyo estaba a la vista y que bastaba con detenerse a pensar hacia dónde íbamos.

Cada lector interpretará estas líneas desde su propia orilla. Unos creerán que describen a sus adversarios; otros se sentirán aludidos y responderán con rechazo. Esa reacción, en realidad, confirma el problema: demasiadas veces juzgamos las ideas no por su verdad, sino por el bando al que creemos que pertenecen.

Pero la razón no debería tener partido. La lucidez no debería depender de la obediencia. Y la libertad no puede reducirse a elegir a qué ceguera queremos entregarnos.

La historia enseña que las sociedades no caen de golpe: suelen descender paso a paso, justificando cada renuncia, cada exceso y cada mentira. Por eso la parábola de Brueghel sigue vigente. No nos pregunta solo quiénes son los ciegos que guían; nos obliga a preguntarnos, con mayor incomodidad, por qué seguimos caminando detrás de ellos.

Vivimos un tiempo en el que pocas cosas se cuestionan, en el que cualquier atisbo de revolución se ha apagado en el frío invierno de la nada. La sociedad impasible contempla, adormecida, cómo nada se mueve, y apenas se preocupa por quienes predican la revolución reaccionaria, esa que poco a poco va royendo los valores democráticos y cuestionando insensiblemente las instituciones que lo sustentan, para hacer que el poder se decante en una suerte de oligocracía feudal.